El lado positivo de la crisis o el reencuentro con la tradición

 

Con la devalueta que llevó el dólar a más del doble de lo que estaba hace apenas unos meses, todo lo importado –los ultramarinos, como se decía antes– se volvieron inabordables, entre ellos, el whisky escocés. Y los uruguayos nos estamos reencontrando con la vieja y querida grappa.

Esta noble bebida es una de las tradiciones que si bien no son autóctonas (¿tenemos algo realmente autóctono?), como la pasta de los domingos o los ñoquis del 29, la heredamos de los inmigrantes tanos y se incorporó definitivamente a nuestra cultura gastronómica tanto como el mate, el asado o el dulce de leche. Grappa quiere decir racimo, y es lo que los españoles llaman orujo y los franceses, marc: un destilado vínico.

Antes de la apertura económica que empezó durante la dictadura, la grappa y la caña eran las bebidas «blancas» que se tomaban habitualmente en los boliches. La añeja especial –la única que se tomaba con hielo– era la más prestigiosa y la que se reservaba para beber en ocasiones importantes, como los bailes, por ejemplo. El whisky, el gin, el coñac, sólo los tomaban los bacanes.

Pero ya a partir de los sesenta, la vieja grappa fue adquiriendo mala fama –o tal vez, mal sabor– y aparecieron los huisquis nacionales. Parece que quedaba mejor beber destilado de cereales que de uva, y como unos tarados empezamos a despreciar las tradicionales caña y grappa. Poco tiempo después, en pleno frenesí aperturista (se llegó incluso a importar jamón polaco), las góndolas de los supermercados se llenaron de licores escoceses a precios tentadores, y todos fuimos pasándonos insensiblemente a adorar a Juancito el caminador, al albo equino, etcétera.

Sin pretender minimizar las bondades de tales licores de las Tierras Altas, creo que hemos sido injustos con nuestras tradiciones alcohólicas. Los brasileños, en cambio, le siguieron dando a la cachaça, esa caña blanca bastante más catinguda que la nuestra y esa sí de efectos temibles; tuvieron incluso la saludable idea de inventar la caipirinha, y nadie se escandaliza si alguien la prefiere al escocés.

Como queda dicho al comienzo, ahora la crisis ha tenido la virtud de propiciar este grato redescubrimiento de lo nuestro.

Domingo de lluvia sin tele

Pero la crisis no se limita a hacernos despedir del escocés sino que también se las agarra con algunos servicios.

Harto de pagar una abultada (abultada para mis magros bolsillos, valga la aclaración) suma mensual para ver algunas películas (la mayoría de clase B), video-clips mediocres, algunos partidos de fútbol también mediocres, instructivos documentales sobre la agresividad de los ornitorrincos o sobre la angustia de la mosca drosophila, cortos publicitarios extranjeros (induciéndonos al consumo de productos extranjeros inexistentes en el almacén de la esquina), noticieros argentinos y otras yerbas (malas hierbas), harto del zapping enajenante, decidí rescindir el contrato con mi operador de cable local.

El primer domingo después de la heroica decisión (aprobada por unanimidad en consejo de familia cuando anuncié que ya había solicitado la desconexión y que mi decisión era irrevocable), se largó a llover con todo.

Pucha digo, pensé; justo sin cable ¿y ahora qué hacemos? (Sí, ya sé lo que está pensando, amigo lector, pero ¿y después? Uno no tiene veinte años…). La angustia me retorcía el estómago y el malhumor amenazaba instalarse en mi hogar ante la perspectiva de un domingo de agua sin tele; porque además, vivo lejos del centro y los canales abiertos se ven como el culo.

La angustia no me impidió recordar que cuando era botija, no había ni televisión por cable ni televisión a secas y que sin embargo, la lluvia de un domingo no implicaba angustia ni malhumor. Leía, jugaba a las cartas, oía música.

En eso estaba –enmimismado en los recuerdos– cuando irrumpe mi mujer con unos mazos de barajas exhumados de un baúl lleno de cosas inservibles.

Mientras la lluvia seguía cayendo, sufrí dos derrotas consecutivas en sendos partidos de rummy-canasta, pero lejos de aumentar mi malhumor, tuve la satisfacción de comprobar que se puede vivir sin tele. Y que es mucho más enriquecedor, más vital, aun un juego medio pelotudo como el rummy que la pasividad con que uno recibe los enlatados que irradia la pantalla mágica de la caja boba.

Por supuesto que me vengué en el truco posterior, y le hice morder el polvo de la derrota a mi cónyuge, que tuvo la imprudencia de echar la falta con 25…

Así que ya le digo, amigo lector: no se me achique. Cómprese una botella de grappa, póngale ruda (fresca, nomás) y dele de punta mientras se juega unos trucos o una conga. Va a ver cómo puede pasarla bien aunque el salario real ande por el suelo. *

 

*Periodista

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje