Naufragio a la vista
Preguntado por la causa del cese presidencial –si por renuncia, indisposición o sucesión electoral– dice que no sabe. Cuando Genaro no sabe algo, dice no sé. Salvo ese dato, sin embargo, la versión de Genaro contiene suficientes elementos para que un sobrecogido «Â¡pobre Batlle!» haga sapito por todo su auditorio. Doce voces, entre vecinos y su esposa Delia, más cocido en bañomaría de telenovelas que en la parrilla de la política.
¿De dónde saca Genaro sus pasmosas visiones? De mirar desde lejos, dice. Como en la cubierta de los buques mercantes, donde se tallaron durante veinte años las dos aguamarinas de sus ojos, el capitán Genaro Cienfuegos ve el horizonte detrás, mire a quien mire.
A los 40 cumplidos y con más millas náuticas acumuladas que Colón, Magallanes y el almirante Nelson juntos, Genaro tiró el ancla para siempre el 27 de junio de 1973, cuando el «Maruba Trader» se rajó la panza en los farallones de Punta Negra. la víspera había dispuesto recaudos para temporal sin que ningún indicio lo justificara, y esa noche relevó al piloto de guardia en la sala de mando. «Pero no pude evitarlo, nunca puedo», dice el capitán, que en el momento del impacto estaba tendido en el puente alto, hipnotizado por un soberbio arco iris de luna.
La noticia del naufragio pasó desapercibida en los diarios, sumidos en las crónicas del golpe de Estado, pese a que el terrible aullido del desgarrón llegó hasta los lindes de Montevideo. ¿Casualidad o destino?: se había embarcado por primera vez el 10 de marzo de 1952, en La Habana, el día del golpe de Fulgencio Batista, y conoció a Delia el 23 de enero de 1958, en la fiesta del contralmirante Wolfgang Larrazábal que ese día había depuesto al dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez.
«¿Cienfuegos?, tráigamelo ahora mismo», ordenó el propio contralmirante al oficial que informó los datos de Genaro, fondeado en Puerto Cabello cuando se sublevó la Armada.
Delia, hija de un diplomático uruguayo, era entonces la piedra de escándalo en los salones de la alta sociedad caraqueña, desde que desairó en el altar al primogénito del magnate petrolero más poderoso de la época. Su fulminante «Discúlpame, flaco, pero no te quiero», se sigue evocando hasta hoy en la catedral donde Simón Bolívar recibió el bautismo.
Dice Genaro que aquella convocatoria urgente de Larrazábal obedeció a un equívoco. «Se había confundido de persona. Igual simpatizamos, y conservé su amistad por mucho tiempo». Y a Delia en el recuerdo, hasta que el director del hospital, donde Genaro convalecía las heridas del naufragio, se la ubicó en Montevideo, quince años después, casada y con dos hijos. Delia lo llevó a su casa de veraneo en Piriápolis para cuidarlo hasta sanar. «Todavía me falta», bromea ella, hoy.
Genaro pasa las mañanas sentado en una mesita bajo la ventana del frente, calculando la derrota, el aforo y la bandera de los buques que desfilan en el horizonte, con la radio puesta en los informativos. De tarde, la casa se llena de gente, entre «tripulantes» –los doce de siempre– y «pasajeros» de toda la vecindad. Algunos reclaman que Genaro les «haga» la quiniela o el 5 de Oro, pese a su tenaz rechazo al título de adivino, amparado en la coartada perfecta: nunca acertó un premio significativo. «Sí, capitán, ya lo sé, pero igual cánteme algún numerito, por favor», le insisten, y el malecón de su fastidio cede en un estrépito de carcajadas, tremendas, de campanario. En ese momento, Genaro y el retrato familiar, colocado sobre el escritorio, son la misma persona, media vida atrás. De tan obvio, nadie lo pregunta. sin embargo, la foto, según Delia, es del hermano mayor, tomada en aquel mismo octubre ciclónico del Caribe que se tragó su avioneta. Genaro se encontraba ese día bordeando las Bahamas cuando, a las 6 en punto de la tarde, se abalanzó sobre el medidor de combustible del buque. «Mierda, no llegamos» rugió, un minuto antes de que el Cessna de su hermano se echara a volar. La historia, filtrada por Delia, yace en el fondo de su archivo privado, trasegada por Genaro de versión en versión.
«No es lo mismo», repite Delia, pero ahora no mira la foto sino al propio Genaro, recortado en la aureola del contraluz.
«Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta que estaba raro, cambiado, era otra persona», cuenta Delia, y eso es, precisamente, lo que más cuenta: que lo diga Delia, de quien conoce más que a nadie en el mundo. La virazón se produjo «cuando ellos me pasaron el conocimiento», explica Genaro. «Ellos» son los extraterrestres –así los denomina– con los que viajó a Venus, ida y vuelta, en dos horas. «Dos horas de acá, en la Tierra. pero el tiempo de ellos es distinto, paralelo al nuestro», aclara. Al regreso percibió que tenía una sabiduría asombrosa, conocimientos inimaginables hasta entonces por el «otro» Genaro, de historia, filosofía, política, medicina. Y descubrió que tenía «visión».
El segundo viaje estaba previsto. Igual se asustó al escuchar el silbido fortísimo encima suyo, mientras iba en bicicleta de su casa al almacén. La nave ovalada aterrizó, se abrió una compuerta. «Perdí la noción de lo que estaba pasando. Entonces me encontré volando a enorme velocidad por el espacio. La apariencia de ellos es similar a la humana, aunque están cubiertos con ciertos equipos», afirma. No eran los mismos de la primera vez, sino de un planeta más lejano, en otra galaxia. Seres que habitaron la Tierra un tiempo remoto y luego la abandonaron. «Tuvimos largas charlas mentales, sin sonidos ni gestos», dice. Lo devolvieron al punto de partida, donde aún estaba la bicicleta por gestión de los vecinos, pero no la pudo montar. Fue en ese viaje que Genaro obtuvo la capacidad de transportarse independientemente del cuerpo. Por ejemplo, participó en operaciones quirúrgicas complejas en centros médicos de Egipto, Estados Unidos, Cuba. Dicho todo por Genaro, que cuando quiere callarse algo, nunca dice no sé: se ríe.
Entre barco y barco, la radio va colgando las noticias en la cuerda del horizonte. Según el catalejo de Genaro, Sanguinetti y Lacalle acordaron un plan secreto para evitar que la izquierda gane las elecciones, siguiendo un guión escrito en el exterior. La conjura, que incluye la salida anticipada de Batlle del gobierno, ya ejecutó algunas etapas, como el derribo de Bensión y el retiro de los ministros blancos. La próxima movida corresponde a Sanguinetti, que removerá el puntal del Foro y, junto al cómplice, embolsará la irritación militar. Batlle no puede eludir el jaque mate y ya cumplió la despedida ritual del viaje a China. Desde el público, vuelve la piedra: «¿Y después, y después?». Entonces la foto del escritorio lanza unas risotadas tremendas, de campanario. *
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