El día que un mono me salvó la vida
Escribe: Julio Cesar Castro
Voy caminando por el Jardín Botánico, y de pronto veo un mono arriba de un árbol. No puede ser, porque en el Jardín Botánico no hay monos. Los monos están en el zoológico, o en las selvas africanas, o americanas.
Una vez iba en un ómnibus por una ruta en la provincia argentina de Misiones, y vi cruzar varios monos delante nuestro, con total naturalidad, elegancia, y hasta precaución. Otros miraban desde los árboles, mientras yo me moría de calor en aquella catramina que se envolvía a sí misma del polvo colorado con que aquella ruta estaba hecha. Recuerdo que iba a encontrarme con alguien que tenía que darme una carta para un contrabandista, el que a su vez, luego de un interrogatorio que dejara en claro mi fidelidad al grupo, me enviaría a una misión de la que podría salir con algún dinero, o con un tiro en la nuca. Por mi torpeza, agudizada por el miedo, no pasé el interrogatorio, y como ya sabía demasiado me llevaron a una zona selvática para pegarme cuatro tiros. Fue un mono el que me salvó.
Cuando el encargado de ejecutarme, fríamente, sin una sola palabra que pudiera humanizar aquello, me apuntó a la frente, cuando estaba ya por apretar el gatillo, inmune a mis súplicas pobladas de historias sobre una familia que me esperaba, hijos que por su tiro habrían de quedar desamparados, cuando el tipo me iba a matar con una risa que yo creía que se podía ver y escuchar solamente en las malas películas de bandidos, cuando ya estaba yo frito, desde arriba de un árbol, va el mono y lo mea. Arriba de la mano que empuñaba el revólver fue que el mono lo meó. La sorpresa, y el asco que supongo habrá sentido porque no pudo dudar sobre el origen de aquel chorro caliente y hediondo, hizo que el tipo se olvidara de mí y la emprendiera a tiros con el mono que saltando de rama en rama se perdió entre la espesura. Yo era ágil, no tanto como el mono, pero lo suficiente como para escabullirme y zafar de aquella muerte segura. Esta historia es la primera vez que la cuento.
Ni mis amigos más íntimos la conocen. Por pudor, o por miedo, o por lo ridículo de la situación, o seguramente porque debía no solo confesar mi miedo, sino reconocer que mi vida actual se la debía a un mono, peor aún, a los orines de un mono, nunca la conté. Hasta hoy, que caminando por el Jardín Botánico veo sobre un árbol un mono. Me detuve asombrado, y vi que me miraba. Debo haberme mareado, porque sentí la necesidad de sentarme en un banco, y con la vista algo nublada lo seguí mirando. Me miraba.
Y al poco rato, me saludó. Hizo algo, no me pregunten qué, pero era un saludo. No sé cuantos años puede vivir un mono, pero de aquella aventura en Misiones no hacía tanto. Podía ser el mismo mono que me salvó. No conocía yo otro mono que pudiera saludarme, que me conociera de algún lugar que no fuera aquél donde estuve a punto de ser asesinado. De pronto pegó dos saltos, dio unas volteretas como festejando, y vino a sentarse junto a mí. Se rascaba. Sin duda era el mismo. Me emocioné, pero con todo, tuve el tino de agradecerle. Gruñó algo que a mí se me antojo que era: «No tiene importancia, hombre, olvídelo», y con la misma manoteó una rama baja y se perdió entre el follaje, como aquella vez. Bajé la vista, y sobre el banco había un sobre.
En su interior había una carta para un contrabandista. Esta vez tendría que viajar a Puerto Príncipe. Que me perdone el mono, pero me parece que no voy nada. *
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