Confesiones de un humorista con bronca

JUCECA (*)

 

Yo no la veo así. Si yo hubiera seguido al pie de la letra esa lección del maestro, creo que hubiese escrito muy poquita cosa, y no por poquita hubiese sido mejor que la que llevo escrita. Por eso, muchas veces, tengo la primera frase, producto de una idea borrosa que tendrá que irse abriendo paso hacia la luz, hacia un final que al llegar, recién me revelará cuáles son las últimas palabras, el broche de oro, o de bronce, o de lata, según los casos. A veces aparece, o se vislumbra por la mitad del camino, entonces se fija el rumbo y allá vamos a paso más firme sin tanto titubeo. Porque el cuento se va haciendo palabra por palabra, va tomando distintos rumbos, va buscando su propio final. Yo no sé a quiénes ni a cuántos les interesa esto, pero digo que muchas veces escribir, inventar, crear, requiere también la valentía de desechar, tirar hojas, hacer y rehacer.

Es como vivir. Y siempre queda uno con la sensación de que al cuento le falta algo. Es seguro que le falta. O que le sobra, que viene a ser lo mismo. Y ese algo, es el que lo pica a uno para escribir el próximo. Porque lo bueno es que siempre haya otro en la puerta de largada.

Esto del cuento viene a cuento, porque antes de yo tener este oficio, mal remunerado y muchas veces insalubre, tuve algunos otros. Te digo dos o tres nomás, para darte una idea: a los 14 años, andamio con mi viejo arrimando mezcla y ladrillo.

De peón en un camión repartiendo hielo en barra, con una bolsa de arpillera en el hombro y dale que va corriendo. Taller de marmolería en bloques, allá por Uruguayana y Gil. Vuelta a la construcción en el consorcio Jáuregui, Siri, Quijano, Morando y Truco, pico y pala y a bolear ladrillos de a dos o, compadreando, de a cuatro. No te daban cascos, ni suecos ni nada, y después de las cinco tenías que ir a cobrar la quincena a la oficina o a la casa del patrón, que te tenía esperando sentado en el cordón de la vereda, y de pronto salía la sirvienta y dice el señor que pasen mañana. Años y años de lucha del Sunca, fueron mejorando las cosas, paso a paso, ganando una huelga y perdiendo cuatro, y empatando, arrancando conquistas. Aprendió mucho, ahí, en los fogones del mediodía, este montevideanito joven, entre robustos hombres del Interior, de los verídicos. Yo ya leía algunos libros que tenía mi viejo. Me hice adicto a la lectura y me puse a escribir cositas. Ya con 18 años entré al molino Continental, y al poco tiempo era delegado del Sindicato de Obreros Molineros y Fideeros, en la calle Angel Floro Costa. Todavía nuevito fui como delegado a conversar con los obreros de los molinos Caorsi y Flipini, en Durazno. A los compañeros del Interior no les podíamos fallar. Caorsi era el dueño del departamento. Era dura la cosa y no nos fue bien. De esas, mil. Paros, huelgas, reuniones, asambleas. La larga historia. Y siempre negociando, hablando, buscándole la vuelta, y siempre junto al movimiento obrero, atentos a la situación general del país. Se perdían muchas huelgas. Seamos sinceros: casi todas. Gremios fuertes, guapos, aguerridos, fuimos logrando conquistas. De eso se trataba. De eso se trata. Transar no es aflojar. Arreglar por menos de lo pedido, y de lo prometido, no es traicionar. Puede ser lo más inteligente. No hay una última batalla. El todo o nada,suele ser, más que una utopía, una guarangada de compadritos. Por eso no creo en aquello de Horacio Quiroga de empezar una historia sabiendo cómo va a terminar. Ahora, dame una mano: ayudame a atar estas dos moscas por el rabo. *

 

(*) Humorista.

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