La confianza mata
Antes de asumir, el presidente Batlle prometió que se aplicaría la ley que establece la modificación anual de los topes jubilatorios para el llamado régimen intermedio, hasta llegar a los quince salarios mínimos que consagró la ley. Pero no ha pasado nada y los topes siguen tan atascados que si llueve un poco más les brotarán ramas.
También antes de asumir, el presidente Batlle prometió que no habría nuevos impuestos porque los contribuyentes ya no soportaban más. Pero no ha hecho otra cosa que parodiar a don Atahualpa Yupanki: «un tributo aquí, otro más allá y un tributo largo que baja y se pierde…».
Finalmente, y ya instalado en su cargo, el presidente Batlle y su anterior ministro de Economía dijeron, categóricamente y en más de una ocasión, que hasta fin de 2002 no habría modificaciones en la política cambiaria. Pero poco después se desplomó una para casi todos inesperada y brutal devaluación, que ha dejado un tendal de damnificados y ha sumido al país productivo en una apoplejía.
Como yapa, y en otro infortunado momento de su peripecia verbal, el presidente fue consultado acerca del eventual cambio del equipo económico, aún encabezado por Bensión, y dijo: «Mire, amigo, nunca cambie de caballo en medio de la corriente», o algo así. Y a los pocos días Bensión y otros pingos regresaban a cuarteles de invierno; no se cambió un caballo, sino la tropilla entera.
Ojalá todo hubiese sido simplemente paradójico. Ojalá pudiese hoy aplicarse al presidente aquella paradoja por antonomasia contenida en «El mentiroso», de Eubúlides Milesio, discípulo de Euclides: «Según Epiménides, todos los cretenses mienten. Epiménides es cretense. Por lo tanto, Epiménides dice la verdad».
Pero, qué macana, aquellos dichos desmentidos por los consiguientes hechos no han tenido nada que ver con la paradoja.
Quien le haya creído a Batlle es decir, quien haya puesto fe en ese discurso hoy debe estar, por decirlo del modo más compasivo que se me ocurre, arrancándose los bulbos pilosos a montones y advirtiendo, de una manera traumática, que la confianza mata. Estoy pensando especialmente en aquellos con deudas en dólares.
Aquí estamos, como tantas veces ocurre en la vida, ante dos formas posibles de ver una misma cosa.
Si uno se queda en el enfoque legal, de derecho, o como quiera llamársele, los reclamos de toda esa gente desesperada pueden quedar sin satisfacción y no se habrá violado norma alguna; tales deudas corresponden a contratos privados y bastará que el gobierno se haga el distraído, que poco le cuesta, para que se sucedan las ejecuciones y las tragedias.
Pero hay otro enfoque. Es el moral. Si un gobierno no presta atención a la moralidad de su conducta o sea, si de algún modo no construye una ética para el ejercicio del poder algo muy importante estará fallando en una sociedad que pretende ser democrática. Dicho en castellano convencional: si un gobierno no cumple sus promesas, ni se hace cargo de sus dichos, ni hace honor a sus compromisos ¿cuál sería entonces su verdadera legitimidad? Si ahora, en otras circunstancias, tanto el Presidente como el nuevo ministro de Economía hicieran determinados anuncios o asumieran determinadas responsabilidades ¿quién podría sentirse tan ajeno, tan intocado, tan libre de daños como para no someterlo todo a la más enérgica de las dudas?
Es desde este enfoque, o sea desde este preciso punto de vista, que a quienes están reclamando cada vez más estentórea y radicalmente por una salida a su dramática peripecia les asiste razón y derecho: fueron inducidos por las palabras de un presidente y de un ministro a confiar. ¿Acaso hay que recordar aquella ya famosa sentencia de palabra más, palabra menos «endéudese en dólares tranquilo, que acá hay estabilidad»? No fue una decisión libre, no fue un riesgo asumido como estricta decisión personal, sino que la información más calificada disponible empujó a mucha gente a actuar de determinada manera. Por eso hay ahora tantas personas endeudadas en dólares y desesperadas. Y por eso toda amnesia a la que el gobierno apele en este asunto es inmoral.
Un librepensador británico confesó una vez que de chico creía, con una especie de extremado optimismo victoriano, que cualquiera que usara sombrero de copa, se bañara todos los días y fuera a la iglesia los domingos algo así como la representación gruesa de un gobernante típico sería incapaz de un acto indebido o despreciable. Pronto comprobó cuán equivocado estaba.
Si uno no puede confiar en quienes gobiernan, si no es posible creerles, si a uno la falta de certeza lo atraviesa y angustia ¿qué futuro podremos construir juntos, gobernantes y gobernados? Hallar una respuesta justa a los reclamos de estos deudores, o cuanto menos una alternativa sensata, sería apenas un indicio de que se quiere retornar al camino correcto. Es decir, el camino del respeto por los compromisos que emanan de la propia palabra. Y el camino del reconocimiento del error.
Habrá que ver.
A los perjudicados se les ha acabado la paciencia y la tolerancia. Joseph Joubert dejó escrito: «Cuando mis amigos son tuertos, los miro de perfil». Qué tierna benevolencia, qué compasión tan sublime.
Vaya pena, Joubert, ni Batlle ni Atchugarry son mis amigos. *
* Periodista
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