Al carajo la coalición

No he podido evitar la tentación de comparar esta vicisitud  clave en el desarrollo de las ideas religiosas y las crisis políticas de aquel tiempo- con el desencuentro final de los blancos y Batlle.

Lacalle, en ésta, su contorsión más reciente, ¿se separa para no morir? ¿Acaso puede aducir que «no sabía», que no conocía la verdadera naturaleza de Batlle? ¿Siente que vive aún porque a tiempo toma distancia del hermano que puede devorarlo con sus contradicciones, descuidos e individualismo? Bueno, es probable que algo de razón le asista. Eso sí, no puede argumentar desconocimiento. Lacalle ha sabido siempre de la compleja, por decirlo de algún modo, personalidad política del presidente al que decidió acompañar en la coalición que derrotó a la izquierda.

Y ahí está la cosa, si es que queremos, lector, reflexionar sobre lo ocurrido con sensatez y responsabilidad: ¿qué es una coalición? ¿Una suma coyuntural de votos a cambio de unos cuantos cargos aquí y allá? ¿Un acuerdo verbal, aunque escasamente operativo, que saca castañas del fuego cuando las circunstancias lo exigen? ¿Una mera fórmula electoral para alejar al gran enemigo del poder, ya que se ha colocado tan cerca? ¿Un gigantesco sofisma para exhibir al exterior y generar una supuesta confianza e inversiones que se imagina productivas?

Bueno, sí, una coalición a la uruguaya  en todo caso un fenómeno político relativamente nuevo aquí, impelido por el balotaje  es exactamente eso, junto y a la vez. Al menos lo ha sido por esta ocasión.

Las coaliciones, en los países con una cultura política desarrollada, implican programas de gobierno pactados en tiempo y forma, coordinaciones estables para enfrentar los cambios, planificación del ritmo de los ajustes del plan central, votos seguros para todas las propuestas y, recién en último término, cargos a repartir. No se parece demasiado a lo que hemos padecido hasta ahora.

Lacalle le dio los votos que Batlle necesitaba para hacer realidad su sueño presidencial. A cambio, uno supuso que ambos habrían acordado, por ejemplo, los alcances exactos de la política económica, el achicamiento del costo del Estado, la lucha contra la corrupción, la forma de promover las exportaciones y de enfrentar el desempleo, el diseño de las ayudas sociales, el plan para lidiar con la crisis del régimen previsional y aquellos mecanismos a los cuales apelar a fin de evitar el colapso de la educación y la salud pública. Ciertamente, uno supuso también que, fieles a su condición de animales políticos típicos, bien a la uruguaya, habrían acordado además un carguito aquí y otro más allá  después de todo algo hay que hacer por los amigos , incluyendo la creación de algún ministerio absolutamente al pedo.

Creo que uno hizo múltiples suposiciones erradas y una sola a la que la cruda realidad consagró.

Pero lo que a uno se le escapó, y como a usted, lector, lo ha dejado boqueando, es que, luego, ya firme la coalición vernácula, y no obstante verse a cada rato, hablarse por teléfono como si la tarifa fuese gratis y tirarse cotidianos mensajes mediáticos, Batlle lograría hacer lo que se le canta sin que Lacalle se enterara y Lacalle diría al fin (¿cuán empujado por el fogoso y a veces un tanto entreverado Larrañaga?) que el gobierno no le ha dado vela en ningún velorio y ha desatendido todas sus propuestas.

Conclusión: nos vamos a las cuchillas pero, ah, che, eso está fuera de discusión, le damos garantías a la estabilidad del gobierno. ¿Cómo? Por las barbas de Mahoma redivivo… ¡¿cómo?!

Ya lo dije semanas atrás, cuando los blancos empezaron a amagar y sombras de duda se extendieron sobre el futuro de la coalición: si estoy, pertenezco; si me quedo, comparto; no existe otra forma de hacer ni de desarrollar un acuerdo político serio. Ahora, ya asumido el raje, digo: si me voy en este preciso y crítico momento, y más allá de todo el tiempo que mis dudas le hicieron perder al país, ¿qué estabilidad puedo garantizar realmente? No basta con apelar a la escena parlamentaria cual supuesta certeza de que se tejerán con solidez coincidencias imprescindibles, cuando un mano a mano íntimo, comprometido (?), no supo componerlas durante más de dos años.

Aquí lo que hay, dejando aparte el aislamiento a que el propio Batlle ha condenado a su endeble administración, es puro cálculo electoral. Es tan evidente que asusta la ligereza de alma con que Lacalle, un político avezado, astuto, que mueve las piezas pensando varias jugadas más adelante, lo ha consentido. Batlle quema, quién no lo sabe. Sin embargo, ¿por ventura creen los blancos que les dará réditos electorales un perfil opositor así, vestido tan de apuro y sin maquillar, cuando el país se está cayendo a pedazos?

Penetra mi mente, de pronto, una fascinante idea. Esta saga se sigue asemejando a lo ocurrido en el Antiguo Egipto, sobre todo durante la cuarta Dinastía. El debilitamiento del poder central alentó las ambiciones de los dinastas y el Estado se hundió. Hubo escepticismo, desesperación y hasta suicidios. La nueva era comenzó recién cuando algunos dignatarios se preguntaron por su propia responsabilidad en la catástrofe y no dudaron en reconocerse culpables. Entonces llegó la ilustración.

Ya sé. Fue hace más de cuatro mil años. Pero, lector, quién le dice… *

(*) Periodista.

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