HOY JUCECA

Un simple comentario hecho en familia

Alguien me robó el gato del auto, y yo lo comenté. Fue en una rueda familiar donde dije que me habían robado el gato. No soy un tipo quejoso, y la prueba está en que no fue un quejido lo mío, sino un simple comentario sobre el hecho de que me habían robado el gato. Soy consciente de que en el país se llevan a cabo robos mayores, mucho más graves y que afectan a toda la población. Bueno, no a toda, puesto que hay robos que afectan a determinados sectores de la población, ya que la población se divide en sectores desde que se resolvió que no hay más clases. El hecho es que alguien, al pasar junto a la ruedita de parientes donde yo hice el comentario, escuchó que me habían robado el gato. Pudo haber pasado en el momento en que mi tío Roberto contaba de una vez que iba por las canteras del Parque Rodó, y se le apareció una vieja que echaba fuego por la boca y que lo persiguió para refundirlo, pero que él, contaba el tío Roberto, él se trepó por las piedras de las canteras con la vieja atrás, y que era como ser perseguido por un soplete asesino, hasta que llegó a la parte alta de la cantera y con un pie desprendió una roca y la hizo rodar en dirección a la vieja, y que cuando la vieja vio aquel socotroco de piedra bajó que sacaba chispas y se tiró al lago donde estaba el busto de Gardel, y que el busto cantó. Pudo, aquella persona, que era un cuñado mío al que nunca le simpaticé, pudo, digo, haber pasado cuando el tío Roberto contaba lo de la vieja, pero quiso la mala suerte que pasara cuando yo comentaba (lo mío no llegaba a ser un cuento por falta de desarrollo), que me habían robado el gato. En ningún momento, este tarado, escuchó la palabra «auto», así que fue y le comentó a la mujer que me habían robado el gato, así nomás, sin especificar nada. Yo nunca fui muy bichero. Nunca fui de tener animalitos, y lo más que aguanto, obligado, es un tero que se me posa en el jardín a gritar a las siete de la mañana y al que nunca le puedo acertar con el medio ladrillo que, por su culpa, me acompaña todas las noches debajo de la almohada. Mi cuñado le comentó a la mujer y la mujer salió por el barrio a buscar un gato que fuera gatito, para que yo repusiera el gato que me habían robado, y que fuera pichón, o cachorro, cosa de que no tuviera mañas adquiridas con dueños anteriores. Y me lo trajo. Barcino el gatito. Con carita de gatito asustado. Era como un trapito, con ojos amarillos y mirada en la que me pareció leer algo así como «¿Qué pasa aquí?». Yo, a mi vez, con los ojos que tengo, miré a la mujer de mi cuñado como diciendo «¿Y esto, qué es?»: Y ella me dijo «Supimos lo de tu gato, y dijimos «pobre», y te conseguimos uno, que no será persa pero está sanito y sin pulgas porque lo revisé y no tiene».

Así que ahora tengo gato, que si pincho una rueda del auto no me sirve para nada y además come carne. Estoy pensando en adiestrarlo, para que a las siete de la mañana esté atento, y se morfe al tero que me viene a gritar en el jardín. No es posible que tenga que dormir todas las noches, con medio ladrillo debajo de la almohada. No es humano. *

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