Brasil: lo que está en juego
Las elecciones no quedaron definidas en la primera vuelta y habrá que esperar hasta la segunda ronda del 27 de octubre para conocer los resultados definitivos. Esta pausa obligatoria puede ser muy negativa para la estabilidad económica y financiera de Brasil, ya bastante incierta por los efectos del contagio de la gravísima crisis argentina.
En efecto, Brasil es un país continente, con una población de más de 170 millones de seres humanos, tiene la octava economía del mundo, es líder del debilitado Mercosur y tiene un indudable peso en toda la región, que se encuentra en una fase muy peligrosa de desestabilización política, social, económica y financiera. Es esta seguramente la más grave crisis ocurrida en América Latina desde que, en los años ochenta, se verificaron las transiciones democráticas. Por ello, lo que suceda en Brasil tenderá a repercutir, en ondas de choque sucesivas hasta en Chile y México, que son los estados más estables de la región, así como en Canadá, Estados Unidos y la Unión Europa y en esta última sobre todo en Portugal y España (con grandes inversiones en Brasil).
Es de notar que Argentina, otrora un estado floreciente y respetado, se está disgregando, lo que afecta negativamente a las frágiles economías de Uruguay y Paraguay. Por su parte, los ímpetus populistas de Venezuela conjugados con la mala voluntad de Estados Unidos en relación al gobierno de Hugo Chávez, están afectando seriamente a la economía de ese país rico en petróleo y miembro importante de la OPEP. Para no hablar del desastre que parece irremediable de Colombia, sumida en una guerra interminable de características muy especiales, que incluye a los poderosos carteles de la droga y corroe los fundamentos de la soberanía del Estado. O de la crónica dependencia e inestabilidad de países como Ecuador, Perú y Bolivia. La globalización desprovista de reglas continúa imponiendo en el mundo verdaderas economías de «casino» y provocando estragos irreparables en los países subdesarrollados.
Brasil es un país de grandes contrastes y de hondas injusticias sociales, con 32 millones de habitantes postrados en una extrema miseria. Lula proviene de las capas más humildes de la sociedad brasileña. Fue obrero metalúrgico y activo sindicalista. Estuvo entre los fundadores de la hoy poderosa Central Unica de Trabajadores y del Partido de los Trabajadores (PT), que es de lejos el partido político brasileño mejor organizado. Fue así que se convirtió en una referencia social y política para el Brasil, tal como Lech Walesa para Polonia en los tiempos de Solidarnosc; y como éste fue respaldado por los movimientos sociales católicos, Lula lo es por el cardenal progresista de San Pablo, Paulo Evaristo Arns.
Esta es la cuarta tentativa de Lula para alcanzar la Presidencia de la República Federal de Brasil. Y a pesar de haber obtenido la envidiable marca de 46,44% de los sufragios frente al candidato José Serra, muy cercano al presidente Fernando Henrique Cardoso y competente ex ministro de Salud, que quedó en segundo lugar con 24,47% de los votos, no ha conseguido evitar la segunda ronda. Se trató, como dijo el propio Lula de la «mayor victoria electoral obtenida en América Latina por un partido de izquierda», pero no alcanzó para dirimir el pleito aunque continúe siendo el gran favorito en la contienda por la presidencia. En estas elecciones los grandes empresarios de San Pablo están por primera vez con Lula, dando una señal positiva a los otros empresarios brasileños y a los inversores extranjeros, lo que representa una opción inteligente. Saben que un país como Brasil sólo puede escapar a las imprevisibles consecuencias de explosiones sociales violentas, si avanza con políticas sociales reformistas serias orientadas a disminuir las chocantes desigualdades existentes y a oponerse a las ciegas políticas de ajuste que son la receta tradicional del FMI y del Banco Mundial, de tan funestos resultados en todas partes y especialmente en la vecina Argentina.
Lula, experimentado en tantos combates, con su equipo de gente competente, seria y comprometida políticamente con el mundo del trabajo, con el dinámico Movimiento de los Campesinos Sin Tierra (MST) y con las esperanzas suscitadas en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, parece ser la persona más indicada para encaminar la mudanza pacífica que necesita el Brasil, mostrando que es posible una sociedad diferente, más humana y mejor.
(*) Mario Soares, presidente de Portugal entre 1986 y 1996. Servicio especial de IPS, exclusivo para LA REPUBLICA.
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