Hoy Juceca

Complicaciones a propósito del abanico

Escribe: Julio Cesar Castro

 

Quien no haya leído mi nota anterior sobre los posibles orígenes del abanico, puede tener algunas dificultades al leer esta continuación. Aquellos que, por el contrario, sí la han leído, encontrarán aquí la continuación de las dificultades que al respecto he planteado en la primera. Es decir que en ese sentido no hay variantes ni ventajas. Aquel que diga que no comprende esta porque le falta la otra, es tan duro de entendederas como aquel que, habiendo leído la otra, me viene ahora con que no comprende ésta. En ambos casos puede tratarse de pereza mental, indiferencia, desinterés por el tema, falta de vocación, carencia de curiosidad. Pudiera ser también, no lo descarto, una extraña muestra de inteligencia que se expresa por el interés en atender temas de mayor importancia. Que los hay. No he de ser yo quien niegue que a todo tema de interés, se lo puede enfrentar, oponer, o cotejar, con otro de igual o mayor interés. Aceptemos, de paso, que ningún tema es interesante por sí mismo.

Hemos aceptado tanta cosa, que no veo qué inconveniente hay en aceptar la que termino de proponer. O, si alguien lo prefiere, si le parece arbitrario aceptar sin más ni más esa inocente premisa, desechémosla sin más trámite, porque lo que frena la rueda de la historia, tanto universal de todos, como personal de uno, son los trámites. Siempre son engorrosos. ¿Y qué es un engorro, si no una molestia, una piedra en el zapato, un entorpecimiento de la marcha o el funcionamiento de aquello que debiera transcurrir, o discurrir, con natural agilidad y desenfado? La pregunta, aunque un tanto extensa, tiene rápida y breve respuesta: Eso.

Despejado el camino, desbrozado el terreno, tomemos de una buena vez las hojas por el rábano. Se me dirá, porque nunca falta alguien dispuesto a perder el tiempo que es oro, que lo correcto es tomar el rábano por las hojas, y no las hojas por el rábano. Me cuesta resistir la tentación de preguntar por qué por las hojas, y no por el rábano. ¿A qué viene ahora ese preciosismo, esa sumisión a una frase antojadizamente referida a determinada manera de tomar una legumbre, sea por el extremo que sea, que no le agrega ni le quita razón y validez a ningún argumento? Alguien, alguna vez, dijo que interpretar o ejecutar al revés alguna cosa, era «tomar el rábano por las hojas». Y bien. Ahora me pregunto: ¿Había alguna necesidad de introducir un rábano, con hojas o sin ellas, en una conversación que intentaba versar sobre los orígenes del abanico? ¡A santo de qué! La búsqueda de la veracidad, o del acierto, de tal afirmación, forma parte del mundo de los trámites al que supe referirme, con singular precisión, algunos párrafos más arriba, y que se pueden verificar sin mayor esfuerzo dado la brevedad del texto. Detenernos en menudencias de forma, es lo que entorpece el tránsito por un camino que debiera conducirnos, con racional velocidad y presteza, hacia el fondo del asunto, allí donde se pueden calibrar los valores esenciales. Soy el primero en considerar la importancia de la forma, siempre y cuando la polémica que ella origine, no enturbie la clara apreciación que requiere el contenido de la cuestión. Acepto, en aras de la necesaria convivencia, que el abanico puede esperar. Pero sin perder de vista que, a causa de postergaciones por el estilo, es que estamos como estamos. *

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