Yo estaba en lo mío sin molestar a nadie
Las moscas son inevitables, y no sólo en verano. Usted hace un asado, lo saca de la parrilla, lo pone sobre una tabla para cortarlo, y como por arte de magia, aparecen ellas. ¿Dónde estaban? No sé, pero comienza la pesadilla de tener que espantarlas, primero con la mano y luego a los trapazos. Es inútil gritarles. ¿Es sorda la mosca, o no tiene la dignidad suficiente como para sentirse ofendida y tanto le da?
Evidentemente, la mosca es invencible. Se han empleado toda clase de elementos para eliminarla, y no hay caso. Desde el golpe con el diario doblado, hasta la cinta engomada para que se pose y nunca más levante vuelo, pasando por unos tubos de terror que están electrificados y la mosca atraída por la luz, va y se achicharra. Yo he visto el aparato en algún bar, y al escuchar el ruidito que produce la mosca al entrar en contacto con la muerte, no puedo evitar la imagen de la silla eléctrica. Hasta tengo la impresión de que todas las luces del bar parpadean, como en las películas cuando los presos saben que el condenado a muerte ha sido ejecutado, porque baja la tensión de la luz.
Estoy contra la pena de muerte sea la que sea, pero lo de la silla eléctrica me horroriza. Y con la mosca me pasa lo mismo. Les puedo echar flit con el viejo aparato de rosearlas, y puedo verlas caer y barrerlas, pero electrificadas, achicharradas, jamás. La cuestión es que tenemos el moscón posado en el lomo de un libro. Está quieto. No molesta. No produce ningún ruido que yo perciba. No lo miro, pero sé que está ahí. Quiero ignorarlo, pero no puedo. Trato de concentrarme en mi trabajo. Tengo que encontrar un tema para la nota que debo entregar en menos de una hora, pero con ese bicho ahí no hay caso, no se me ocurre otra cosa que mirarlo de reojo. Si te volaras, si dieras unas volteretas a mi alrededor y me fastidiaras lo bastante con el zumbido de tus alas, sería capaz de perseguirte y darte tu merecido. Pero el tipo no se mueve. Apenas si de vez en cuando lo veo refregarse las patitas delanteras como diciendo: «Te tengo pendiente, eh».
Miro en derredor y no sé con qué golpearlo. Nunca con otro libro. Ni con un zapato que puede dañar el dorado de la letra. Podría espantarlo y seguirle el vuelo hasta que se pose en algo menos delicado. En el marco de la ventana por la que entró, sería ideal, porque se la cierro de golpe y lo mato de un ventanazo. Pero no hay caso. No se mueve. Me le acerco cautelosamente. ¿Manotearlo con el fin de atraparlo en un puño? ¡No se jode usted! Me le acerco y lo miro. No sé si me mira. No creo. Observo que tiene las alas tornasoladas. ¿Por qué esos colores me encantan en el colibrí, y me dan cosa en el moscón?
Claro, el colibrí liba en las flores, y el moscón, que yo sepa, no se distrae en esas exquisiteces. Pero igual, sus alas son bellas. Busco en un cajón la lupa que mi viejo usaba en caso de arañita tejiendo la tela. Lo miro por el vidrio de aumento, y en el momento en que el moscón se agranda, cuando agiganta su tamaño en forma desmesurada, levanta vuelo y me ataca. ¡Maldito bicho! Me lo espanto con la lupa por si le acierto como a diminuta pelota con diminuta raqueta. Pero me esquiva, da una voltereta zumbona, y sale por la ventana. ¡Maldito bicho! Cierro la ventana. Respiro hondo. Sereno mis nervios. Guardo la lupa. Me siento a pensar. Me concentro. Ahora sí, ahora es posible que encuentre un tema para la bendita nota. *
(*) Humorista.
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