Tres gatos locos por nocturnas azoteas
POR JUCECA (*)
Yo de tanto en tanto, elijo el cordón. Lo prefiero, entre otras razones, por ser uno de los lugares públicos menos transitados. Otra razón puede ser que me gustan las orillas; la del mar, la del peligro, la del fainá. Debe haber alguna otra razón, si razón se llama, que dejo a cargo de quien tenga tiempo para perder en analizar esta esporádica manía. Desde niño he puesto a prueba mi equilibrio, no psíquico, equilibrio que no he logrado para felicidad y divertimento de mi mente que tanto flota como pierde pie, toca fondo y toca cielo, metáforas estas que me parecen lo bastante adecuadas como para dar una idea sobre una psiquis que tanto hace la plancha como se hunde, y como fuera ya medianamente dicho, está capacitada, tanto para chapalear por el fango como por la imaginaria pureza celestial. Desde niño, decía, gustaba caminar por los cordones (tanto que hasta los cordones de los zapatos los usaba desatados, provocando el grito de mi madre que cariñosamente me advertía: «Te los vas a pisar y te vas a cagar de un porrazo»). También, lógicamente, solía caminar por los muritos de los frentes de las casas. Estos muritos hacían más apasionante el ejercicio, pues la posible caída, producto de un traspié, motivado por una distracción, causada por lo que fuere, podía ser de dos maneras: o caía sobre la dura vereda con los inevitables raspones y hasta posibles fracturas de peroné, o póngale usted el hueso que prefiera, o caía hacia el interior de la finca por el muro protegida, es decir sobre el jardín que, indefectiblemente, era vigilado por una señora a través de una persiana desde la que controlaba todo lo que pasaba por la cuadra, y por el muro. Más tarde en el tiempo, prefería yo caminar por los pretiles y cornisas, que no son la misma cosa, con el solo fin de templar mis nervios. No escapa a mis recuerdos, sino que en ellos se refugia, la noche en que, con mis amigos Bécquer Puig y Jorge Crossa, en un espléndido estado etílico (cosa que hoy de ser interrogados han de negar por pudor o por olvido), subimos los tres a mi azotea de la calle Yaguarón entre San José y 18 de Julio. Las azotea vecinas se comunicaban entre ellas, separadas apenas por alguna valla fácilmente sorteable, pero en algunos casos había que transitar por pretiles, sortear hermosas claraboyas, y saltar. Era una noche de clima incitante. Eramos tres gatos de dos patas que, en lugar de maullar, recitaban fragmentos de Hamlet, con ademanes y todo, efectuados, generalmente en el pretil más delgado lo que le daba, al famoso monólogo del «Ser o no ser», un algo relacionado con el «seguir siendo o allí mismo dejar de ser». El rumbo de nuestra caminata nos era marcado por el azar, por el viento, por el antojo, por Hamlet calavera en mano, o por quien de nosotros fuera en ese momento el pretendido baqueano de un camino ignorado. ¿Cuál era la finalidad de tan escabrosa caminata?. Ahí radicaba su belleza: carecía de toda finalidad. No obstante, creo que uno de los tres dijo algo sobre la sensación de libertad. De pronto llegamos a un nuevo límite, un vacío, y luego un techo. No era distancia que nos impresionara como para detenernos. Nos consultamos con turbias miradas, y nos dispusimos a saltar. Fue cuando Jorge, haciendo pininos en el pretil y a punto de armar el salto, dijo la frase paralizante: «Â¡Pará, Flaco, que ese es el techo de la Jefatura!». De la azotea de la calle Yaguarón, habíamos ido a dar a los techos de la calle Yi. El efecto del volátil alcohol se disipó como por arte de magia, y pese a estar frescos, regresamos con una agilidad y precisión, que ya la quisieran muchos gatos auténticos. Eran, entonces, malos años para andar saltando por sobre los techos de la Jefatura de Policía. Y menos con un libro. Y resulta que ahora, voy caminando por el cordón de la vereda, sin recitar ningún monólogo, y escucho que alguien murmura: «Ese tipo del cordón, debe ser medio loco». Es posible, sí, que ahora sea sólo medio. Es una lástima. No obstante, pienso, las azoteas siguen ahí, mis amigos también. En cualquier momento, quién te dice. *
(*) Escritor, humorista
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