Mañana es el gran día

Tiempo y paciencia que, sumados, y al menos en este caso, son sinónimos del sentido común. Ese fue el espíritu con que Tabaré Vázquez dijo el lunes lo que dijo. A buen entendedor pocas palabras debieran bastar: «La intendencia cumplirá el convenio con sus trabajadores en cuanto sea posible».

No estoy seguro que los muchachos de Adeom lo hayan entendido bien. Hay demasiada intransigencia en su discurso todavía, justo cuando han de reunirse en asamblea para decidir si van a la huelga o aceptan alguna de las fórmulas propuestas por las autoridades municipales. Me angustia la impresión de que puedan haberse quedado con la primera parte de la frase de Vázquez, sin atender al esencial  casi una exquisitez- complemento del predicado: «…en cuanto sea posible».

Mañana es el gran momento, el día de la decisión, la asamblea; la oportunidad quizás definitiva de asumir una conducta sensata y comprensiva. En fin, es cosa de ellos, de su libertad y de su responsabilidad.

Pero uno, como ciudadano respetable, y sobre todo como pagador puntual de toda factura que la intendencia le pone delante, tiene derecho a expresar en libertad su pensamiento crítico acerca de esta peripecia. Los municipales siguen, al menos hasta ahora, de espaldas a la realidad. Y la realidad, con frecuencia, es una horma rígida donde ciertas cosas caben y otras no. La intendencia, a la que se le han negado créditos públicos y a la que el gobierno central no ayuda demasiado, afronta una situación financiera compleja; necesita tiempo para resolver tamaña circunstancia y a nada bueno empuja que sus propios trabajadores la asfixien con una presión que indigna, por qué no decirlo, y que va mucho más allá del derecho a mejores remuneraciones.

¿Acaso no han advertido que su patrón es el Estado? ¿Y el Estado qué es, una entelequia, una cosa ajena, una propiedad de algunos de esos capitales golondrina que sobrevuelan los países pobres? Bueno, acerca de esto a veces tengo dudas… Pero no, caramba, el Estado somos todos nosotros, los que pagamos los impuestos. Una población sometida a las mismas dificultades que sus servidores municipales, que padece la misma crisis y que ya no tiene capacidad de ampliar su respuesta económica.

En otras palabras, la intendencia somos nosotros. A una y a otros nos angustia la falta de circulante y de préstamos salvadores, al punto que yo sospecho que el bueno de Mariano anda pensando en espolvorear con ocre rojo el palacio de 18 y Ejido. Es un hombre culto, que ha leído mucho y respeta las tradiciones: ha de saber entonces que durante el desarrollo inicial del pensamiento mágico, en las sabias sociedades que la petulancia del hombre moderno llamó primitivas, se desparramaba ese elemento encima de los cadáveres, como sustitutivo ritual de la sangre, para asegurar la vida después de la muerte.

No hay plata. Esa es la verdad. Obligar a Arana a pagar ya sería como pedirle que se transformase en Asur, el dios mesopotámico que acostumbraba fijar hoy la buena suerte de los 12 meses siguientes y nunca le erraba.

Por ventura, muchachos, y dejando de lado las apelaciones al humor, de todos modos compasivas, ¿creen que poniéndose de espaldas a la gente habrán de ser bendecidos por la comprensión popular? ¿No les preocupa la situación de tantos que podría verse agravada si la intendencia afloja ante vuestra presión y busca el dinero que falta en los bolsillos de los contribuyentes, esos pobres seres desamparados e igualmente sometidos al desempleo y a la carestía? ¿No les importa la imagen que de ustedes se está formando la sociedad? Ya es bastante fuerte que hayan ido en manifestación a interrumpir la reunión de la Mesa Política del Frente Amplio, obligando a Vázquez a salir a la calle y hablarles de un tema que debería ser de exclusivo debate con el intendente y sus principales colaboradores. ¿No advirtieron el compromiso político en el que lo embretaban en público? Menos mal que a Vázquez sí le sobró inteligencia y habilidad para, con brevedad y concisión, expresar lo único que sensatamente podía decir.

Insisto, lector: no es una cuestión de derechos. ¿Quién les negaría el derecho a recibir lo que ha sido comprometido en un documento que debe honrarse? Pero pasa con esto algo parecido a lo que ocurre con algunas reglas. Las reglas son marcos que siempre responden a la realidad. Yo quiero cruzar la calle, nadie puede negarme ese derecho; pero si no espero a que la luz verde me habilite seré un irresponsable que causará un accidente o perpetraré suicidio culposo.

Mañana llegará para ustedes, muchachos, el gran día. Y llegará para el resto de la sociedad montevideana la posibilidad de recibir de unos trabajadores respetables, cuya necesidad a mejorar sus sueldos nadie discute, un mensaje de sentido común y benevolencia. La opción parece clara: la huelga o seguir negociando, con la seguridad  la ha dado Vázquez, no yo, y debería bastarles  de que el ya tan vapuleado convenio será cumplido… en cuanto sea posible.

¿Por qué no hacen como los patos? Un pato, el municipal, se encuentra con otro, Arana. Y beben. Los patos no lo hacen por casualidad. Beber juntos tiene el significado de una señal de paz y comprensión y convoca a una ceremonia de integración socialmente constructiva. *

 

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