HOY JUCECA

Hay un flaco tocando el violín en la calle

Sobre un angosto cantero divisorio de la ancha avenida, salvavidas de peatones atrapados entre las ordenadas luces de los implacables semáforos, hay un hombre tocando el violín. El breve instrumento inmovilizado por la barbilla del músico aumenta su pequeñez debido a lo amplio del espacio escénico, al que su dueño lo ha destinado. Una cuadra antes, venga de donde venga, el espectáculo brindado por los improvisados artistas circenses, es muy diferente.

Allí es cosa de ver. Y de admirar. Nunca creí que hubiese tanta gente capaz de hacer malabarismos con limones, pelotitas, antorchas y palillos. Los hay de diferentes estilos, capaces de diferentes arabescos espaciales, con mayor o menor cantidad de objetos a un mismo tiempo. Los de las antorchas meten miedo. Van y vienen por el aire, las antorchas, digo, se entrecruzan. Llamaradas aladas, fuego por nada. Algunos cierran las ventanillas de sus coches temerosos que uno de esos fogones volátiles ingrese a su habitáculo.

No hay noticias de que ello haya ocurrido. Es más: el malabarista ígneo (palabreja infaltable en crónicas sobre siniestros causados por el fuego, que en tales casos ofrecen un «espectáculo dantesco»), el malabarista, decía, suele hacer alarde de sus habilidades, a tal punto que, al terminar su rutina y saludar con elegancia de fino artista que retribuye un imaginario aplauso, el semáforo cambió a la verde y no tiene tiempo de poner a prueba la buena voluntad de los obligados espectadores, pues ante la vía libre, pican y se rajan.

La verdad que, debido a la desocupación reinante en el intocable reino capitalista, son muchos en las muchas esquinas de este Montevideo brotado de simpáticos mendicantes primaverales. Especie de peajes a voluntad, si uno quisiera poner de manifiesto su natural generosidad y espíritu solidario, y lo hiciese en todos los casos, no es extraño que al poco tiempo tuviera que pararse en una esquina a competir con antorchas, limones o palitos. Esos palitos que juegan en el aire y se tocan y saltan y nunca se separan del todo, me deslumbran. Como manejados por hilos invisibles se entrecruzan y saltan y se elevan y se encuentran y remolinean y vuelven a juntarse como imantados. Y en aquella esquina, el tipo del violín toca impasible. Es delgado, como conviene a un violín, y parece concentrado en su música que nunca escuché. Nunca me tocó. Nunca me tocó que me tocara. Lo he visto, rara vez, acercarse a la ventanilla de un auto y tocar para su conductor, como si fuera el violinista animador de un lujoso restaurante, que se detiene e brindar su música al distinguido cliente y señora.

¿Un vals vienés, acaso? «El vals del minuto» sería el apropiado para la urgencia del caso. ¿»El vuelo del moscardón» quizás? Lo hemos ubicado ya, en medio de la ancha avenida, parado en un angosto descanso entre las dos veredas. Lugar de paso donde nadie se detiene. Durante la permisiva luz verde, y parte de la riesgosa amarilla de los semáforos, los autos le pasan chiflando. El sigue tocando su violín. Su música se va en el viento por ahora no reglamentado. ¿A quién le importa? ¿A quién le llega? La cercanía del Parque Rodó me autoriza a pensar que los pájaros lo aman. Aman al flaco y su violín. Y yo, con sólo verlo de lejos, pulsando su violín, música en el aire, temblor de mariposa en medio del torpe rugir de los motores, pienso, me digo: viejo cronopio, no todo está perdido. *

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