Conversando con mi amigo "El Pastilla"
La otra noche me encontré con Milton Fornaro, nombrado «El Pastilla», y estuvimos tomando un refresco y charlando de todo menos de bueyes perdidos. Los bueyes perdidos, perdidos están, y no vimos ninguna necesidad de ponernos a hablar de ellos, bueyes a los que no conocimos ni cuando toros fueron y a sus vacas amaron. Estuvimos de acuerdo en que un buen refresco, siempre que sea servido en vaso de vidrio y no en esos enclenques de plástico, puede ser buena compañía para mantener una charla sin otra graduación que la que nosotros le impongamos a los temas. El Pastilla es un escritor de cuentos y novelas de alto nivel literario, ganador de varios premios nacionales e internacionales, y un publicista codiciado por muchas agencias por su capacidad y creatividad. Compartimos redacción en aquella histórica revista dirigida por el Gran Cuque Sclavo, «Misia Dura», y no son pocas las cosas que guardamos en la memoria de aquella epopeya del humor uruguayo. Fumador en pipa, El Pastilla cree que por ser el tabaco holandés, el olor y el humo que emergen de su pituco cachimbo merecen los mayores elogios. A ese olor le dicen aroma. Confieso que yo también, alguna vez, en mis intentos por dejar de fumar lo hacía en pipa. Cualquier fumador que se precie, como yo me precié muchos años de serlo, sabe que al cigarrillo no lo puede suplir ese pedazo de madera al que, como si fuese un braserito en invierno, hay que estar cuidando constantemente para no dejar que se apague.
Visto de lejos, al Pastilla le queda bien la pipa. Sabe que a ella le corresponde una cara con barba, y se la deja. Es una barba discreta, prolija, recortada. Le queda bien la pipa, pero hay algo que no le va. Cuando habla, por ejemplo, lo hace con un ligero cantito de hombre del Interior. A la pipa le va bien un dejo francés, o mejor inglés, pero El Pastilla es hombre de Minas, y entre minas de los burdeles minuanos pasó muchos de sus tiempos juveniles. Muchacho de familia, que le dicen, gustaba quedarse a estudiar en los quilombos donde era querido, protegido y mimado. Conozco pocos tipos de conversación tan amena, poblada de anécdotas graciosas, descacharrantes, o sentimentales de verdad. Tiene el equilibrio justo entre la biblioteca y el mostrador. Si alguna vez fue bebedor, cosa no probada, ya no bebe. Y charlando, en esa reciente noche que digo, me contaba El Pastilla que el día 11 de setiembre del año pasado, cuando la televisión mostraba al mundo asombrado los aviones que se estrellaban y la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, estaba en un boliche de Minas. Todos los parroquianos miraban y comentaban aquello.
Algo separado del grupo, un habitué tomaba su cañita sin dejar de mirar, de tanto en tanto, la pantalla del horror, las imágenes de lo increíble, del espanto que invadía entonces al mundo entero. El Pastilla se le acercó, conmovido por lo que estaba pasando, le puso una mano en el hombro al solitario y le preguntó: «¿Qué me decís, Tito?» Y el Tito –cuenta El Pastilla–, sin mirarlo, con cierto desgano y un ligero tinte de fastidio, le respondió: «Todos tenemos problemas, Pastilla, no jodas». Soy consciente de que a estas palabras escritas les falta la insustituible voz del Pastilla.
La voz, la risa y la picardía de su mirada traviesa.
Esa noche me dijo que se iba por tres meses a España. «No me voy por trabajo, ni por política, Flaco: voy por amor», me dijo. Le dije que yo también viajo ahora, por un mes, por placer y por trabajo, y quedamos en encontrarnos a tomar un café en Barcelona.
Encontrarnos en un bar de Barcelona, sería, por sí sola, una buena razón para ir a España. La pongo entre las muchas otras, y no entre las últimas. *
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