Temor y tensión

Tenemos a Jorge Batlle hablando en la China

 

Cuando yo era chico, como todavía no se había descubierto la ley de gravedad, nos llamaba la atención que los chinos, estando allá abajo, no se cayeran de cabeza al vacío. Hoy lo que me preocupa es que nuestro Presidente se sienta así, con la cabeza en el vacío y con el Uruguay a sus plantas.

Es preocupante, también, que se tenga que manejar con un idioma tan extraño a los que habitualmente él maneja, por ejemplo ese inglés estilo Bush que tan buen resultado le ha dado. Pero lo que más me preocupa, es que esté en un país comunista.

Yo sé de la solidez del pensamiento del Presidente, pero no se puede ignorar la capacidad que tienen los comunistas para lavarle el cerebro al más pintado. Y si son chinos, mejor que mejor, quiero decir, peor que peor. Porque los rusos eran lavadores de cerebros, pero medio chambones, medio enchastrunes para el lavado. Usaban un champukevsky cortado con vodka, pero lavaban a medias. Es más: hubo mucha gente que salió muy mejorada después del lavado.

Por otra parte, debemos aceptar que nuestro Presidente, aunque también puede hacer gala de una respetable dinastía, la de los Batlle, no se puede comparar con la de los chinos que arrancaron allá por el siglo XXIII antes de Cristo, con los Yia, o con Yu, fundador del Imperio chino. Y después vinieron los Cheu, dinastía que vio nacer a Confucio y que fue derrotada por una revolución en 225 antes de Cristo, y luego la de los Chin, de cuyo nombre se derivó, sin mayores esfuerzos, el actual nombre China, y el de la comparsa de negros y lubolos «Los Chin Chin». Ya que estaba, el tal Chin hizo construir La Gran Muralla que ahí sigue estando, sin darse por enterada de la caída de otros muros, muretes y murallones.

Ya en nuestra era, no la nuestra personal sino la cristiana, se destacó la dinastía de los Tsin, que abolió el feudalismo, aunque a los señores feudales la noticia demoró en llegarles. Revoluciones, invasiones, anexiones, divisiones, guerras con Japón y medio mundo, revueltas intestinas con retortijones, idas y venidas hasta que vino Mao, La Larga Marcha, y desde 1949, los comunistas en el poder pudiendo.

Uno espera, desea fervientemente, que nuestro Presidente haya ido bien informado sobre todo esto, que se tome tiempo para contestar las preguntas de los periodistas (un par de días para cada una), que opine poco, y por favor, que antes de hacerse el gracioso consulte con los traductores y con el Ministerio del Chiste y el Cuento Chino. Porque una cosa es meter la patita con Duhalde, que su abuelo era uruguayo de Durazno (o sea que además de hermano, es nieto), y otra cosa es meter la pata con un chino allá, del otro lado del globo.

Si uno va a la China, se le escapa un disparate, y se da cuenta luego de volver a casa, uno no puede salir al otro día rumbo a Pekín a disculparse y decirles que aquí los queremos tanto que cada gaucho tiene una china, cosas así, como para que los chinos no se enojen. No hay que olvidarse que son mil trescientos millones de chinos. (1.300:000.000), y nosotros apenas tres millones de uruguayos (3:000.000). Está bien que somos guapos y podemos atacar contando con el factor sorpresa, pero con todo, la veo brava.

Esperemos que haya llevado todo grabado, que mida sus palabras, que no critique la Muralla, ni a los dragones, ni a los gusanos de seda, ni a los perros pekineses, ni las bicicletas. ¡Son mil trescientos millones! ¡Y como si fuera poco, comunistas! ¡Ay, Dios mío, si habrá que tener cuidado con lo que se habla! ¿A quién se le ocurrió dejarlo ir? ¿Quién le aconsejó que fuera? ¿Luis Hierro?

 

(*) Humorista

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