Cumbre… ¿borrascosa?

Pudo haber sido el caso del presidente Batlle, que ha estado mirando el sol o la luna, o se ha estado observando el ombligo durante un lapso extremadamente largo, antes de dar el paso que el país reclama a grito pelado desde hace meses: uno suponía que estaba a punto de convocar a una reunión de líderes políticos para hallar, entre todos, al fin, solución a la crisis que nos está disolviendo.

Pero, bueno, aunque siempre será preferible tarde que nunca, el hombre anduvo diciendo -off the record, porque es caprichoso- que no, que él todavía no ha pensado convocar a nadie.

Es curioso. A Batlle ni siquiera le han servido dos estímulos exteriores que pudieron apresurar a su aparato calculador de la marcha: el de Lacalle, advirtiéndole que ha perdido demasiado tiempo y que no hay otro camino si se quiere evitar el abismo; y el de Tabaré Vázquez, que le regaló desde el plenario del Frente Amplio una disposición de ánimo  tal vez inesperada para el hombre solo que habita Suárez  responsable, constructiva y convocadora. Basta de batiburrillos, las papas queman.

En realidad, lector, no importa este gesto un tanto teatral que Batlle les ha regalado a algunos periodistas, como si montase un misterio o quisiese negar la realidad. La reunión de líderes se va a hacer, aunque el aislado e inadvertido Presidente no lo quiera, y suena hoy inexorable y próxima. Eso sí, aun dándola por cierta, igual deja espacio a unas interrogaciones.

¿A qué podría convocar Batlle?

Según lo que ha conjeturado Lacalle, a discutir acerca de la deuda externa, del sistema financiero y del comercio internacional.

Caramba, es obvio que todo eso debe entrar, pero no basta. Si el Presidente se quedara en tales temas y no fuera un poco más allá, comprendiendo que debe poner encima de la mesa la apoplejía económica, el desempleo y las necesidades sociales, sería como si apelase a la aféresis; o sea, hablar suprimiendo un sonido al comienzo de los vocablos. Nunca se oirá la palabra completa.

Batlle no sólo debe llamar a los otros, sino que ha de aceptar, con la mente abierta y sin prejuicios, que le propongan ideas diversas sobre todo; y debe estar dispuesto a aceptarlas si son razonables, no importa de dónde vengan. El, y sobre todo él, debe alejarse de los partidismos, de los distanciamientos del pasado y hasta de su propia soberbia, que al parecer sigue respirando.

Ah, pero… ¿y la izquierda? ¿Con qué actitud llegaría la oposición  la única oposición real- a ese encuentro?

Más allá de lo expuesto por Vázquez en su discurso ante el plenario, el Frente Amplio vería ante sí los dos caminos que siempre se le han abierto en circunstancias similares.

Uno, escuchar, luego proponer y, si no hay la reacción esperada, dejar que todo se lo lleve el demonio; lo malo de agarrar por ahí, tal como se ha hecho otras veces, es un riesgo ahora objetivo: aunque se tenga la certeza de un triunfo electoral ¿quién asegura que habría entonces un país, no un puñado de ruinas, para gobernar y administrar?

Otro, escuchar, proponer y, aun en la hipótesis de una reacción fría o negativa, insistir hasta lograr, al menos, parte de lo propuesto; la anécdota nacional ya no resiste el todo o nada, el blanco o negro, y exige un plan de emergencia asentado en el consenso, que tendría, en este caso, la virtud de ubicar a la izquierda como testigo crítico, adentro y no afuera, sin abandonar su insobornable papel de fiscalización y denuncia.

¿Qué pasa si a Vázquez no se le acepta nada? Supongo, y si me equivoco pediré disculpas, que eso es imposible, irreal. Ya nadie, y hoy lo admite entre dientes hasta el crujiente matrimonio de Batlle y Lacalle, puede cerrarle a la izquierda la puerta en las narices.

Si en este presente, más que nunca antes, el Frente Amplio es una opción plausible de gobierno, está obligado a idear sus estrategias a través del postulado y no del dogma. Adolfo Pérez Esquivel dijo aquí mismo, hablando de las izquierdas y del laberinto en que se hallan, que la gran revolución que les ofrece el nuevo siglo es la creatividad y el desarrollo del conocimiento. Ya no se trata de sociedades ideales, sino de sociedades posibles. Y para construirlas se necesitan proyectos comunes e ingeniosos; en ese ámbito, cada uno ha de poner algo propio y ha de estar dispuesto a aceptar algo del otro.

Pero, además, como la coalición  y me refiero a la que existió formalmente y también a la que ha sobrevivido con más pena que gloria  ya ha gastado toda su pólvora y las palomas se le siguen volando, difícilmente podrá seguir negándose a escuchar al Frente Amplio. Salvo, claro, que se haya empeñado, como algunos sugieren, en una contorsión desesperada y suicida, persuadida de que hará mejor negocio dejando un gran cráter final.

Qué sé yo. Acabo de recordar algo que sugiere la etología moderna. Si hay una íntima relación entre el conocimiento y el hacer, entre la gnosis y la praxis, eso supone la existencia de un «órgano central especial» en la circunvolución temporal izquierda del cerebro. Cuando esa parte está enferma o dañada se producen fallos del pensamiento y de la acción.

Buen punto para una reflexión más rica. ¿Cómo tendrán este Batlle que sigue esquivo, y el Lacalle que dejó a medias la coalición (y el Sanguinetti en las sombras, detrás del presidente) esa área de sus cabecitas? Qué duda. Porque vea, lector, si está mal, no se arregla ni con una lobectomía y, ahí sí, la cumbre será borrascosa. O, como pareció sugerir Batlle ayer, no será. *

*Periodista

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