El ejercicio del poder imperial
Estados Unidos se convirtió, después del hundimiento del mundo comunista y sin oposición ni rival posibles, en la única superpotencia militar del mundo. Los acontecimientos del 11 de setiembre mostraron, no obstante, su rostro vulnerable. La respuesta de la Administración Bush (no, por cierto, la más inteligente) parece ser ésta: «Quien puede, manda».
O sea: quien posee la fuerza la ejerce de acuerdo con los que considera sus intereses vitales la expresión viene de lejos sin cortapisas ni limitaciones, singularmente de tipo jurídico o en el plano de la moral internacional. De ahí, la inevitable marginación de las Naciones Unidas. Asimismo, este es el primer gran intento de «vasallaje» de la Unión Europea por parte de Estados Unidos, expresado en el vergonzoso «compromiso» a propósito del Tribunal Penal Internacional, que garantiza la completa impunidad de los militares y diplomáticos norteamericanos con relación a eventuales «crímenes de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra». ¿Con qué justificación? Con la de que son los más fuertes, lo que les confiere ipso facto un estatuto de excepción sobre todos los seres humanos que no son «ciudadanos del imperio».
Tenía razón Nelson Mandela, uno de los puntales de la conciencia política mundial, cuando advirtió en la conferencia de la Tierra en Johannesburgo, con la sencillez que tienen las cosas verdaderamente serias: «Si Estados Unidos atacara unilateralmente a Irak, sin previa autorización del Consejo de Seguridad, destruiría los mismos fundamentos del orden internacional que nos gobierna».
Y en este punto nos hallamos. Un momento de extrema gravedad en la historia del mundo. Un momento extremadamente peligroso de cambio de rumbo: el «imperio», por primera vez, intenta comportarse como tal, llevado de la arrogancia de su fuerza militar sin parangón, segando así toda atadura jurídica internacional. No sirve para nada escondernos detrás de la propaganda de «los vasallos», fingiendo que no vemos o que no nos enteramos. Las cosas son como son…
Es evidente que no todos en Estados Unidos piensan como la Administración Bush. Se advierten, sin duda, matices y signos de oposición incluso en el seno del campo republicano. Estados Unidos es una gran democracia pluralista, posee contrapoderes eficaces que funcionan y admite la oposición que, lamentablemente, se ha manifestado con menos fuerza de lo que se hubiera podido pensar. Las elecciones del 5 de noviembre próximo pueden traer alguna sorpresa, aunque parece poco probable. La conmoción causada por el 11 de setiembre suscitó una ola de sentimientos patrióticos comprensibles, pero asimismo presentó ingredientes irracionales y se vio alimentada por cierto fanatismo de tipo religioso (¡no sólo hay fundamentalismo en el lado musulmán!) que no auguraba nada bueno…
Por su parte, el resultado de las elecciones en Alemania demuestra que la conciencia política de la vieja Europa, al contrario de algunos de sus más mediáticos dirigentes, no se deja convencer con la facilidad que muchos esperaban. Sindicatos e importantes organizaciones no gubernamentales han procedido a exteriorizar sus protestas, que empiezan a tomarse en consideración en círculos bien informados y lúcidos de la opinión norteamericana.
La socialdemocracia europea, agrupada en la Internacional Socialista, de tan gran tradición, ha de reflexionar seriamente sobre lo que está en juego si no quiere verse trastocada por el pensamiento único neoliberal.
El ataque norteamericano contra Irak, sea o no «autorizado» por el Consejo de Seguridad, suscita complejos problemas de orden militar, político y geoestratégico que no deben pasarse por alto. No basta derrotar al odioso dictador Saddam Hussein, a quien nadie de sólida formación democrática puede defender. Es preciso saber qué vendrá a continuación y los costes en vidas humanas que habrá que pagar para derrocarlo sin ignorar el nuevo reparto del petróleo mundial, y las consecuencias de todo ello para la OPEP y para el nuevo mapa geográfico de la región que Estados Unidos procederá a intentar rediseñar.
Ante este panorama irrecusable, la Unión Europea aparece impotente e incapaz de emitir una opinión audible, como la potencia internacional que pretende ser. Sus mediáticos dirigentes no tienen la valentía de pensar con su propia cabeza. Pero esto tiene un precio que posiblemente se revele bastante caro dadas las reacciones de la opinión pública europea ilustrada.
Bush tiene prisa por actuar, consciente de que el tiempo puede jugar en su contra. Parece dispuesto a abrir, sin miedo, la caja de Pandora. ¿Pero quién puede aventurar, con seguridad, lo que de ello resultará? ¡Algo bueno para el progreso de la humanidad no, desde luego! *
(1) Esta columna, publicada en España por el diario La Vanguardia, es distribuida en los demás países por IPS.
(*) Mario Soares, Presidente de Portugal entre 1986 y 1996. Servicio Especial de IPS, exclusivo para LA REPUBLICA.
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