"Los jubilados no lloramos, luchamos"
Ayer por la tarde no marcharon rebeldes adolescentes liceales, tampoco intelectuales universitarios, ni cooperativistas de viviendas, ni afiliados al PIT-CNT. Lo último que uno pudiera pensarse es que centenares de ancianos salieran a la calle portando banderas, golpeando platos y cacerolas, profiriendo cánticos y «protestando» para tener una vida más digna.
Hasta los propios jubilados, personas de setenta, ochenta y noventa años, con visible deterioro físico, achacosos y hasta ancianos ciegos, se rebelaron a quienes detentan el poder, y fueron a reclamarle al ministro Atchugarry un aumento de $ 500 pesos para poder sobrevivir.
La manifestación callejera que dio inicio en la explanada del Banco de Previsión Social (BPS) a partir de una concentración de cientos de ancianos, tuvo una mezcla de algarabía y orgullo por parte de los jubilados, con demostraciones de desesperación y angustia. Las imágenes tenían una cierta similitud con la ola de protestas sociales que inundan el continente: decenas de personas golpeando platos y ollas frente a la sede del BPS, numerosas pancartas, banderas uruguayas y un reclamo común.
«Â¡Los viejos todavía servimos!», gritaban varios dignos ancianos, haciendo referencia a que muchos de ellos hoy son el único sostén económico que tienen sus familias. Indignados exclamaban que actualmente sus hijos no tienen trabajo y sus nietos se van del país, ante lo cual afirmaron que se hacía más imperioso obtener ese aumento en la pasividad a fin de apuntalar el hogar.
Carteles con la inscripción: «Señor ministro los jubilados no lloramos, luchamos», se contrastó con la descarga emotiva y de bronca que algunas ancianas tuvieron cuando se echaron a llorar frente a la sede del Ministerio de Economía. Frente a las cámaras de televisión, una de las mujeres, a lágrima viva, mostraba su recibo de jubilación. La pasividad es de $ 2.000. «¿Qué hago para vivir con este dinero?», «Yo los voté, ahora quiero una solución, porque nos morimos de hambre», gritaba conmocionada.
¡Cobarde, cobarde!
Minutos antes de producirse el bullicio frente a la secretaría de Estado, centenares de pasivos que caminaban lentamente, cubrieron más de dos cuadras de la avenida 18 de Julio. Repartieron volantes, aplaudían y saludaban a quienes los ovacionaban desde edificios, automóviles u ómnibus. A pesar de la distancia existente entre el BPS y el Ministerio de Economía, ancianos nonagenarios pudieron llegar a destino apoyados en bastones.
Pero una vez que arribó la columna humana, lo que fue alegría se transformó en indignación. Las puertas del ministerio estaban cerradas y al frente de ellas, se instaló un dispositivo policial. Gritos de «Â¡nos tienen miedo!» o «Â¡cobarde, se esconde igual que los Peirano!», en alusión al ministro Atchugarry, fueron una constante en los enardecidos manifestantes.
El dirigente de los jubilados Rodríguez Valletti afirmó que se movilizaban al igual que cuando tenían 20 años, y enfatizó que sacaron la palabra pasivo de «nuestro» diccionario porque «acá somos todos activos luchadores». Enfatizó que hace un mes le solicitaron una entrevista al ministro de Economía, pero que todavía no los recibió. Una delegación ingresó al edificio y después de media hora de espera, la respuesta fue que el ministro no los recibiría bajo esas condiciones, y que la próxima semana fijaría una fecha para el encuentro.
Otro hecho denunciado por los jubilados es que «muchos viejos que fueron tirados como chatarras a las residencias de ancianos, hoy sus hijos los llevan para sus casas porque es el único ingreso que tiene la familia».
Tres historias
Irma Mateo de 70 años, igual que su esposo, percibe una pensión de poco más de $ 2.000. Reconoció que no puede pagar servicios esenciales como la luz y el agua, y puede vivir gracias a que a veces le sale una changa de limpieza o recibe en ocasiones de sus hijos. Luis Alberto Coito afirmó que actualmente la situación está tan mal, que para revertir esta situación existen sólo dos salidas: o manifestarse pacíficamente o «agarrar las que te dije» (en clara referencia a las armas). Su dificultad diaria es poder cocinar, y muchas veces lo logra por la ayuda de su hija.
Jorge Rosado tiene 89 años, y con su jubilación se ve en la obligación de ayudar a vivir al resto de su familia. Anunció que continuarán las movilizaciones si no se tienen en cuenta sus reclamos. *
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