¡Qué pena!
Escribe: Horacio Buscaglia
No cabe duda que el tema de la aprobación de la Ley de Defensa de la Salud Reproductiva, que contiene la despenalización del aborto, permitiría y exigiría una profunda discusión pública. Pero, como casi siempre pasa en este país, esta discusión amplia, plural y democrática –desgraciadamente– no se está realizando.
Las Iglesia Católica es quien lidera la manipulación de los argumentos, utilizando recursos de verdadero terrorismo verbal, sonoro y audiovisual.
Es la misma Iglesia que prohíbe el uso del condón, generando posibles muertes por sida y también embarazos no deseados y que presionó para que un modesto librito de educación sexual fuera retirado de los liceos.
Sin embargo, todo esto era previsible.
Lo que ha sido sorprendente es la argumentación en contra de la Ley realizada por el diputado del EP-FA, Orlando Gil Solares.
En ella, quienes estamos a favor de la despenalización del aborto, estaríamos en el mismo camino que Hitler y su política selectiva de nacimientos arios, seríamos como Rockefeller, MacNamara y Kissinger con sus controles de la natalidad. (Para controlar, en realidad, el crecimiento de futuros guerrilleros.) Estaríamos ayudando a «lograr el éxito del imperialismo económico». Y hasta de la «guerra».
Y, lo que es peor y muy grave, nos compara con los violadores de los DDHH de la dictadura. En el colmo de su delirante discurso dice: «El nuevo ser humano abortado es un nuevo NN sin epitafio, sin memoria, que sufre un proceso de secuestro, tortura, muerte y desaparición». Y dice más adelante: «… comprobaremos que los desaparecidos por delito de aborto son mucho más que los otros».
El señor Gil tiene derecho a defender su posición. Pero pervertir, ésa es la palabra, de tal manera los argumentos, manoseando hechos tan delicados e importantes para nosotros como son las violaciones a los DDHH, indigna y enfurece.
Y si además, esos planteos provienen de alguien que se supone «progresista», entonces da pena. *
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