Regreso involuntario
La letra del acuerdo de Reconocimiento de Paz y Amistad entre Uruguay y España, firmado en 1870 y aún vigente, se diluye en los aeropuertos ibéricos, cuando aviones procedentes de América Latina tocan pista con pasajeros, que en algunos casos sólo buscan ir de paseo y en otros, quedarse incluso «sin papeles» apostando a un futuro mejor.
La ley de extranjería española, con menos de dos años de vigencia, especifica que no afectará lo acordado entre países en materia de inmigración, pero la realidad indica otra cosa.
El canciller Didier Opertti que el miércoles 25 de setiembre compareció ante la Comisión de Asuntos Internacionales de Diputados reconoció que la legislación migratoria española del año 2000, «es muy dura y tiene normas un tanto exigentes en materia de requisitos». Incluso comentó que ante el aumento de casos de uruguayos que enfrentan problemas de inmigración, se prepara un instructivo para que todos los consulados de nuestro país sepan exactamente cómo actuar.
Tres historias
Carlos Bobadilla tiene 27 años. Vive en la zona de Barros Blancos con su esposa embarazada y un hijo pequeño. Sus padres fallecieron y su hermana se aloja en la casa de adelante a la suya.
El sábado 28 de setiembre fue al aeropuerto de Carrasco pero está vez no para despedir a nadie. Le había llegado la hora de cargar su valija y de recibir él la palmada de aliento de su familia. No miró atrás.
Estaba desempleado de su oficio de carpintero en aluminio. El túnel de la economía familiar no mostraba la luz por lo que decidió vender una moto y el televisor para comprar el pasaje a España y llevar unos 1.200 dólares para mantenerse los primeros tiempos.
El sueño de muchos uruguayos, que hacen fila frente a los consulados para obtener pasaportes de la comunidad europea, se hacía realidad para él, aunque viajaba con pasaporte de oriental.
No le dieron tiempo ni de respirar el aire madrileño. En el aeropuerto los funcionarios de Migración le preguntaron a qué viene, cuánta plata traía y hasta ahí no hubo problemas.
La tercera pregunta fue demoledora. ¿Tiene carta de recomendación? La respuesta fue negativa. Pasó once horas encerrado en una sala del aeropuerto junto a otros latinos que habían llegado en el mismo avión.
Le pusieron un abogado de oficio «que se sentó al lado mío y no hizo nada» dijo Carlos a LA REPUBLICA, sabiendo a esa altura que lo iban a deportar.
Contó que los funcionarios españoles los trataban mal, los tuvieron encerrados durante horas, no les dieron de comer y bajo ningún concepto les permitían comunicarse con el Consulado, familiares o amigos.
Carlos regresó, pero volverá a intentar la aventura de emigrar porque acá no tiene esperanzas.
Turista
La historia de Marcelo Fernández (26) es otra. Es oriundo de Maldonado, vive con su compañera y tres hijos de 2, 4 y 9 años. Trabaja colocando membranas y lo hace para empresas grandes.
Un amigo de Ibiza lo tentó para que fuera a conocer aquella realidad. No pensaba quedarse por lo que compró un pasaje de ida y vuelta con el retorno marcado para la semana siguiente.
Con U$S 800 en su bolsillo y el pasaporte uruguayo en regla no logró pasar el control de Migración.
Se repitieron las preguntas de rutina y fue a parar a la misma sala, donde conoció a Carlos.
Marcelo dijo a LA REPUBLICA que en el aeropuerto el trato del personal fue bastante duro, les hablaban a los gritos y cuidado con preguntar algo. Tampoco le dejaron llamar a su amigo en Ibiza.
Nunca había viajado en avión pero lo que más le dolió dice fue que lo trataran como a un criminal «a mí que no tengo ningún antecendente».
Lo ficharon en Interpol y vivió la vergüenza de ser observado en el avión cuando alguien de la tripulación dice: «Los deportados deben bajar último».
Contó que la experiencia vivida fue tan violenta que al llegar a su casa sufrió un bajón tan pronunciado que tuvo que consultar a un sicólogo.
Hija de españoles
Natalia había vendido todo para irse del país. Conoció a Marcelo y Carlos en la sala del aeropuerto de Madrid. Su historia de emigrar parecía no tener obstáculos porque sus padres son españoles y estaban en España.
Ella viajó con pasaporte uruguayo, y al no permitírsele llamar a sus padres debió integrar el grupo de los deportados. *
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