A no tropezar dos veces con la misma piedra

JUAN MENDIETA (*)

 

Bueno, en realidad hay un par de salvedades. En primer lugar, un improbable milagro económico que de la noche a la mañana nos devolviera el bienestar perdido podría hacer mudar la intención de voto del electorado que se volcaría masivamente a reelegir a Jorge, a Sanguinetti o a Lacalle. Como yo no creo en milagros, y como razonablemente no hay elementos que permitan abrigar la esperanza de salir de la mishiadura, por ese lado la izquierda nada tiene que temer.

Pero hay otra salvedad que señalaban los responsables de la encuesta: de aquí a octubre de 2004, la izquierda puede sufrir lo que Freud designa con el nombre de compulsión repetitiva, un mecanismo perverso que parece que todos tenemos (aflojá, Mendieta, no te metas con la psicología que después llueven cartas refutándote), por el cual una secreta fuerza inconsciente –un impulso medio suicida o masoquista– nos lleva a repetir errores. Tal vez no sea más que la formulación científica del viejo proverbio que asegura que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra…

Pero así como la primera hipótesis (la del milagro económico) parece bastante descabellada, esta segunda posible causa de una derrota de la izquierda no tiene nada de milagroso.

Por lo menos, así parece demostrarlo la historia, rica en ejemplos al respecto. La dificultad para articular la unidad de los partidos y grupos de izquierda ha sido moneda corriente; y después, una vez lograda la unidad y cuando las posibilidades de crecimiento y de triunfo eran reales, surgían inmediatamente las desavenencias, discrepancias, disensos y deserciones; acusaciones y reproches recíprocos. Todo lo cual exige mantener equilibrios dificultosos de los que la opinión pública –con razón– desconfía. Es imposible no recordar que en 1962 hubo dos frentes de izquierda, que en 1989 se produjo una fractura importante, que en 1996 la reforma electoral ocasionó otra división, etcétera.

Así ha venido transitando la izquierda, tratando de contemporizar las posiciones radicales con las moderadas, en medio de la batalla entre cultura de oposición y cultura de gobierno; paralizada muchas veces como consecuencia de falsas dicotomías. Parecería que ante la perspectiva cierta de llegar al gobierno, nos entrara el chucho y nos pusiéramos a hacer todo lo posible para perder. Aparecen así la intransigencia, la intolerancia, la inflexibilidad; los que pregonan el todo o nada y los que sacrifican prendas del apero con el afán de hacerse más potables.

Y mientras, la derecha aplaude; se refriegan las manos contemplando el desgaste del adversario.

Es lo que ocurre ahora con el encontronazo entre el Municipio y sus funcionarios. Más allá de la fórmula final que permitirá la solución del conflicto, ni Adeom ni las autoridades del gobierno comunal podrán adjudicarse la victoria; pero no será como la paz después de la Guerra Grande, que declaró que no había vencidos ni vencedores.

No, acá ya se puede decir que perdieron tanto los funcionarios como las autoridades, y que hay un gran triunfador: la derecha. Entre un gobierno comunal que no fue capaz de evitar la huelga y un gremio que en su lucha «heroica» no vaciló en insultar y prepotear como vulgares patoteros, se le ha servido como en bandeja a la derecha una buena batería de argumentos contra la izquierda y contra el movimiento sindical.

Este conflicto municipal debe hacernos recordar que si bien hay que preservar la unidad, siempre es preferible asumir las divergencias, reconocer y denunciar los errores y no soslayarlos. Si estamos reclamando cristalinidad y transparencia, debemos predicar con el ejemplo y no suscribir el consejo de que la ropa sucia debe lavarse en casa. Porque lo que suele ocurrir es que la ropa sucia ni siquiera se lava y que, al igual que la basura, se esconde bajo la alfombra.

Tampoco son válidos los lavados de ropa pour la galerie, como el que tendrá lugar mañana.

Porque el H. Directorio, al decidir a priori lo que debía resolver la Convención, ha quitado a ésta su característica de gran lavarropas público; parecería que han preferido proceder a un prelavado o remojo previo, como para facilitar la tarea.

Y a todo esto, ¿qué hace el Partido Colorado? En medio de la crisis y abandonados por los blancos, no parecen inmutarse. Como buenos baqueanos que son, balconean las crisis ajenas que les vienen de perillas para disimular su nada cómoda situación. *

(*Periodista)

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