¿Qué pasa en Venezuela?

 

Para comprender la realidad venezolana de hoy, el punto de partida de todo lo constituye el descrédito, la deslegitimación y el repudio que el viejo sistema político venezolano, fundado tras la caída de la última dictadura en 1958, llegó a acumular en 40 años de ejercicio. Sus resultados se tradujeron en un empobrecimiento progresivo de las mayorías nacionales, grados obscenos y repulsivos de corrupción, confiscación de todos los espacios de la sociedad por un exacerbado partidismo devenido en control de cúpulas y roscas usufructuarias de beneficios indebidos, y una resistencia e impermeabilidad frente a demandas y reformas solicitadas por la sociedad, y desoídas por una elite sorda e insensible ante los reclamos, que se hicieron cada vez más sonoros y alimentaron un sentimiento y un movimiento masivo e indetenible de renovación y cambios.

Sólo a partir de los elementos apuntados puede comprenderse la irrupción del fenómeno «Hugo Chávez» y sus profundas raíces en el ideario social, que catapultaron a este teniente coronel retirado no sólo al poder sino a constituirse en el líder popular de mayor respaldo en la historia contemporánea del país. Ese apoyo se tradujo en fuerza electoral que le permitió no sólo ganar siete pruebas comiciales consecutivas, sino además acumular el más grande poder institucional que conductor alguno haya tenido en el devenir venezolano, facilitándole, casi sin adversarios, sepultar el viejo y deshecho sistema y concluir la primera etapa de lo que él denominó los cambios políticos, expresados en un nuevo texto constitucional, redactado por una Asamblea donde sus partidarios tuvieron casi la unanimidad.

El fracaso de las viejas formaciones partidistas venezolanas condujo a una primera anomalía democrática, expresada en la ausencia de actores legítimos que ejercitaran el escenario natural de la política y la democracia, y su sustitución por otros actores cuyo campo específico de acción y actoría no resulta el de la política. Organizaciones No Gubernamentales, medios de comunicación, movimientos empresariales y sindicales, expresiones espontáneas de la sociedad civil, ocuparon el espacio vacío dejado por los partidos y coparon el escenario político, especialmente el del campo opositor, liderando todas las movilizaciones políticas y reivindicativas, y sustituyendo o subalternizando a los partidos, cuya debilidad los convierte en actores de segunda. Mención especial merece el papel de las Fuerzas Armadas en esta etapa de la vida republicana (desde 1958), con unos primeros años de conflictividad y fallidos intentos golpistas, y luego, por lo menos durante los últimos 35 años, por una gradual adhesión a la institucionalidad, a los valores y principios democráticos, así como al reconocimiento y ejercicio de su papel profesional.

En la redacción de la Constitución Nacional de 1999 que plasmó el ideario de cambios del presidente Chávez, se reformuló el papel de las Fuerzas Armadas y se le dio prioridad a su incorporación a otras tareas de conducción y protagonismo, lo que junto a la eliminación del carácter no deliberante y la consagración del voto militar, alteró su papel tradicional y promovió una situación indeseada dentro de una sociedad democrática, al convertir a sus integrantes en nuevos actores de la política.

La alta conflictividad del país, producto en lo fundamental de la contradicción de intereses y posiciones entre el Presidente y las fuerzas que lo respaldan, y sectores cada vez más numerosos de la vida nacional agrupados en movimiento opositor, marcan la dinámica venezolana, con una característica también anormal dentro de una visión democrática: la incapacidad de negociar, de construir acuerdos, entendimientos y consensos, imposibilitados en doble vía: de parte del Presidente y sus seguidores, por sus prédicas de una revolución cuya fraseología «demodé» no permite «transigir» con el adversario, desdoblado en enemigo, porque sería, según razonamiento obsoleto, «liquidar el proceso»; y, de parte de sus contendores, la igual convicción de que cualquier entendimiento o negociación sólo permite fortalecer a un enemigo que según sus fantasmas sólo espera una mejor oportunidad para liquidar libertades y propiedades y declarar un régimen comunista y totalitario.

La complejidad de la situación de la democracia venezolana, casi paradójicamente una de las más antiguas de América Latina, se expresa cotidianamente en un forcejeo entre las fuerzas en conflicto, pretendiendo cada una de ellas disuadir o debilitar al adversario, en una pugna pendular entre lo electoral y lo violento, esto último alentado desde ambos extremos del debate político por sectores minoritarios pero activos y bulliciosos, que pretenden imponer una dinámica de confrontación ajena a una sociedad que tiene más de 100 años sin sufrir un conflicto interno.

¿Qué pasará en Venezuela? ¿En qué terminará todo esto? ¿Se impondrán el diálogo y la negociación o, por el contrario, el enfrentamiento y la violencia? Es precisamente la incertidumbre y, por tanto, la imposibilidad de pronósticos o predicciones uno de los signos de la actual situación venezolana. La parte cualitativamente fundamental del país, que agrupa porciones de seguidores y opositores del Presidente, apuesta a la salida pacífica, democrática y libertaria, e invoca una solución que preserve el sistema democrático. Por el contrario, minorías radicalizadas se encierran en un juego peligroso que habilita desde el enfrentamiento directo, la guerra civil y la agresión violenta, hasta el llamado a los militares de bando y bando a hacerse parte de la situación o inclinar, con las armas, la balanza de la confrontación.

En estos días, una misión tripartita (de la OEA, el PNUD y el Centro Carter) traduce las preocupaciones externas por la suerte de Venezuela y su sistema de libertades, abre un espacio para el optimismo y posibilita el establecimiento de un diálogo directo gobierno-oposición para encarar una agenda de temas cruciales, incluyendo el electoral.

Un fracaso sería de impredecibles consecuencias y alimentaría el discurso de quienes alientan el enfrentamiento no sólo como algo deseable sino fatal. Venezuela tiene en su liderazgo responsable un desafío frente a sí misma y frente al mundo. Probar en primer lugar la que uno testimonia y constata cotidianamente, su vocación societal de vivir en libertad y de hacer de las conquistas democráticas algo irrenunciable; y, en segundo término, demostrar que podemos reconstruir unas conductas y unas prácticas que posibiliten el reencuentro y la reconciliación de los venezolanos: la tolerancia, el respeto por el adversario, el reconocimiento de la pluralidad, la diversidad y la mixtura, como signo distintivo de un pueblo cuya vocación por la libertad es merecido legado de sus padres fundadores. *

 

(*) Rafael Simón Jiménez, primer vicepresidente del parlamento venezolano, es dirigente de la agrupación política Podemos, aliada del presidente Hugo Chávez y cuyos siete diputados contribuyen a que el oficialismo sostenga una mayoría simple en la Asamblea Nacional.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje