El temible sujeto de la carpeta negra

JUCECA (*)

 

Cuando llegó a mi mesa me zampó, Yo quiero escribir como usted. Su voz no me era extraña. Es usted un hombre de cortas ambiciones, le dije, en tanto que, sin darme cuenta, tomaba una hoja doblada que me ofrecía con su brazo derecho. En el mismo instante se me ocurrió que bien podía haberme ofrecido una hoja derecha con su brazo doblado. ¿Por qué como yo?, pregunté y agregué, Tratándose de querer, bien podría usted, y se lo aconsejo, querer escribir como Onetti, como Saramago, como Felisberto Hernández, como Galeano, como Isidoro Blaisten, como una tía mía que se cartea con un cronista de sociales, qué sé yo.

Le explico, me dijo al mismo tiempo que arrastró una silla que estaba alejada de mi mesa y se sentó. Antes que el tipo me explique, declaro que hubo dos cosas que, de entrada, no me agradaron. Dos no, tres. La primera, eso de que quisiera escribir como yo, ya que si lo lograba corría el riesgo, yo, de quedarme sin trabajo, ya que el tipo era más joven que yo, y evidentemente creía que escribir como yo, era bueno, cosa que no creía yo.

Por lo tanto, una vez que lograra escribir como yo, iba a intentar, y por el brillo de su mirada supe que iba a lograr, hacerlo mejor que yo. Sólo imaginarlo se le hacía intolerable a mi yo. Otra cosa que me molestó, fue que arrastrara la silla produciendo ese ruido típico de toda silla arrastrada. Había una contradicción entre la energía que se adivinaba en su forma de presentarse, y ese perezoso arrastre de silla. Me irrita, peor aun me crispa, esa manía que tienen algunos de tomarla por el respaldo, y hacer que se despeguen del suelo solamente las dos patas delanteras, en tanto las dos que corresponden al respaldo se arrastran, para terminar levantando unos centímetros el total de la silla, y asentarla contra el suelo, como diciendo ahora sí, aquí estoy. Y la tercera molestia, es que se haya sentado sin previa invitación de mi parte.

Apenas si masculló «permiso» y ya lo tenía frente a mis narices. Sus lentes no le hacían ningún bien a la cara. Su cabellera, abundante, lucía como obra de un premeditado descuido. Antes que lograra escrutarlo mejor, sacó a relucir, no sé de dónde, una carpeta negra, y al tiempo que la abría haciendo chicotear los elásticos que la cerraban en los extremos, me dijo: «Yo también escribo». Me molestó, no que escribiera, sino eso de «también», «yo también». Era un «yo también» que traía implícito un «como usted», no que escribiera como yo, sino que, al igual que yo, también él escribía. Algo confuso, es verdad. Sorbí un resto de café asquerosamente frío, y al dejar el pocillo, mis ojos, hasta ahora ligeramente entornados, se posaron en la carpeta abierta, y sentí que se agrandaban. El asombro produce un ensanchamiento de ojos, levantamiento de cejas, y apertura de boca mediante caída de mandíbula, todo lo cual, sumado, hace un bobo. No estaba yo con ánimo para escuchar ni a mi mamá leyéndome algo, por lo que le devolví aquella hoja doblada y me dispuse a llamar al mozo para pagar e irme.

Pero el tipo me dijo de corrido «yo invito y escuche esto», y al tiempo que me puso una mano en el antebrazo para detenerme, me leyó, completa, sin yo atreverme a interrumpirlo, la misteriosa página que empezaba así: El tipo me parecía cara conocida, pero no lo ubicaba. Cuando no logro recordar de dónde, y el otro me mira como con ganas de saludar, me pongo nervioso, me transpiran las manos, me salta un ojo. Y vi que se acercaba a mi mesa con malas intenciones. O sea, con intenciones de hablarme. *

(*) Humorista.

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