La posición fetal
Bueno, está claro que el gobierno de Batlle es caprichoso, es perezoso y está aterrado. De otro modo no se explica su actitud en el proceso de ajuste final (¿) del sistema financiero.
Su procedimiento ha sido arrollarse, colocarse en posición fetal y, desde esa suerte de ermita en que vive recluido, apelar al silencio, a las medias palabras o, a veces, vaya a saber uno si como graciosa concesión, a dar la información reclamada apelando sin vergüenza al retaceo.
Es por eso que ahora, cuando se apresta a pedir los votos que necesita para consagrar leyes imprescindibles al objetivo de liquidar unos bancos y crear otro nuevo, desde la vereda de enfrente aunque Atchugarry ha vuelto a coquetear con los blancos y dio hacia Vázquez un modesto paso, que éste aprovechó para contestar con propuestas se le hacen señas por momentos desesperadas de confusión y, de tanto en tanto, unos guiños que sugieren desconfianza.
¡Y cómo no han sentirse desconfiados y confundidos los demás actores del cosmos político autóctono! Con tantas interrogantes que no les han sido respondidas…
¿Es verdad que fue exageradamente previsible, tanto que AEBU había dicho lo mismo meses antes y sin cobrar un peso, el informe de la consultora contratada? ¿Es verdad que se gastaron alrededor de 700 mil dólares en ese informe, hoy virtualmente desestimado? ¿Es verdad que cada paso hacia la supuesta solución final debe ser consultado y avalado por el Fondo Monetario Internacional? ¿Es verdad que el dueño de los perversos préstamos impagables también suele contradecirse? ¿Es verdad que será otra vez el Estado el accionista principal del nuevo banco, pese a que nuestro big father del Norte rico había hecho cuestión crucial de que no hubiese más inversión estatal en la banca? ¿Es verdad que, fusión más, fusión menos, ese banco nacerá igual con riesgo de iliquidez? ¿Es verdad que el ajuste final del sistema financiero dejará a casi un millar de bancarios sin empleo? ¿Hay o no riesgo de que el Banco Comercial incurra en default si no liquida en pocos días unos eurobonos (o euronotas, qué sé yo), lo que, en definitiva, significaría un default del Estado? ¿Qué pasa con el Banco de Crédito? ¿Cuáles son las hipótesis verosímiles que están encima de la mesa del ministro Atchugarry? ¿Quiénes y comprometiendo qué inversiones han hecho ofertas al gobierno?
No crea, lector, que ahí se acaban las preguntas.
Piense, por favor, en el problema de los ahorristas o, si usted quiere, depositantes de los bancos suspendidos. Ellos están aún más desinformados de lo que ocurre que los blancos y la izquierda. Y, claro, quizás estén mucho más preocupados.
¿Qué quieren los ahorristas? ¿Qué querría usted, lector, en igual circunstancia? Pues que le respeten el elemental derecho a decidir libremente qué hacer con su dinero. Que es, o debería serlo, el derecho a la opción sin obstáculos.
Sin embargo, hasta ahora todo sugiere que el gobierno tratará de imponer, sin consultar a los interesados directos, una fórmula determinada para la cual, qué curioso, de todos modos necesita las manos alzadas de una mayoría parlamentaria. Y bien, ¿tiene hoy el gobierno alguna certeza acerca de alcanzar esa mayoría? Por cierto que no.
Cuando uno se encierra en sí mismo, niega información o la entrevera a propósito, no permite que otros ayuden en busca de la mejor solución y niega el derecho más elemental a quienes tanto han confiado y sufrido, no puede aspirar sino a rechazos y hasta dolorosos, traumáticos desplantes.
Yo no creo que ésta sea una situación para la risa; sin embargo, no he podido evitar que me recuerde un cuento que tiene que ver, precisamente con una información inapropiada, con una confusión y con la imposibilidad de optar en libertad.
En un pueblo pequeño el único entretenimiento es el zoológico. Llega un gorila del Africa y todos van a verlo, hasta un paralítico en su silla de ruedas, que se coloca justo delante de la jaula. Unos nenes tiran piedras y el gorila se enoja. Se toma de los barrotes y comienza a doblarlos. Todos huyen, tropezando y levantándose, despavoridos. El paralítico, alteradísimo, da la vuelta empujando a mano limpia las ruedas de la silla. El gorila escapa y quiere comerse a alguien. De pronto, un tipo que muy asustado ha subido a un árbol, ve la escena dantesca: casi todos se han salvado y allá se ve al lisiado y al gorila persiguiéndole, babeante y a pocos metros ya. Entonces, el tipo, desesperado y solidario allá arriba, exclama: ¡El paralítico, el paralítico! Y el paralítico, caliente como un beduino descalzo, grita: ¡Hijo de puta, dejá que elija el gorila!
Esta licencia humorística puede parecer una exageración, lector, pero el humor es sabio. Desdramatiza las cosas, alivia tensiones, convoca a la tolerancia y nos empuja, benevolente, hacia el sentido común.
Quien le dice, quizás ayude al gobierno a superar los caprichos, perezas y miedos de su autoinfligida soledad, a pensar con más sensatez y a construir los hechos consiguientes con inteligencia, espíritu constructivo y tolerancia.
Es que ya no puede seguir escondido en su ermita y en posición fetal.
En fin, salvo que se haya afiliado a aquella corriente del pensamiento mágico-religioso del tiempo de los paleontrópidos, que obligaba a colocar a los cadáveres en esa postura replegada pues se suponía que propiciaba la resurrección.
Si esa es su teoría, de todos modos hay un par de inconvenientes considerables que Batlle y Atchugarry deberían tener en cuenta: primero, su gobierno ya sería un cadáver; segundo, la vida después de la muerte, aun ahora y no remontándonos al inicio de los fenómenos y mitos religiosos, sigue siendo un dogma de fe y no otra cosa. *
(*) Periodista
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