Lo largaron cuando apenas le faltaban veinte años
Escribe: Julio Cesar Castro
Vencer la curiosidad, es cosa difícil. Yo debo reconocer, por ejemplo, que al pasar por una ventana que da a la vereda por la que transito distraídamente, si la veo abierta, jalbeo un poquito para adentro. Yo sé que está mal, que no debiera meter las narices, o las miradas, en la intimidad de la gente que hace su vida del otro lado de la ventana, en el sagrado interior de su vivienda. Pero hay algo más fuerte que yo, que me hace echar un vistazo, como al pasar, como al descuido como quien no quiere la cosa, sin buena ni mala intención, inocentemente.
Esa es la curiosidad que se impone. Es algo instintivo, y el instinto, ya se sabe, suele imponerse a la fría razón que pretende regularlo todo. Nunca he visto nada especial en esas furtivas miradas ventanales. Cuando mucho un televisor prendido, un cristalero, una señora sacudiendo ropa, un viejito sentado en un sillón de hamaca, un perro sobre un almohadón, y una sola vez, que yo recuerde, una mujer en paños menores que miraba un vestido como pensando en qué ponerse, y otra vez a un tipo en calzoncillos a rayas planchando un pantalón.
Estoy seguro que nunca he de ver nada extraordinario en esas bichaditas, pero la curiosidad me tuerce el cogote y sin detenerme, miro. Por pura curiosidad, en este caso con su dosis de morbo, miro hacia el choque de autos donde un accidentado recibe asistencia y apenas lo diviso entre piernas de médicos y mirones. No me paro del todo, pero aminoro el paso y miro. Sé que no puedo hacer nada, que no puedo ayudar, que tengo una cita urgente, pero me demoro en mirar hacia el lugar del drama. Por curiosidad nomás. Por curiosidad pregunto precios de artículos que no voy a comprar, que no me interesan, que olvidaré de inmediato.
Incluso se lo digo al vendedor: «Por curiosidad nomás, señor, cuánto vale esa veladora». El vendedor, que bien podría y debería mandarme al demonio, me dice el precio, y yo le doy las gracias por haber satisfecho mi curiosidad. Es triste y pesa, andar por la vida con una curiosidad insatisfecha. Pero hay personas con un temple superior, capaces de vencer esa instintiva curiosidad, y no preguntan, no averiguan. Observe usted este caso reciente. Un hombre está preso y le faltan veinte años para cumplir su condena. Sabe, está seguro, está escrito que por ley inapelable, sus próximos veinte años han de ser enrejados. Calabozo y patio, patio y calabozo, durante veinte años. Ese es su presente, y ese es su futuro. Se está comiendo una cana flor y flor. Sabe perfectamente que es culpable del delito que dio lugar a ese fallo. Salvo que logre fugarse, idea común y natural en la mente de todo preso, le quedan veinte y no hay tutía. Pero de pronto, sin nada que permitiera suponerlo, sin nada que lo justifique, le comunican que junte sus cosas, que está en libertad, que puede irse a su casa o a donde rayos se le antoje. Y el tipo, que sabe perfectamente que le faltan veinte años, que sabe que su abogado no podía hacer nada, el tipo para quien el pescado estaba todo vendido y le quedaban veinte años, de pronto es informado que está libre, que se vaya, que ya cumplió.
Ahí se ve el temple del tipo, el dominio sobre el instinto de curiosidad. No pregunta: «¿Por qué, qué pasó, quién me indultó si me faltan veinte años?». Punto en boca. Chito. Silencio y cara normal. Se va y listo. Es posible que a las pocas cuadras, caminando distraídamente por una vereda, al pasar por una ventana, no pueda con la curiosidad y mire hacia el interior, sabiendo que, en el mejor de los casos, verá a una mujer en paños menores, o a un tipo en calzoncillos a rayas que se plancha el pantalón. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad