La vía para el desarrollo económico y la justicia social

José Serra

 

En los años 80, Brasil no experimentó ni crecimiento sostenido, ni políticas para reducir las desigualdades. En cambio, tuvo que enfrentar una inflación cada vez más acelerada.

Después de la aplicación del Plan Real en 1994, mientras avanzaba hacia una victoria definitiva contra el fantasma de la hiperinflación, el gobierno del Presidente Fernando Henrique Cardoso instrumentó acciones destinadas no sólo a transformar la estructura productiva, sino también la estructura social del país. En un período relativamente corto implantó políticas sociales adecuadas en los campos de la salud, la educación, la reforma agraria y la transferencia directa de renta, entre otras. Empero, el crecimiento no alcanzó el nivel deseable, lo cual se reflejó en un lento aumento del empleo.

Brasil tiene ahora la rara oportunidad de poder combinar un crecimiento económico sostenido con la promoción de políticas públicas para reducir la pobreza y la desigualdad. Como resultado de una secuencia de transformaciones económicas y sociales en este período, este país tiene ante sí la oportunidad histórica de encaminarse por un círculo virtuoso de crecimiento económico y justicia social.

¡Esta oportunidad no debe ser desperdiciada! La estabilidad es una condición para el crecimiento, aunque no es suficiente. Por lo tanto, es preciso mantener como punto de partida una política económica apoyada en un régimen de libre fluctuación cambiaria, un régimen monetario basado en las metas de inflación y, sobre todo, un nuevo régimen fiscal caracterizado por la transparencia y la responsabilidad.

Para poner en marcha una fase de expansión económica en Brasil, ejecutaremos un amplio plan de acción que resumiré en cuatro puntos.

Primero, la reducción del déficit de cuenta corriente, que en su actual dimensión –más de cuatro por ciento del PBI– es el principal factor de obstrucción del crecimiento económico. La reversión de este proceso requiere, además del régimen de cambio fluctuante, el aumento de las exportaciones y la sustitución competitiva de las importaciones. Todo el esfuerzo público deberá volcarse para modernizar y dinamizar el comercio exterior.

Vamos a promover una política de modernización de los sectores productivos, procurando ganancias en la competitividad y construir ventajas comparativas en sentido dinámico. Así como la estabilidad requiere una mudanza cultural, la conquista de los mercados externos también exigirá una nueva mentalidad, una movilización amplia, una verdadera obsesión nacional.

Será indispensable, en ese sentido, una postura activa ante la comunidad económica internacional, especialmente en foros como la Organización Mundial del Comercio (OMC), pues resultan inaceptables los abusos proteccionistas que distorsionan los flujos de comercio e inversión y, lo que es más grave, aumentan aun más la disparidad de ingresos entre las naciones.

Segundo, una reforma tributaria es fundamental para hacer más competitiva a la economía brasileña. Para ello, nuestro gobierno definirá y aplicará una reforma en esta esfera. Más que una cuestión de generación de ingresos, se trata de incrementar la competitividad para superar la vulnerabilidad externa de nuestra economía. En consecuencia, la reforma no debe apuntar a aumentar la carga tributaria. Por el contrario, es preciso atacar todas las formas de acumulación de impuestos que perjudican a las exportaciones y encarecen a los productos nacionales en relación a los importados. Otra prioridad será el combate a la «informalización» del mercado de trabajo, que sustrae a los trabajadores el acceso al seguro de desempleo y al sistema jubilatorio, así como desestimula el establecimiento de relaciones laborales adecuadas para el incremento de la productividad, sin contar el perjuicio que inflige a la recaudación fiscal.

Tercero, es necesario asegurar las inversiones en infraestructura necesarias para el aumento de la competitividad, que es un pilar fundamental para el logro de una nueva fase de crecimiento. Un ejemplo evidente y urgente es el déficit en el sector energético. En el corto plazo la crisis de oferta de 2001 fue enfrentada con éxito. El mayor desafío, sin embargo, es la definición de un modelo energético de mediano plazo que asegure las inversiones necesarias para la expansión de la oferta, según las necesidades del país.

Cuarto, la mejora de la oferta y de las condiciones de financiamiento son prerrequisitos para la atracción de una firme y sostenida corriente de inversiones productivas, apoyada por la formulación de estrategias sectoriales adecuadas a la nueva realidad de una producción globalizada.

Por otra parte, la mejoría del sector externo y del ambiente macroeconómico permitirá una reducción gradual del tipo de interés real que hoy es de cerca de 10 por ciento anual, para bajarlo a cerca de 6 por ciento.

Al mismo tiempo será necesario impulsar un conjunto de mudanzas institucionales, entre las que se destaca la reforma del mercado de capitales, de manera de propiciar condiciones adecuadas de financiamiento a largo plazo de las inversiones productivas.

Queremos que Brasil retome la senda del crecimiento sostenible, que es la vía para reducir la pobreza y las desigualdades. No queremos un Brasil que le exija orden y acatamiento a la mayoría mientras reparte la riqueza entre una minoría. Estamos comprometidos con una política de cambios, pero realizada con eficacia y ajena a aventurerismos. Porque Brasil quiere más y mejor. *

(*) José Serra, candidato a la Presidencia de Brasil por la «Gran Alianza», que reúne al Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB) y al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB). Servicio especial de IPS, exclusivo para LA REPUBLICA.

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