HOY JUCECA

Llanto de plátano por pelusa en el recuerdo

Con el viento me entró una pelusa en un ojo. Yo iba caminando en forma primaveral. Aclaro que yo tengo formas de caminar de acuerdo a la estación. En invierno le camino achuchado, acoquinado, asomado apenas por el borde de la bufanda amarilla que me cubre la parte inferior de la cara. En verano le camino lento, sosegado, con frecuentes paradas al cruzar las plazas, como para dar la sensación de estatua que sugiere mi piel bronceada. En otoño tengo un andar deshojado. Esto es más difícil de explicar. Camino como cayendo para ir a integrarme a las otras hojas, las que ya fueron descartadas por el árbol que sueña con tener sus hojas nuevas. Y le llegaron ahora, en la primavera. Mi modo de caminar primaveral es distinto a todos. Es algo zafado, con un toque de audacia y una pizca de sensualidad. Me convierto en flor y en pájaro, en poema y viento, en cometa con bigotes, y ando. Eso es lo que yo siento, es como yo creo que camino, pero no siempre se me ve así.

La prueba está que le pregunté a una señora cómo me veía caminar y la señora apenas me miró y me dijo: «Ah, señor, usted todavía tiene que aprender a caminar por la vida». Quise aclararle que no era por la vida que yo le preguntaba, sino cómo me veía caminar por la vereda, pero ella apretó la cartera contra su pecho como temiendo un posible arrebato, y vaya a saber qué extraña interpretación hizo de mi pregunta, que con una voz media ronca y amenazante me dijo. «Salga de acá, degenerado». De cualquier manera insisto en que yo tengo una manera de caminar que, hoy por hoy, a esta altura del almanaque, es primaveral. El atuendo no viene al caso, ya que nuestro clima es cambiante y lo que es a mí no me agarra nunca desprevenido. Salgo con una musculosa y un pantaloncito corto, tipo bermuda, pero también llevo calzoncillo largo por si refresca, y camisola por si se viene el veranillo, y gorro de lana para el agua-nieve, sin olvidar el gorro con visera por si me toma el sol de frente. Para la natural protección de los pies, llevo ojotas, (calzado confeccionado por los indios peruanos con fibras vegetales. No confundir con el mocasín de origen indio pero norteamericano), y llevo además sandalias y botas de cuero para el barro. El hecho es que iba yo con ese andar, cuando una ráfaga de viento, traicionero, sacudió el ramaje ya verde de los plátanos bajo cuya aparente protección yo transitaba, e hizo desprender gran cantidad de pelusa flotante. Hay una pelusa media gruesa que cae al suelo rápidamente y se amontona, pero está la otra, la finita. En este caso particular que a mí me atañe, fue como un torbellino de pelusas diminutas. Muchas de ellas, decenas o miles, nunca lo sabré, se introdujeron por mis fosas nasales como si yo las hubiese convocado en asamblea. Fueron multitudes. En forma casi instantánea, se formalizó en mi organismo, sector otorrinolaringólogo, un sistema de estornudos, cuya reiteración hubiese sido sumamente aburrida de haber sido yo un simple espectador y oyente. En forma simultánea, penetró en mis ojos, ya envilecidos por los estornudos, una bandada de pelusas de plátano que al principio me cegaron, pero que, rápidamente, pusieron en funcionamiento mis lacrimales, lo cual me produjo un torrentoso derrame de silencioso llanto. Así, de golpe y porrazo, me encontré llorando por la calle.

No me avergüenza llorar, pero hacerlo a causa de esas estúpidas pelusitas, me pareció lamentable. Entonces me senté en el cordón de la vereda, y me puse a pensar en aquella hermosa mujer que tanto amé, en aquel amor que no pudo ser, en aquel amor inolvidable. Y lo lloré, lo lloré como nunca antes lo había llorado. De tanto en tanto me sonaba. *

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