Tiene la palabra
De Mercedes Menafra de Batlle
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* El artículo titulado «Compromisos de las Primeras Damas» publicado el sábado 5 de octubre del corriente de su diario padeció un error al decir que nuestro país no estuvo representado por la suscrita, haciendo mención a otra persona.
Cabe precisar que la persona aludida como mi representante, Lisbeth Venetiaan Vanemburg, no es otra que la distinguida señora del Presidente de la República de Suriname, asistiendo en sus funciones de Primera Dama.
Me es grato poder informarle que tuve el honor de representar al Uruguay en la XI Conferencia de Esposas de Jefes de Estado y de gobierno de las Américas, donde se trataron temas de gran importancia referentes a la niñez, su entorno, su educación, su salud, teniendo nuestro país un espacio de exposición y comentarios.
Por tanto nuestra participación y representación no sólo fue en el marco protocolar, sino también académico, siendo el paseo turístico realizado el día viernes por la ciudad de México la única actividad que no pude aceptar, dado que debía concurrir a la apertura de la Exposición Internacional Port Fest en Miami, donde Uruguay participó con 45 artesanos de HechoAcá y obtuvo el primer premio al mejor stand compitiendo con seis países como Francia, Nigeria, Barbados, Estados Unidos de Norteamérica y Thailandia.
Agradeciendo esta publicación, le saluda atentamente
MERCEDES MENAFRA DE BATLLE
Respuesta a un mentiroso
Señor director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Le agradezco, en primer lugar, tenga a bien indicarme si la nota, aparecida en la sección lectores pertenece, en realidad, a quien firma Milton Rossi y con un número de carné de identidad. Si no tuviera usted certeza de ello, ni conoce su dirección, le agradezco la publicación de las siguientes líneas.
El señor Milton Rossi empieza por hablar de clase política. Desconoce el más elemental concepto de clase, actitud de moda en los sectores del privilegio. Sé por qué lo hace. Mete a todos en la misma bolsa. Lo mismo que quieren hacer los explotadores, porque así –si todos son iguales– impiden el avance de los sectores progresistas.
Luego se dedica a insultar a diestra y siniestra. Allá él si no cree en la razón y confía –como los fascistas de ayer– en la agresión y el agravio. Sabe, además, que puede contar con quien le publique los insultos y mentiras. Lo que está bien. Porque así empezamos a conocer, en cada lugar, quién es quién, aun entre los que no figuran siquiera en la lista de los que la dictadura prohibió votar en 1980.
Se refiere, luego, a una charla que, a pedido de los compañeros, pronunciamos en la Casa del Pueblo de Maldonado. El tema no era algo abstracto, o ajeno a la realidad. Se trataba de explicar por qué falta trabajo. El señor que dice llamarse Milton Rossi informa que fue el viernes 23. No fue esa fecha. Pero, por su estilo, se comprueba que la exactitud (como la verdad) no es una de las exigencias de su alma. ¿Por qué resolvimos (con los compañeros) hablar sobre la falta de trabajo? Porque lo primero, para encontrar soluciones, es saber en qué consiste la revolución científico-tecnológica que conduce, hoy, hacia el fin del trabajo. Cuando explicamos cómo se produjo el nacimiento del capitalismo y el proceso de la acumulación industrial lo hicimos porque el ejemplo de todas las luchas de los siglos XVIII y XIX (el que terminó recientemente) demuestran que la lucha de la clase trabajadora, enfrentada a los dueños de los medios de producción, tiene que demostrarnos que hoy (ante la disminución del trabajo) debemos unir todo lo unible para crear la fuerza que, ante una nueva realidad, nos permita trabajar para los cambios en un sentido de progreso.
Milton Rossi cree que hablamos sobre «un país que no existe». Me planteo si puedo haber sido culpable de que no haya entendido nada; que considere teorías lo que no es más que un relato de la historia de la clase obrera, de sus dificultades actuales y de la necesidad de organizar la acción a través de la comprensión de la realidad. Nada le pareció bien a quien no encuentra bien nada.
Pero lo que es, más que su error, una mentira, es que no haya ofrecido la posibilidad (a todos los presentes) de plantear preguntas.
Si él estaba (lo que no parece creíble) resulta bastante tonto que no haya abierto la boca para discrepar, plantear interrogantes u opinar.
Con frecuencia, cuando se me invita, hablo en los Comités de Base, centros, organizaciones, etc. Son muchos, a través de los años, los que me han escuchado; y saben que, después de toda exposición siempre hemos abierto el diálogo y el debate. Ante toda esa gente que sabe cuál es nuestra actitud y de los disertantes frenteamplistas en general, el señor Milton Rossi queda como un mentiroso.
Se permite, de paso, atacar a mucho más. Se ve que metió las manos en su estercolero y trató de ensuciar a todos los que le pareció.
Si mi respuesta a Peláez le pareció pobre se lo debió preguntar a él. Si lo conoce sabrá que Peláez no es de los que se calla si discrepa. Y estoy seguro de que –menos ante mí– se pudo sentir limitado.
Y no pensará, como usted, que hablar tratando de analizar las causas del fin del trabajo pueda resultar algo inútil, o ajeno a la búsqueda de soluciones para los graves problemas de nuestra gente.
Usted ataca, de paso, a Couriel, (al que le atribuye besos y abrazos a un ministro) pero sin opinar si su planteo en la interpelación fue, o no, enérgico y eficaz. (Deduzco que usted no sería capaz, en ningún caso, de saludar y discrepar radicalmente).
Ataca, asimismo, a Eleuterio Fernández Huidobro, porque una publicación señaló su sorpresa ante el suicidio de una persona.
¿Acaso piensa que Eleuterio no se conmovió, o no pensó en la grave situación del país que crea esas situaciones, o que no es capaz de jugarse hasta la vida para reclamar justicia?
En ese sentido reconozco que él ha dado pruebas que, hasta el momento, no conozco en usted.
No se puede ser tan injusto, señor Milton Rossi.
Sabemos, todos los que hemos estado o estamos en la militancia política, sindical, periodística, etc., que cuando se actúa, uno tiene que estar dispuesto, como se ha dicho «a echar la honra a los perros», dicho sea esto metafóricamente. Pero, con perdón de los perros, y de Rossi, no se puede actuar así pretendiendo que mediante la división y el agravio se defiende a los heridos por la adversidad.
Vaya pensando, don Milton. Lo digo con respeto, porque hasta puedo entender la incomprensión, pero sin esperanza. Porque cuando se promueve el odio con injusticia sólo se alcanza la altura moral de los explotadores. Y se divide. Cuando lo que se impone hoy es la unidad –en torno a ideas– para superar, a partir de la interpretación de la realidad, los males del capitalismo.
GUILLERMO CHIFFLET
PD: Quizá los asistentes a mis charlas podrán decir si mi espíritu es el de monologar o, después de disponer del tiempo que se me asigna, dialogar y, sobre todo, escuchar. Pero no puedo siquiera tener la ilusión de que quien empieza por insultar, pueda recapacitar e informarse.
La política internacional de George Bush
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* El sábado 12 de setiembre de 1998, bien temprano por la mañana, el periodista se puso a trabajar en su computadora. En la Redacción del diario no había nadie. A las ocho
de la noche había escrito y diagramado cuatro páginas, nota principal y título del matutino El País. «Uruguay no entregará al joven compatriota a la Justicia de EEUU. La corte rechazará su extradición».
El caso era absolutamente desconocido para la opinión pública, pero en síntesis se informaba en esa oportunidad que un Gran Jurado de Nueva York pedía la extradición de un joven uruguayo que había matado a tiros a un narcotraficante colombiano. El hecho no tenía precedentes porque cuando ocurrió en el Condado de Queens el requerido era menor de edad. El joven había logrado fugar a Uruguay y refugiarse en su viejo barrio de Casavalle.
En silencio, hasta ese domingo, el caso había entablado una sensacional batalla legal entre EEUU y Uruguay, porque la defensa sostenía, con razón, que de acceder a la petición norteamericana se abriría una brecha jurisprudencial que permitiría en el futuro la posibilidad de que un menor de edad fuera extraditado frente a la requisitoria de cualquier país del mundo.
Cerca del mediodía del lunes 14 desde la embajada norteamericana partió una llamada telefónica requiriendo la presencia del periodista responsable del informe.
Díscolo, el periodista advirtió que no iría nada, pero pudo más su pasión por los desafíos y así fue que encaminó sus pasos hacia la sede diplomática de la rambla.
El «marine» miró al desconocido con ojos de hielo. Una funcionaria lo trató con la misma frialdad hasta que apareció en escena una rubia deliciosamente uruguaya quien lo acompañó hasta el primer piso del edificio.
En el amplio despacho aguardaban dos hombres, estupendamente norteamericanos, que sin mediar prácticamente presentación fueron directo al grano.
«¿Es usted el autor de la nota de ayer?»
«Sí».
«Usted sabe perfectamente que ese joven debe ser extraditado a nuestro país, porque asesinó a un colombiano y tendrá que responder a la justicia de EEUU», aseveró el funcionario.
«Usted debe saber que el crimen se cometió cuando el joven era menor de edad y en nuestro país lo inimputables no van a la cárcel con delincuentes mayores de edad», respondió el periodista.
«En Estados Unidos no importa la edad, tiene que pagar por u delito», rezongó el otro funcionario.
El periodista se incorporó de su asiento. Eran las dos de la tarde cuando les dijo a los norteamericanos «en una hora la Corte dirá que no habrá extradición y es justo y es soberano».
La espesura del ambiente se podía cortar con un cuchillo cuando el periodista bajó las escaleras acompañado de la rubia, quien lo despidió con un fuerte apretón de manos y una sonrisa de infinita satisfacción. La mujer había escuchado todo.
Cuando el periodista volvía a la Redacción escuchó en la radio del auto la noticia adelantada: «La Corte le dijo no a la Justicia de Estados Unidos. El uruguayo se queda en el país. No habrá extradición».
El incidente viene a cuento porque a los norteamericanos se les puede decir que no como a cualquier hijo de vecino. Sólo se precisa no ser lacayo, hablar con propiedad, hacerles entender dónde están los límites, y obviamente tener presente que en cualquier momento pueden destruirlo con una cabeza nuclear o una calificadora de riesgo.
Lamentablemente, la ciudadanía del país del norte tiene un presidente que no está en sus cabales. Lo demostró en innumerables oportunidades, pero cuando dijo que los incendios forestables iba a combatirlos talando todos los árboles, hasta el más recalcitrante republicano se erizó.
El antiguo socio petrolero de su padre, Osama bin Laden, le pasó una factura personal espantosa a George Bush, que, como siempre, la pagó el pueblo inocente. El 11 de setiembre de 2001 cayeron las Torres Gemelas y el Pentágono en el peor atentado terrorista de la historia que diezmó miles de familias y destruyó varias otras cosas, entre ellas la industria cinematográfica de las catástrofes.
Entonces Bush arrasó con Afganistán, dejando más yermo aún el empobrecido país, pero vivo y coleando a Bin Laden.
Acorralado por su mente empetrolada, el hombre quiere otra guerra con Irak, argumentando que ese país –devastado hace 10 años– tiene capacidad como para destruir el mundo al contar con armas de destrucción masiva.
Sin imaginarlo se encuentra con una Europa que lo mira con recelo, con un mundo árabe que le dice nones y le advierte que un ataque abrirá las puertas del infierno. Pero, además, las Naciones Unidas le dicen que mandarán inspectores a revisar palmo a palmo el territorio iraquí en busca de los «arsenales».
Bush replica que Saddam Hussein no permitirá el ingreso de los inspectores «por eso, hay que atacar ya».
Para su desesperación, el líder iraquí acepta el reto y luego de tratarlo de mentiroso adelanta que dejará entrar sin restricciones a los inspectores de las Naciones Unidas.
Bush pierde pie en el mundo y eso lo enloquece aún más. Ahora dice que Saddam mostrará lo que él quiere. «Yo quiero atacar igual», grita histérico, pensando sólo en el valor del petróleo. El hombre de pocas luces quiere cualquier guerra, aunque todo el mundo le diga que no. Es hora que el pueblo norteamericano madure definitivamente y le diga también que no a su presidente.
Es el turno de los estadounidenses y de la prensa norteamericana que está saliendo lentamente de su estado anímico, mostrando, en algunos casos con ferocidad intelectual, el verdadero pensamiento de un petrolero que tiene problemas de negocios con otros petroleros. Bush debería sentase a hablar amistosamente con Bin Laden y Saddam Hussein, cotizar juntos en la bolsa y, como decía un viejo amigo, terminar con la pavada.
CARLOS LEMOS – <[email protected].>
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