HOY JUCECA

¡Ay pena penita pena!

Yo no soy de los que se ahogan en un vaso de agua. No por valiente, resistente o emprendedor, sino por tamaño. En realidad, nunca conocí a nadie que se ahogara en un vaso, ni de agua ni de ningún otro líquido como ser jugo de naranja. He visto tipos tratando de ahogar sus penas con un vaso de caña, u otras bebidas de graduación alcohólica, pero nunca con las penas dentro del vaso. Se han dado casos, muy contados, de individuos que no lograban ahogar sus penas mediante el sistema de ingerir alcohol, ya fuera porque las penas nadaban o porque eran inmunes al líquido en cuestión. Hay penas que se acorazan, que se forran con materiales impermeables que les permiten sobrevivir a cualquier hundimiento. Penas que, entre ellas, se practican la respiración boca a boca y siguen lo más panchas.

Penas que sobreviven a los años y al mismo penador. Penadores han muerto, y sus penas han seguido indemnes, sin una mella ni un rasguño, dispuestas a instalarse en el primer desgraciado desprevenido que ande por ahí con algún motivo para cargar con ellas. Hubo un caso, es cierto, de alguien que mediante un truco que no se puede revelar, metió dos de sus penas dentro de un vaso de whisky con hielo. Ese alguien, fui yo. Fue una noche de otoño. Las hojas secas eran arrastradas por el viento.

Crujían o cantaban sobre las veredas. Para mí, lloraban. Cuando uno tiene penas húmedas, todo llora, todo se arrastra, todo es pena. Ellas, las crocantes hojas, eran, como mis penas, juguetes del destino que, implacable, las azotaba como si tuvieran que pagar alguna culpa. Hay golpes en la vida, yo no sé, pero son como negros marroneros machacando sobre el frío yunque de hierro donde se modelan nuestros pasos. O algo por el estilo. Era una noche de otoño, y ella no estaba. Estaba sí, pero ¿dónde estaba? ¿Dónde su risa, dónde su voz, donde sus labios, dónde sus manos? Estaba, sí, pero, ¿dónde?

Para estar así, mejor que no estuviera. Es tan grande el mundo en la hora de las ausencias, que toda distancia es superior a sí misma. Contra el ventanal, de aquel lado, la lluvia, que ahora aquieta las hojas, las moja y las aplasta contra las grises baldosas de una vereda recientemente reparada por orden municipal, salpica. Contra la misma ventana, pero del lado de acá, del interior seco y sin hojas, mis ojos atravesando el vidrio. No mis ojos, claro, pero sí mi mirada horadando la oscuridad de la noche negra como boca de lobo.

Esta imagen no es mía (no me refiero a la que refleja el vidrio de mi ventana sino a la de «negra como boca de lobo»), pero la doy por cierta a fuerza de escucharla. La costumbre hace al lenguaje. No conozco a nadie que haya visto jamás la boca de un lobo. Pero ha de ser sin duda negra la boca del lobo, aunque tal vez no tanto como algunas otras cosas muy negras, como, por ejemplo, la noche a la que me refiero. Aquella noche de otoño, en que ella no estaba. Yo tenía dos penas. La pena de no tenerla junto a mí, y la pena de que no estuviera a mi lado. No me costó mucho unificarlas en una sola. Hubo entonces un trueno tremendo, un rayo que rayó de luz la noche, un parpadeo de luces, un temblor de botellas en los estantes, y un revuelo de cubitos de hielo en mi vaso mediado de whisky. Al mismo tiempo que sentí un alivio en mi alma, me mandé el trago hasta el fondo. La pena unificada, que por medio de un artificio que jamás revelaré se introdujo en el vaso, así como despejó mi alma fue a parar a mi estómago. Desde entonces, cambié psiquiatra por gastroenterólogo. Por lo que me dice el médico sobre los exámenes que tendré que hacerme, era preferible seguir con ellas en el alma. Espero que, al menos, no tengan que operarme. *

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