Un día de furia
Está escrito en clave de humor. Y aunque no es fácil aludir a algo drmático con humor ha habido una tragedia terrible hace cuarenta y ocho horas he decidido dejar esto así, casi textual, porque espero, tal vez con excesivo optimismo, que se transforme en un espejo adonde se refleje nuestra imagen: la mía, la suya, lector, y la de todos los demás. Quizás esa imagen sea tan espantosa que nos haga despertar:
Hora 8.30. El hombre sale de su casa en una unidad de combate color rojo. Va por Lezica y, al tomar Garzón hacia el centro, una patota de hombres vestidos de gris, escondida detrás de peatones cómplices, le sale al cruce, silbato en ristre. ¡Una trampa vil! Pero logra escapar, aunque golpea el cordón de la vereda, aprovechando la confusión que provoca un dinosaurio mecánico doblando a contramano. Allá queda la patota, garabateando matrículas en una libreta.
Hora 8.39. La unidad de combate color rojo, todavía por Garzón, queda detrás de una gigantesca cosa de color indefinido, forjada en hierro y madera, que lanza un denso humo negruzco. Desesperado, el hombre hace una brusca maniobra hacia la derecha para escapar del ataque químico, mientras elogia la elasticidad de los esfínteres del conductor enemigo. Entonces escucha el bramido alucinatorio de una bocina y la voz argentina de alguien, a bordo de un jeep del 45, con ruedas patonas, que lo envía al seno de su santa progenitora. Frena, pone una primera rabiosa y, evitando el cuerpo a cuerpo en inferioridad de condiciones, logra escapar por segunda vez, mientras una tasa trasera sale rumbo al cantero central.
Hora 8.44. Ahora por Millán, la unidad de combate color rojo zigzaguea pisando la raya amarilla, huyendo de un mastodonte blanco y celeste cargado de carnes de cañón y guiado por un individuo de cuadrada fisonomía y ojos enrojecidos, en tanto sortea una ambulancia que viene sin sirena. El hirsuto conductor alcanza a enviarle efusivos saludos a la hermana del hombre, cuestionando su virginidad con escasa elegancia.
Hora 8.51. La unidad de combate color rojo, con los neumáticos recalentados y un par de rasguños en el costado derecho, sigue por Millán y se encuentra, a la salida de un semáforo, con un enorme bote azul metálico, montado en cuatro ruedas, guiado es un decir por una dama de edad avanzada y convertido en trampa mortal; se ha detenido justo al lado de un convoy de provisiones, estacionado en zona prohibida. Rodeado de otros bólidos que rugen y pretenden ventajearlo, el hombre zafa del borbollón subiendo con dos ruedas al canterito del medio, mientras añade su voz al coro que despide a la dama haciéndole sugerencias de índole gastrointestinal un poco extravagantes.
Hora 8.58. La unidad de combate color rojo ha cruzado, rebajando de quinta a cuarta, la zona del Palacio Legislativo con el hombre exhibiendo todas sus pilosidades erectas y entra a Magallanes deshaciendo otra tasa contra el cordón. Unas cuadras más allá, un huracán chirriante de color verde pretende cerrarle el paso y ambos terminan rozando a un correo del frente de guerra que viajaba en una motocicleta no debidamente pertrechada: su conductor queda emitiendo sonidos irreproducibles. La unidad de combate color rojo prosigue a 80, pegadito al huracán verde, ambos con las ventanillas bajas.
Desde sus interiores se levantan puños amenazantes y se abren bocas babeantes de ira. Al llegar a La Paz, el hombre logra frenar todavía le queda un resto de visión periferal y reflejos pero el otro sigue. Un tornado violeta oscuro que venía por La Paz lo parte al medio y desplaza los pedazos sin piedad.
El hombre, al reiniciar la marcha, mira por el retrovisor y sonríe como Jack Nicholson en «El resplandor».
Hora 9.04. La unidad de combate color rojo ha seguido su ruta. En el camino, el hombre ha sacado su transpirada y enrojecida cabeza para aludir con cierta vulgaridad a las nalgas de una joven que pasaba por Magallanes y, luego de doblar por Canelones, para destacar el vacío cerebral de un señor rengo que cruzaba la calle por la estúpida razón de que vio la luz verde a su frente.
Hora 9.05. Al llegar a Carnelli, la unidad de combate color rojo queda trancada por un mastodonte cargado de bebidas refrescantes para las trincheras, estacionado en doble fila. El hombre intercambia consignas bélicas y desciende. Hay una pelea cuerpo a cuerpo. Rápidamente, algunos pacifistas de los alrededores logran disolverla: el hombre ya intentaba agarrar un trozo de baldosa de la vereda. La despedida incluye conmovedores recuerdos de sus respectivas madres, esposas y hermanas. El hombre vuelve a subir a su unidad de combate color rojo sin soltar la baldosa.
Hora 9.11. El hombre llega a destino en su unidad de combate color rojo: despeinado, con la camisa empapada de adrenalina, los pelos de la cabeza bailándole música de Wagner y mostrando los dientes como una hiena. Cuando baja, recién entonces, se pregunta por qué está tan apurado y furioso.
Todo parecido con la realidad es pura coincidencia.
(*) Periodista
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