Primer movimiento para piano y coro

Yo, de botija, era una mezcla rara de medio rebelde con medio tristón, y bastante vago además de distraído. Un distraído es un tipo que está muy atento a cosas a las que los demás, en ese momento, no le prestan atención. La maestra decía que yo no prestaba atención y por eso no adelantaba. Yo prestaba la goma, el lápiz Faber Nº 2, la regla, prestaba todo menos atención. Un día dije que no la prestaba por miedo a que no me la devolvieran, pero nadie entendió el chiste y a mí me dio mucha vergüenza, me sentí mal y pedí para irme para mi casa, pero la maestra me mandó al patio a tomar aire y se me pasó. Debe ser porque la vergüenza da calor y el patio era fresco, pero la cosa fue que desde entonces, cada vez que hago un chiste, tengo miedo de que no lo entiendan y me manden al patio.

El patio de mi escuela era como un gran tablero de damas, con grandes baldosas blancas y negras, y allí nos paraban cuando nos tocaba la clase de canto. La profesora de canto era grandota, con unos pechos que, vistos desde allá abajo, eran como dos cosas unidas que se le venían arriba a uno, como una amenaza de «mirá que si desentonás te aplasto». A mí, por ser alto, siempre me paraban en las últimas filas del coro, y entonces aprovechaba y me distraía o desentonaba sin que ella se diera cuenta.

La profesora de piano, en cambio, era bajita y llegaba a los pedales apenas con la puntita de los pies. El piano, tapado con una lona con forma de piano, se guardaba en el escritorio de la Señora Directora. Junto al piano estaba la bandera uruguaya, una calavera completa, y un cuerpo humano en dos partes que dejaban ver el sistema nervioso y el circulatorio.

A mí lo que me impresionaba era el esqueleto parado sobre una base de madera con rueditas, que era de verdad, material humano en la última de sus expresiones. Yo lo miraba y me preguntaba quién habría sido, y si alguna vez se habría imaginado que después de muerto se iba a comer semejante plantón. Ahora bien: para realizar las clases de canto, había que sacar el piano del escritorio al patio, y para sacarlo había que empujarlo, y para empujarlo hasta el patio la maestra decía: «A ver, los mayores, a sacar el piano». Entre los mayores, de edad y de estatura, estaba yo.

Eramos cinco, de distintas clases, uno de cuarto, dos de quinto y dos de sexto, que teníamos que ir al escritorio, sacarle la funda al piano, y empujarlo hacia el patio superando un pequeño escalón que nos obligaba a levantarlo un poquito. Yo me ponía a empujarlo de atrás, y a veces me colgaba y dejaba que los otros me llevaran y eso me divertía. Y un día me vio la Señora Directora colgado del piano, y me mandó en penitencia por mala conducta. Entonces ahí, recién ahí, me vino la rebeldía y a la hora del recreo les dije a «los mayores» que nosotros no éramos changadores, que nosotros íbamos a estudiar y no a empujar pianos, y que había llegado la hora de liberarnos y negarnos a empujar el piano. No estoy seguro si dije «la hora de liberarnos», pero fue algo así. Los otros niños sacadores de piano tenían miedo de negarse y que llamaran a los padres y que les dijeran que se portaban mal, que no hacían caso y que los padres les pegaran unos coscorrones y los obligaran a pedir disculpas delante de toda la clase. Yo no tenía ese miedo porque mi papá era bastante anarquista. Sé que les hablé, y quedamos en que cuando llegara el día, cuando la maestra dijera «Los mayores para el piano», cada uno se quedara en su asiento, quietito y en silencio. De mi clase, los mayores éramos dos; Marcelino y yo. Y llegó el día de la clase de canto en el patio, y llegó la hora, y la maestra dijo: «Los mayores para el piano». La escuché, y me vinieron unas ganas terribles de hacer pichí. «Los mayores para el piano», repite la maestra, yo muerdo el Faber Nº2 resistiendo, y de pronto veo que Marcelino, que se había demorado apenas, se levanta, y sale rumbo al escritorio de la Directora a sacar el piano. Entonces yo pedí para ir a la licencia, y luego de un largo y amargo pichí, fui al escritorio, y entre los cinco de siempre, sacamos el piano.

De bronca, y por venganza, me colgué de nuevo y me hice llevar como dos metros. *

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