El que viene del mundo del dolor

SERGIO RAMIREZ (*)

 

Se celebraba el primer congreso del partido, que nunca fue convocado mientras estuvimos en el poder, y Lula llegó invitado para hablar en la sesión inaugural. Lo que dijo entonces provocó gestos de disgusto en el presidio, donde no pocos de los viejos jerarcas de la revolución frustrada, que a duras penas se habían resignado a despojarse de sus uniformes militares, se preparaban para hacerse viejos en sus asientos. Dijo que uno de los grandes errores de la izquierda en América Latina había sido persistir en su arrogancia de distinguir entre democracia burguesa y democracia proletaria, cuando siempre se había tratado de la misma democracia.

Mucho tiempo medité entonces sobre aquella frase maestra que desnudaba una persistencia de conducta, no sólo de parte de las muy pocas organizaciones de izquierda que habían logrado alcanzar el poder por la vía de las armas, como en el caso del Frente Sandinista, o que habían peleado por alcanzarlo sin conseguir su objetivo y entonces se desarmaban tras alcanzar acuerdos de paz, como en el caso del FMLN de El Salvador, sino también de aquellas que pretendían abrirse espacios dentro de los sistemas electorales abiertos que sucedieron a las dictaduras militares, como en el caso del propio Partido de los Trabajadores de Lula en Brasil.

Desde entonces no era ya el mismo Lula a quien yo había recibido la noche del 19 de julio de 1980 en mi casa de Managua, cuando llegó para participar en las celebraciones del primer aniversario de la revolución, siendo todavía un dirigente sindical de barba hirsuta y modales huraños. Se trataba de una fiesta improvisada a la que también asistía Fidel Castro, y en un momento pude llevarlos a mi estudio, lejos de la algarabía reinante, para que se entrevistaran, como era el deseo de Lula.

Aquel dogma que dividía el concepto de democracia era suficiente por sí mismo para impedir que un partido de izquierda alcanzara el poder en unas elecciones. Y Lula, candidato repetido de una alianza de múltiples organizaciones diversas, políticas, comunales, sindicales, cubiertas bajo la bandera del Partido de los Trabajadores, fue dándose cuenta que los presupuestos de izquierda apegados a la democracia proletaria de mano alzada, no sirven para mover votantes.

Y aprendió también que ganar electores significa sellar compromisos con otros sectores sociales y hacer concesiones, que es la única manera de remontar los miedos de los votantes que quieren cambios pero no las sorpresas caóticas que generalmente se endilgan a la izquierda gracias a sus aspavientos retóricos. Y eso es lo que por fin ha conseguido Lula de manera abrumadora, ahora que se prepara para asumir la presidencia de Brasil con el respaldo de seis de cada diez ciudadanos: vencer los miedos, ser confiable para todos, campesinos de lo hondo de Minas Gerais, trabajadores industriales de São Paulo, desposeídos de las favelas de Río de Janeiro, empleados de cuello blanco, empresarios de la industria aeronáutica, financistas y banqueros.

El formidable desafío de Lula será ahora probar que la izquierda a la que legítimamente representa, tiene en América Latina la primera oportunidad del siglo XXI para demostrar que puede gobernar con seriedad y con eficiencia, y de manera articulada y creativa, muy cerca de la sensibilidad de quienes abajo le han dado su voto confiados en una vida mejor. No es una tarea fácil para cumplirla en cuatro años, o tal vez ocho, si es que logra ser reelegido. Y su éxito estará sin duda en avanzar para resolver los problemas de Brasil, que son tan inconmensurables como su territorio, sin provocar confrontaciones.

En esto no tiene por qué parecerse en nada, por supuesto, al teniente coronel de paracaidistas Hugo Chávez, y creo que se comete un error colosal al compararlos. Lula viene de una paciente articulación de fuerzas decantada a lo largo de los años, y desde una raíz auténticamente popular, mientras que Chávez tiene su verdadero origen en un golpe de Estado, que es siempre un golpe de dados.

La izquierda perdió sus armas económicas a la caída del muro de Berlín, y no ha podido hacer nada para que la economía triunfante del mercado no cree también sociedades de mercado. Cada vez que desde entonces se le ha preguntado a la izquierda por sus propuestas frente a economías cada vez más desmanteladas, sujetas a los rigores extremos de la privatización, infectadas por el desempleo y con cotas de deuda externa que desafían toda imaginación, como la del Brasil misma, que llega a los 250 mil millones de dólares, la repuesta ha sido el silencio embarazoso, o a veces, de manera tímida y defensiva, una referencia a los viejos programas de la Cepal que recetan algo de intervencionismo estatal, e inflación moderada para estimular el crecimiento.

Lula, que viene «del mundo del dolor», como le ha recordado el teólogo Leonardo Boff, se prepara a gobernar con el respaldo de más de sesenta millones de votos de todos los pesos, naturalezas y colores, en una democracia sin apellidos. Ahora debe demostrar que es capaz de articular una economía que sea capaz de hacer de Brasil un país a la vez próspero y justo, con «hambre cero», como él mismo proclama. Esto puede conseguirlo un estadista, pero nunca un demagogo.

Y aquí tenemos por primera vez en nuestra historia a un obrero metalúrgico que nunca fue a la universidad, pero que no tengo duda será un verdadero estadista. Un estadista sensible y compasivo con los que nada tienen sino la esperanza. *

(*) Escritor y ex vicepresidente de Nicaragua.

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