Todos no; que se vayan algunos
A hora bien, dicho esto, bueno es aclarar que el fenómeno no es nuevo. El desprestigio de la función política y de los hombres y mujeres encargados de ejercerla es de luenga data.
Recuerdo que allá por los años sesenta, una tira cómica del maestro Quino revelaba de manera muy precisa ese sentimiento politicofóbico que ya había encarnado en la sociedad. La maestra pide a Manolito que diga una palabra con pe, y Mafalda piensa: «va a decir esa mala palabra»; Manolito, muy correcto, dice «política», y en el último cuadro, Mafalda, abrumada, dice «Â¡y la dijo, nomás!». Creo que la historieta referida es ilustrativa del descrédito a que había llegado una noble función.
Pero ¿por qué la sociedad tenía esa percepción? Bueno, en realidad, motivos no faltaban.
En primer lugar, estaban las tarjetas de recomendación («ruego atienda al correligionario Fulano»), de gran utilidad para conseguir un empleo público o para agilizar todo tipo de trámite, e imprescindible para gestionar la jubilación y no morir en el intento.
Ese nepotismo o amiguismo práctica que se mantiene hasta ahora no es sin embargo lo peor. No olvidemos algunos groseros privilegios que resultaban particularmente irritantes. Me refiero al famoso artículo 383 o de los «autos baratos», es decir la franquicia que permitía a los legisladores importar, sin pagar derecho ni tributo alguno, automóviles que luego vendían al precio del mercado. Eran épocas de «colachatas» (aquellos botes americanos de los cincuenta y sesenta, ostentosamente desmesurados y propios de nuevos ricos) en los que se desplazaban los representantes del pueblo.
Estaba también el tratamiento jubilatorio especial por el cual quienquiera hubiese ocupado una banca aunque más no fuera como suplente y no importa por cuánto tiempo tenía derecho automático a una suculenta jubilación vitalicia. Estos dos escándalos fueron derogados, pero actualmente los ciudadanos que ejercieron la presidencia gozan de jubilaciones sin los odiosos topes que se imponen al resto de los cristianos.
Si a ello le sumamos favoritismos, acomodos, negociados y otros actos de corrupción, nada cuesta explicar la pésima imagen de los políticos. Todos estos hechos generaban, por supuesto, indignación. Pero al mismo tiempo, alguna gente se mostraba indulgente y toleraba más o menos la situación, actitud que se manifestaba en frases tales como «y está bien… uno haría como ellos; hay que vivir y dejar vivir» y otras indecencias por el estilo que era común oír.
Con este panorama, no debe sorprender cuán hondo caló en la sociedad a partir de fines de los sesenta el discurso fascistoide que responsabilizaba a todos los políticos de los males del país y que fertilizó el campo para que mucha gente aceptara la solución autoritaria.
A fines de 1972 ya con el estado de guerra interna y la Ley de Seguridad del Estado aprobadas el doctor Jorge Batlle, actual presidente de la República, había sido detenido en forma arbitraria para ser sometido a la justicia militar. Algunos muros montevideanos lucían pintadas con estos mensajes firmados por un Movimiento de Restauración Nacional que además de combatir a la sedición marxista se proponía moralizar el país: «J. Batlle al submarino» y «A la cárcel con el infidente», en alusión a una maniobra cambiaria no suficientemente aclarada en la que habría estado involucrado el líder quincista.
Sin embargo, conviene desconfiar de los propósitos de «saneamiento» del sistema político, pues como quedó demostrado después lo más probable es que bajo ese pretexto que para algunos puede resultar loable, se termine por pisotear las instituciones y por instalar un gobierno que, además de corrupto, sea despótico.
Creo, por tanto, que es preciso defender la política y a los políticos de los ataques malintencionados e indiscriminados. Ni todos son lo mismo ni todos son corruptos; por suerte hay unos cuantos para rescatar. Pero por favor, que los propios políticos nos ayuden en la tarea, porque de ellos y de sus actitudes depende que el pueblo vuelva a confiar en sus representantes.
Advierte Sábato en uno de sus escritos: «Las palabras empiezan escribiéndose con mayúscula, luego descienden a la minúscula, para terminar entre sarcásticas comillas».
Que no vuelva a ocurrir la degradación de Democracia en democracia y luego en «democracia»… *
*Periodista
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