El viejo maligno
Pero hay algo curioso en todo esto. No se ha advertido, al menos todavía, la lección primera que ha dejado la peripecia exitosa de Lula: el control estricto que debe hacerse de aquellos riesgos que anidan en las mismísimas entrañas de todo movimiento popular. Dicho en castellano clásico, el radicalismo a ultranza, el dogmatismo ciego, la intolerancia, el resentimiento y, al final, la violencia que sólo conduce al caos.
Guste o no a quien sea, son patologías inherentes a la propia esencia de la izquierda, una concepción de la vida y de las cosas que ha debido ir reaccionando como ha podido, sobre la marcha, espasmódicamente unas veces, dramáticamente otras, a los cambios que va imponiendo la realidad histórica.
Lula emerge triunfador sabiendo que el peligro acecha no en los militares, como pudo ser en otros tiempos, ni en la oposición política que crecerá en tantas gobernaciones que ha perdido su partido, sino en aquellos grupos que congelaron la historia en octubre de 1917 y no se han enterado de cuánto sucedió desde entonces. Y a ese peligro Lula ha respondido con firmeza y decisión; él marcó la cancha desde el principio, él decidió cuándo se iniciaba cada juego y cuánto habría de durar y él declarándolo con sinceridad y firmeza apenas fueron cerradas las urnas ha dejado claro que una oportunidad como la que ha recibido de su pueblo habrá de sostenerse con estrategias y alianzas inteligentes y debe quedar a salvo de aventuras irracionales.
Pues bien, ¿qué debería pensar la izquierda vernácula, esa que tanto celebra a Lula, del delirante conflicto con el que unos cuantos ultras trasnochados jaquearon a la intendencia y al propio gremio de los municipales?
¿Aún no ha sido advertido como un riesgo? ¿Se descree que pueda convertirse en un daño político considerable? ¿Es acaso inocuo lo que ha ocurrido? ¿O es que se ha olvidado el costo que tuvo durante la elección pasada un simple manejo poco astuto del proyecto de impuesto a la renta? ¿Alguien supone si es que existe tamaña inocencia humana que este estúpido conflicto será desestimado por la derecha en la campaña electoral futura?
Intuyo, si se me permite la licencia, que nadie tiene dudas acerca de las respuestas a estas interrogaciones.
Lo que hace falta, entonces, es lo que Lula ya supo hacer.
Crecer hacia fuera del propio ombligo. Seducir a quienes no tienen una pertenencia ideológica tan fuerte como los militantes de siempre. Atraer a aquellos que no han asumido un compromiso político inmutable y observan lo que ocurre a su alrededor con la frescura de su pensamiento crítico expresado en libertad.
Una elección se gana con votos, no con consignas ni con actitudes que separan o asustan a la gente.
Ojo. Aclaremos los tantos, dijo mi amigo Epifanio. No se trata de proscripciones ni de linchamientos. Se trata de unas riendas firmes que controlen en serio a quienes comprometen lo esencial: la llegada al poder para desarrollar un programa de solidaridad, tolerancia y justicia. Y si no se puede ejercer ese control, bueno, afuera y bailando los que no entienden.
Menos mal que, pese a todo lo sucedido, hay dos cosas buenas con las que alimentar un prudente optimismo: una, lo que pasó ha pasado cuando aún queda tiempo para abrir los ojos y obrar en consecuencia; otra, la propia historia no la historia política reciente, sino la anécdota del hombre a través de los siglos deja a la mano ejemplos contundentes para que alguien, Tabaré Vázquez, digamos, tome prolija cuenta.
Vea usted, lector, que ya en tiempos de las religiones de los asiáticos septentrionales, en la Eurasia antigua, aparece un mito esclarecedor; es el mito de Num, ídolo de los samoyedos, que vive una peripecia sumamente pedagógica.
Se decía que Num poseía la policefalia, que expresa la facultad de ver y conocer cuanto sucede. Sin embargo, cierta vez, cuando ya había creado la tierra, llegó un viejo que le pidió un sitio para descansar. Num lo aceptó, pero a la mañana siguiente halló al viejo dispuesto a destruir la isla donde reinaba. Le ordenó marcharse, pero el viejo pidió, como último deseo, tanta tierra como pudiera cubrir con su bastón. Luego, desapareció por un pequeño agujero tras gritar que viviría allí y desde allí produciría todo el daño posible. Ya tarde, Num reconoció su error. Había pensado que el viejo se instalaría sobre la tierra y no bajo ella.
Entonces al pobre de Num, por más ídolo que se sentía, le pincharon el globito. Recibió un castigo de las furias celestes porque no fue, pese a que debía serlo, omnisciente: ignoró la existencia y las intenciones del viejo y no advirtió que era el Maligno; es decir, el que introduciría la muerte.
Qué sé yo. Es tan sólo un mito arcaico, pero… ¿cuesta tanto usarlo para intentar una pequeña reflexión? ¿No será como curarse en salud? *
(*) Periodista
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