La victoria del hijo pródigo

Pero el ataque de Al Qaeda lo obligó a volver los ojos hacia las turbulencias de Oriente Medio.

Huérfana en el océano hostil de la globalización, América Latina sintió un desencanto creciente por los Estados Unidos que, poco a poco, ha ido transformándose en hostilidad.

No fue sorpresa, entonces, cuando Luiz Inácio Lula da Silva del Partido de los Trabajadores (PT) recibió 38 millones de votos en las elecciones presidenciales del 6 de octubre en Brasil.

Se debe a la creencia popular de que nadie sino él podría liberar a Brasil de los cerrojos impuestos por el Fondo Monetario y por los inversores internacionales.

Después de haber ganado 46 por ciento del voto, no hay casi duda de que Lula, 56, vencerá en una segunda vuelta el 27 de octubre, contra el opaco candidato José Serra del partido de presidente Fernando Henrique Cardoso, el Partido de Social Democracia Brasileira (PSDB), que captó solo 23 por ciento.

Tampoco hay duda de que los vientos del buen gobierno soplarán en su contra, con una legislatura adversa, una oposición encabezada por el aún prestigioso Cardoso, una imagen externa dudosa, además de la abrumadora deuda pública –US$ 240,000 millones– y una desocupación de casi nueve por ciento, algo que los brasileños desconocían.

Lula ha tropezado en la vida con enemigos más temibles que ésos, sin embargo. Lo conocí en Princeton, en marzo de 1993, durante una conferencia sobre las nuevas izquierdas que organizó Jorge Castañeda, el actual canciller mexicano, que entonces era profesor visitante de aquella universidad.

Me impresionó como lo que era: un obrero metalúrgico de inteligencia vivaz, modales y lenguaje exuberantes, que no había aprendido bien la distancia que separa a un líder político de un estadista.

Aunque casi todas sus intervenciones en aquella reunión fueron previsibles y nada espectaculares, el último día impresionó a la audiencia de profesores y estudiantes al defender con argumentos sólidos la propiedad estatal de las industrias estratégicas y al postular la urgencia de una apertura democrática en Cuba. Su historia ha sido comparada muchas veces con la de un personaje de Dickens.

Nació en una aldea mísera de Pernambuco, en el extremo nordeste de Brasil, semanas antes de que su padre, Aristides da Silva, abandonara la casa en la que había otros seis hijos.

Lula habría de recordar siempre el heroísmo y la tenacidad de la madre, Euridice Ferreira de Mello, que arrastró a la familia entera –más un octavo niño engendrado por Aristides durante una visita fugaz– hacia el puerto de Santos, donde el padre tenía otro hogar también numeroso.

Los años primeros en esa ciudad fueron una pesadilla de humillaciones y malos tratos que sólo se mitigaron cuando Euridice –a las que todos conocieron como doña Lindu– se mudó con los hijos a un cuarto con cocina en Villa Carioca, cerca de San Pablo. Lula, que tenía 10 años y había sido condenado por el padre al analfabetismo perpetuo, fue por primera vez a la escuela. A los 12, se inscribió además en un curso de tornero mecánico y empezó a trabajar como aprendiz.

Ocho años después, cuando aún no había cumplido 20, era ya el más carismático de los dirigentes sindicales. Ninguna de las huelgas que se organizaron durante la férrea dictadura de Ernesto Geisel se hizo sin que Lula se pusiera al frente, luego de preguntar a los demás obreros si se animaban a seguirlo.

A partir de allí, ya nada lo detuvo. En 1989, recibió once millones de votos y alcanzó el segundo lugar en la lucha por la presidencia. En la vuelta siguiente recibió 31 millones y tal vez no hubiera ganado de ningún modo contra Fernando Collor de Mello, que tuvo 35 millones.

Pero en la campaña final fue una especie de San Sebastián al que atravesaron todas las flechas. Dos semanas antes de las elecciones, el rival sacó de la manga a una ex novia de Lula, con la cual éste había tenido una hija de cuya manutención –dijo la mujer– jamás se había ocupado.

La hija era verdadera, pero no el abandono. El ataque alevoso desgarró a Lula, que no supo cómo defenderse. Para colmo de males, TV Globo editó el último debate de los candidatos en un video compacto que subrayaba las vacilaciones y los traspiés del obrero metalúrgico y exhibía el lado más populista de Collor de Mello.

Volvió a perder dos veces con Cardoso, pero cada una de esas experiencias de fracaso le fue enseñando cómo disipar la desconfianza de militares y empresarios.

El Lula de 2002 ya no es el «sapo barbudo e ignorante» del que se burlaba Brizola en 1989, sino un hombre de mundo, que exhala ingenio y sentido del humor. Todos saben que Lula reforzará los acuerdos regionales y tratará de negociar con Estados Unidos y el Fondo Monetario desde una posición más fuerte que la de ahora. Pero, qué piensa en verdad de Estados Unidos es un enigma.

La única vislumbre de sus opiniones reales asomó, tal vez, el día antes del debate televisado con los otros tres candidatos a la presidencia.

A eso de las 2.00 PM, llegó al comité de su partido, en Villa Mariana, San Pablo, y les dijo a sus asesores: «Soy el único idiota en el mundo que acepta exponerse a una discusión cuando va ganando por lejos en las encuestas». Alguien que estaba cerca comentó, con un tono de claro sarcasmo: «No eres el único, Lula. Tal vez George W. Bush habría hecho lo mismo». El candidato cruzó sus miradas con los periodistas que rondaban el lugar y contuvo la lengua. Detrás de la barba despuntó, sin embargo, una sonrisa de asentimiento. *

 

* Periodista y escritor argentino. Exclusivo para LA REPUBLICA.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje