HOY JUCECA

Esa cara me resulta conocida

Una de las cosas que me ponen nervioso es enfrentarme con alguien que conozco pero no sé de dónde. «Le hallo cara conocida». «Yo a este tipo lo he visto en algún lado». Y entonces uno entra a repasar, a grandes saltos de memoria, desde la infancia hasta el presente, pasando por laburos, boliches, marchas de protesta, hermano de una novia, y va descartando años y lugares. «Pará que en cualquier momento me voy a acordar», se dice uno y sigue caminando y buscando en los recuerdos. Esa cara es como la palabra que uno tiene «en la punta de la lengua» y no le sale. Lo que me revienta es que, casi siempre, el otro me tiene clarito, recuerda lugar, día y hora en que nos vimos. «¿No te acordás –me dice ya en tono de reproche– de aquel asado que comimos con una barra, en Malvín, un 6 de enero de 1972? ¿No te acordás?» Hasta hace unos años, yo simulaba acordarme y decía: «Â¡Sí, claro, qué noche bárbara, mirá vos, qué memoria la tuya che, francamente no me acordaba pero ahora que me decís, claro, cómo no me voy a acordar!» Pero ahí me embretaba, tenía que seguir con pie de plomo hasta que algún dato más me permitiera ubicarlo, aunque fuera aproximadamente, o de lo contrario darle la mano, decirle me alegro de verte y parar un taxi de apuro y rajar. ¡Cómo quiere que me acuerde de un asado de hace treinta años! ¡Y además de su cara! Caso más grave fue uno, y más de uno, que se enojó porque no me acordaba de quién era ni de dónde nos conocíamos, y resulta que yo, una noche –siempre «una noche»–, junto con otros atorrantes, luego de libar algunas botellas, nos habíamos quedado a dormir en su casa. «¿Usted estuvo comiendo invitado en mi casa, se quedó a dormir hasta el mediodía siguiente en mi casa, y no se acuerda de mí?» El tipo se fastidia y tiene razón. ¿Con qué se arregla eso?

Hace poco, en la calle Yaguarón y 18, me paró uno «cara conocida», me llamó por mi nombre, me dijo que recién había estado hablando de mí con amigos comunes, me dio nombres de personas que eran de mi amistad, y que venía de un boliche donde efectivamente esa gente solía parar, y yo lo miraba y me decía «yo te conozco bien pero de dónde», y lo escuchaba y trataba de ponerlo en algún sitio, y cuando quise acordar me estaba planteando un urgente problema que tenía que resolver ya, porque la mujer estaba en Canelones enferma y él tenía que viajar ahora mismo y no sé qué me dijo de un hijito y que estaba necesitando cincuenta pesos para el pasaje y se le caía la cara de vergüenza, me decía, pero vos sabés cómo son estas cosas, y si me salvás yo te la devuelvo, y yo ya estaba sacando plata del bolsillo porque el tipo era conocido mío, mejor dicho yo era conocido para él, y me había nombrado amigos queridos, y si él era amigo de mis amigos era mi amigo, y a los amigos no se los deja en la estacada y le entregue el billete de cincuenta pesos y me miró la mano y me dijo ¿no tenés diez más por cualquier cosa?, y me pareció justo y le di diez más y me dijo no sabés cuánto te lo agradezco y se fue.

Hubo un instante en que me sentí bien. Apenas un instante, en que experimenté ese extraño orgullo de haber realizado una buena acción. Fue sólo eso, un breve instante, luego del cual lo vi clarito y me dije: «Me pasó. Caí como un gil. ¡Gil gil, gil a cuadros! La vas de vivo y viene un coso con un verso fácil y te pasa, ¡gil!».

Pero lo malo de todo esto, es que dentro de un tiempo si me lo encuentro, por la Unión, ponele, en fija que me digo: «Es cara conocida, pero de dónde lo conozco yo a éste». Y si me cambia el verso, entro de nuevo como un gil. ¿Será por disfrutar de ese pequeño instante de haber realizado una acción? ¿O será nomás que uno es, realmente, un gil? *

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