Si no me asegurás que sos mago no te voto

 

Mandrake tenía una novia preciosa y un negro, Lotario, que lo ayudaba. A mí no me gustaba mucho que tuviera a un negro de ayudante, porque ya le percibía el mismo racismo que luego creí ver en el Llanero Solitario con un indio de ejecutor de los planes que él, el blanquito llanero, pergeñaba para vencer al enemigo. Todavía hoy vemos cantidad de películas norteamericanas, en las cuales son ellos, los rubios del norte, los que les dan las soluciones a los negros, a los afganos buenos, a los indios y a los asiáticos incapaces de pensar con la brillantez que ellos lo hacen aun en los terrenos del indio o del negro. Naturalmente, la moral imperante entonces, y ahora, no hubiese visto con buenos ojos que la bella muchacha fuera la ayudante de Mandrake, y su novia el negro. Pero Mandrake era asombroso, porque por ejemplo le apuntaban con un rifle, y él le hacía un pase con la varita mágica, y al otro se le doblaba el caño, o le convertía el revólver en una banana, cosas así, ingenuas, inocentes, pero que a mí me parecían geniales, sobrenaturales, mágicas. Hubo luego un mago que venía desde mucho más lejos, y pretendía, desde su condición humana de carne y hueso, opacar a Mandrake, apoyado en un nombre que le daba un halo de mago milenario: Fu Man Chú. Estuvo con su espectáculo en Montevideo, y deslumbraba el chino, pero yo me seguía quedando con Mandrake. Creo firmemente que mi Mandrake, nuestro Mandrake, logrará una inmortalidad que no le será concedida al chino. De los circos, mí me siguen maravillando los magos. Los que hacen desaparecer cosas o mujeres y aparecen en otro lado, los que sacan monedas de atrás de la oreja, los que empiezan a sacar pañuelos de una bolsita que vimos, porque la vimos, vacía, y salen miles de pañuelos de todos colores anudados. Me revientan los sabihondos que pretenden negar la magia con el argumento de que son trucos.

O los que, como si estuvieran descubriendo algo, repiten que «las manos son más rápidas que la vista». Algunos bobalicones hasta dicen haberse dado cuenta de «donde está la trampa». No se dieron cuenta de nada, y no pueden haber descubierto ningún truco, porque no hay truco: es magia.

Mi amigo el mago Gino, saca palomas de la galera, y de un pañuelo, y se le posa aleteando en un dedo, y un palo duro como de escoba, se convierte en una llamarada y hace mil magias más, porque es mago y chau. Y los que no somos magos, a ver y callar.

A ver y aplaudir. A ver y con formarse con nuestra inutilidad por no haber sido tocados, precisamente, con la varita mágica. Por eso me revientan, también, los políticos que se tiran a candidatos a la presidencia, pero se cubren diciendo que la situación que van a heredar será de solución difícil, que no van a hacer milagros, porque no son magos. Los milagros no tienen nada que ver con la magia. «Yo no soy Mandrake», declara el tipo y con eso se lava las manos. Yo, a un candidato que me dice que no es mago, no lo voto. A mí me tiene que decir que sí, que es mago, que hará desaparecer el hambre y aparecer el trabajo, no como por arte de magia, sino por pura y auténtica magia.

Porque si no es mago, va a recurrir a los viejos trucos de siempre, y eso no va más. Si no es mago auténtico, es un tipo como yo. Y un tipo como yo, por más que crea en la magia, no es mago, y entonces, viejo, estamos fritos. Yo sé que mi amigo el mago Gino, que se declara mago y demuestra que es mago, lamentablemente no tiene aspiraciones políticas, que si las tuviera, lo votaba sin dudar. ¿Vos no? *

 

(*) Humorista

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