¿Quién es responsable de que nos falte un tornillo?

 

Pero digo yo, ¿a quién le falta un tornillo, a todos los seres humanos? Y también: ¿quién es el dueño de ese cambalache, quién es el que comete la falta de respeto de ubicar la Biblia junto a un calefón? ¿Es cierto que somos todos responsables?

Creo que de ahí parte un sentimiento medio jodido que nos ha hecho acostumbrarnos a repetir irreflexivamente «estamos todos locos», asumiendo así una culpa generalizada por el estado en que se halla la civilización. Y me parece que no es así. Hay unos cuantos vivos (o insensibles, o hijos de puta a los que no le falta ningún tornillo) que con tal de satisfacer sus necesidades, su codicia y su ambición de poder, han dibujado el mundo de acuerdo a sus intereses y pretendieron hacernos creer que tales intereses coinciden con los nuestros, con lo cual nos han hermanado a todos y nos han hecho subir a bordo del mismo barco; claro que en camarotes bien diferenciados y cumpliendo funciones muy distintas.

En la nota de la semana pasada me ocupé del consumismo como modo de vida, de la exacerbación del consumo de bienes materiales. Pues bien, ese fenómeno está en la base de la alienación que vive la sociedad desde hace ya unos cuantos años y que nosotros nos hemos resignado a asumir como un hecho consumado. Sin embargo, me resisto a culpar a todos al barrer y a incluirme en la culpa, porque creo que en realidad, lo que hay es una manipulación perversa que –con apoyo profesional– nos hizo creer que la felicidad estaba en poseer cosas.

Así, todos aplaudimos la popularización del automóvil sin advertir que las calles se congestionaron, que fue preciso construir autopistas con varios carriles, que los caños de escape nos envenenan con monóxido de carbono quemando un combustible que tardó millones de años en formarse y que no es un recurso renovable; y, finalmente, que las muertes por accidentes de tránsito crecen en progresión geométrica.

En este último punto hay que señalar una paradoja inadmisible. Por un lado se nos dice que el exceso de velocidad es una de las causas más importantes de los accidentes; se establecen prohibiciones; se ponen límites de velocidad controlados por radar; etcétera. Pero por el otro, las fábricas sacan al mercado modelos cada vez más veloces porque el tiempo es oro y porque todo hay que hacerlo como pedo. Junto a otras performances y accesorios (muchos de ellos innecesarios, valga aclararlo) la publicidad de automóviles destaca como un factor determinante para seducir al comprador la velocidad que desarrolla la máquina.

Entonces, ¿cómo la pobre humanidad no va a estar chiflada si por un lado se fabrican autos cada vez más veloces y por otro se prohíbe a los conductores pisar el acelerador a fondo? El latigazo y el freno al mismo tiempo: algo como para enloquecer a cualquiera.

Desde hace tiempo, nos han inducido a preferir las megaciudades como lugar ideal para vivir, donde encontramos todo lo que necesitamos. Y la gente vive en apartamentos, con todo confort, con todos los servicios a mano.

Pero como consecuencia del sedentarismo que la vida urbana nos impone, aparecen nuevos problemas. Entonces nos recomiendan ejercicios físicos y, entre ellos, la bicicleta. Pero resulta que las calles están atiborradas de vehículos y andar en chiva se torna peligrosísimo; por ello, nos han inventado las bicicletas fijas, con lo que llegamos al colmo de andar en bicicleta dentro del propio living del apartamento donde no corremos riesgo alguno de ser atropellados por un camión.

También están aquellos a quienes han recomendado caminar y/o trotar. Sin embargo, no se les ocurre que pueden ir al trabajo a pie y toman el auto para ir hasta la rambla o a un parque cercano donde efectuar sus caminatas o carreras. No está bien visto que un contador vaya a pie desde su casa al banco, ¿verdad?

En fin. Yo no elegí este modo de vida. ¿A usted lo consultaron?

Por supuesto que no: es lo que recomiendan los dueños del cambalache, los mismos que nos sacaron los tornillos que nos faltan.

*Periodista

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