Las Cuartetas
Ya es verso repetido en este Montevideo de hoy. Se piantan los cafés y boliches, enfermos de malaria y soledad. Cálidos estaños urbanos donde los bachichas, bohemios y curdas chapaleaban la noche. Agrietadas mesas, si estabas tirado no faltaba la fraternidad. Por mediados del viejo siglo, allá por Andes entre Colonia y 18, tuvo su auge Las Cuartetas. Recalada y trasnoches de la vieja capital. La memoria mete pechera y ablanda estos días en que los cafetines se toman los vientos. Un recuerdo, como diría Borges «… sin antes ni después, contra el olvido». Caminamos entre sus parroquianos y salimos hacia la rinconada de la Plaza Independencia. Afuera la noche y entre sus vitrinas con refuerzos de matambre, todo era movimiento. Virundelas y timba para apechugar la madrugada. Local grandote, tupido de mesitas. Hacían pata ancha los timberos de raza. Ginebra de porrón, sifones de soda al lado de gastadas barajas y los dados girando, haciéndose desear. Caras seriotas pues se jugaba por guita y si marchabas no quedaba otra que garpar. Sobre los ventanales que daban a la Plaza, se sentaba «un profesional» que a los puntos desprevenidos pelaba sin piedad. Era figurita conocida pero daba filo y siempre caían nuevas caripelas para desplumar. Arreglaba con la yuta y tenía carta libre para su conga, a veces un póker, para los giles de arma mortal. Llegaba tempranito y a la sordina le podías comprar anillos, relojes y hasta algún sobretodo que los jugadores perdían en su fiebre timbera. En la barra central, la muchachada hacía codo y tomaba el popular «pucherito». Era el hombre de la caña con orejones, un elixir que por esos tiempos supo competir con la «uvita» de Fun Fun. Pero no todo era chupe y timba en Las Cuartetas. Allí aparecieron las primeras maquinitas traganíqueles. Por una monedita, los solitarios vichaban por un visor donde aparecían fotos de hermosas chicas escasas de ropas. Algún pibito se quería avivar y los mozos lo sacaban rajando. Un día apareció una de esas máquinas con escenas de películas de Tom Mix y Bela Lugosi. Nadie le dio bolilla y rapidito la cambiaron por otra que, ésa sí, traía las populares francesitas sonrientes y picantes. Las Cuartetas fue cómplice de las andanzas de los muchachos de la troupe Ateniense. Cuando actuaban en el Teatro Artigas, justo ahí enfrente, «El Loro» Collazo y los suyos recalaban en esas mesas del ayer.
Un cálido recuerdo para Las Cuartetas, un instante irrepetible de aquel Montevideo que jamás volverá. Los esperamos sábados y domingos, a las 19.00 horas, en 1410 AM LIBRE. *
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