Prohibido para nostalgicos

Boliches de Goes

Apenas dos o tres y los verduguea la malaria. La chicoria castiga y los viejos boliches boquean ahogados. La memoria se retoba y quiere rajarse para aquellos querendones estaños de Goes. Desde Garibaldi, ¡agarrate fuerte! que las copas iban y venían. «El Faro» y, al lado, la antigua sede de la IASA. El bar tenía entre las botellas un faro pequeñito con luces y todo. Recalaban tipos noctámbulos, pícaros tacheros y los guardiaciviles de «la 13″ cruzaban y, escondidos atrás de la máquina del café, tomaban una caña a la sordina. Al cerrar la cantina «naranjita», los que habían calentado el pico la seguían en el esquinero bolichón. Noches de Goes, vecinos haciendo codo en los templos de fraterna camaradería. Llegando a Vilardebó, el amigazo Alonso con su bar y almacén que nunca vimos cerrado. Lloraban las copas y rico el alpiste. En una mesa, atrás de los cajones, muy serio el poeta Tito Cabano le daba tupido a los versos luchando con las musas que como buenas minas se hacían desear y al final caían. Llegando a San Fructuoso el «Gran Café, Bar y Restorante Los Vascos», así se leía en un colgante cartel que al compás del viento se movía en Gral. Flores.

Luego se llamó «El Llano» y tuvo clientes ilustres como Hugo Alfaro que se entusiasmaba hablando de cine, jazz o en trenzadas políticas. Por el 70 su dueño se afincó en la Ciudad Vieja y «El Llano» pasó a ser leyenda. Muy cerquita, frente a la Estación de Tranvías, el viejo «Caballero» con su gente de ambiente. Fiolos muy empilchados, esperando a sus mujeres que llegaban de laburar en los cabarets del Centro. Por el fondo, los timberos leían los suplementos burreros buscando la fija que los sacara de patos. Para bolichear, ninguno como el «Vaccaro» de antes. Con el troesma Juan Carlos Patrón cargando sus libros y saludando muy cortés a todo el mundo. Viene Carlitos Roldán, flor de alboroto. Un muchacho de barrio que aún siendo cantor de Canaro, nunca tuvo los berretines de la calle Corrientes. En lo alto los canyengues del «Ambassador Club». A pocos metros la cervecería «Viena» con el querido Robinson dándole a las húngaras y la cerveza de barril. A la vuelta, la cantina de Santucci donde por el verano aparecían D’Arienzo, Alberto Castillo o Enrique Rodríguez. Por el 60, la visitaban los pibes de «El Club del Clan». En José L. Terra aún existe «La Amistad» lindazo boliche donde ensayaban «Los Marinos Cantores» y Maritato hacía de goma la viola. Un brindis por todas esas esquinas del tiempo de parte de este viejo escribidor.

Los esperamos sábados y domingos, a las 19, en 1410 AM LIBRE. *

COORDINACION: ANGEL LUIS GRENE

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