Hoy Juceca

Sonamos: el deporte se quedó sin ministro

Escribe: Julio Cesar Castro

 

Me lo cerraron, y yo me quedé sin saber para qué existía el Ministerio de Deporte. ¡Que bronca!

Justo ahora que estaba pensando en salir a correr por la Rambla, y luego a la pista de atletismo y más tarde en competencias mayores, van y me lo cierran. Estuve a punto de ir a ver al ministro por asesoramiento y equipos, entrenadores y canchas, inscripciones en competencias y viajes al exterior, pero me dejé estar, y me lo eliminaron. Yo he sido y soy un fanático de los deportes. No de todos, claro, porque son muchos y algunos son impracticables en este país. Por ejemplo esquiar, salvo que el Ministerio de Deporte hubiese importado la nieve suficiente como para cubrir el cerro Pan de Azúcar (el propio nombre del cerro nos induce a imaginarlo bañado de blanca nieve azucarada), deslizarse en zigzag y saltar heladas lomas dando volteretas en el aire, es prácticamente imposible. Otro tanto se puede decir del alpinismo. Reconozco que es trabajoso subir corriendo los empinados repechos de nuestro amado Cerro de Montevideo, pero de ahí a llamar a esa subida «escalar», hay un largo trecho.

Por otra parte, no soy afecto a la caza, pero de serlo, debiera resignarme a tirar contra perdices, liebres y en el mejor, o peor de los casos, sobre algún jabalí distraído. Salir a cazar elefantes, deporte que se practica en algunas zonas del África, aquí es impensable. Tenemos un solo elefante, y ni eso, porque es elefanta. Es una lástima que no se intensifique la cría de elefantes, porque podríamos ejercitar el deporte del tiro al elefante, ya sea en el predio del Zoológico, o si Arana se opone, que en fija que se opone, perseguirlos a los tiros por la calle Rivera hasta Carrasco. Es un deporte donde pueden participar hasta los miopes, porque a un elefante es muy difícil errarle. Pero además, los queridos elefantes, los que junto a la ballena se mantienen siendo los bichos de mayor tamaño que siguen habitando nuestro mundo, son una fuente de riqueza impresionante. En este momento, varios países africanos intentan que se declare al elefante animalito comerciable, es decir que se le quite la etiqueta de especie en extinción, dado que Japón tiene gran interés en el marfil y lo paga muy requetebién. Sabido es que los japoneses son especialistas en tallar el marfil, y de un colmillo sacan varios budas y estatuillas de mujeres con sombrilla. (¿O son los chinos?) No digo que nosotros nos pongamos a competir con aquellos orientales, ya que aquí, nuestra artesanía va poco más allá de un gaucho tallado en quebracho, y una matera de cuero con ranchito marcado a fuego. No propongo tampoco, ¡Dios me libre!, competir con la ganadería, pero poner un buen criadero de elefantes de colmillo sano, puede ser uno de los pocos negocios que salven al país. No he tenido tiempo de averiguar si la carne del elefante es comestible, pero de no serlo, se puede intentar cruzarlo con la oveja. De tener éxito, podríamos obtener carne en abundancia, y ni hablar de la producción de lana de semejante paquidermo. Sería el renacer de la industria textil y de la vieja tricota tejida por mamá.

En realidad, mis reflexiones no apuntaban al desarrollo industrial ni a la abundancia de alimentos, sino al cuerpo sano en mente sana que pregonaban los griegos, cosa que al parecer se hubiese logrado en gran medida, si se le hubiese dado tiempo a desarrollar sus planes al Ministerio del Deporte. ¿Que para qué estaba? ¿Que cuáles eran sus planes? ¿Que cuáles de sus planes llegaron a concretarse? Bueno, el ejercicio de la imaginación también es un deporte, y el Ministerio lo estaba propagando en la población de forma muy eficaz. Todo el mundo se preguntaba lo mismo: «¿Para qué está? ¿Qué hizo? ¿Qué hará?».

Desaparecido dicho Ministerio, el ejercicio, el deporte que ayuda a desarrollar los músculos de la imaginación, se puede mantener aplicando las mismas preguntas a varios otros ministerios. No deje de practicarlo. Yo estoy en eso. *

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