Por el ferrocarril
Angel Luis Grene
El que te dije se preocupa por nosotros. Como todos vamos quedando en la vía, nos cuida para que ningún tren nos aplaste. Marchan al bombo los ferrocarriles. Los cráneos copetudos se encargan para que no echen más humo. Pero, nosotros ¡minga de bancarela! A cazar la birome y firmar en defensa de AFE.
La gente está cabrera. Se pinta la cara y toca el tambor de guerra. La memoria mete leña y carbón en la caldera del viejo escribidor. De un salto, se trepa a sus queridos trenes del ayer. Primeras décadas del viejo siglo. Viviendo en Bella Vista, a las dos de la mañana, nos despertaba el llamado «tren de la leche». Un botijita apolillaba y su cama se estremecía. Vecinos de las casitas pegadas a la vía salían del sueño profundo mientras el repiqueteo retumbaba. Es que muchos vagones venían cargados de aquellos grandotes tarros de leche. Un corto pitazo saludaba al entredormido guardabarreras de la calle Capurro. Ya por la matina, el pibe rajaba para la escuela y vichaba de reojo los postes llenos de banderitas y flechas que se movían misteriosamente.
Por los barrios había flor de metejón con los ferrocarriles. Pasajeros de tiro corto que sacaban unas tarjetas llenas de marcas para viajar barato. Laburantes que iban y venían en la popular «segunda». Siempre había tiempo para bajar una tabla los asientos y darle a una rápida conga. El mate creaba lazos fraternos entre gente que terminaba siendo amiga al vaivén del vagón. No faltaba algún guitarrero que pasaba la manga entonando temas de «el morocho del abasto». Cantores de voces potentes que pedían cancha y a parar la oreja en ese ambiente de ruidos, charla y el pito de la humeante locomotora. La Estación Central era una romería. El bar «Del Ferrocarril» siempre tupido y te vendían unos crocantes «marselleses» con gruesas rebanadas de queso y rosadito dulce de membrillo. Por más apurado siempre tenías tiempo para la grapita con pitanga que entonaba el día. Los domingos, los trenes llenos de bullangueras excursiones de familias montevideanas a las orillas del Santa Lucía. Sonaba en el vagón la acordeón de un pícaro tano y todos contentos porque esperaba un asado con bailongo. Ahora los cajetillas quieren darle el golpe de gracia al ferrocarril. Y de una vieja estación suena la campana. Los recuerdos dan fuerzas para luchar por nuestros entrañables trenes. Los esperamos sábados y domingos, a las 19.00 en 1410 AM Libre.
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