El suicidio es de todos

Esa incomprensión de la realidad, más la gran determinación de dejar un mensaje  un mensaje desde la desolación, desde la imposibilidad de aceptar la vida y las cosas tal como se nos presentan en determinado momento  es lo que, pese a todas las distancias, une aquel suicidio de Pavese con la trágica peripecia del empresario Gilene en los anexos del Palacio Legislativo.

Es el gesto final de un hombre, formado en la idea de un país solidario y de abundancias, que se niega a aceptar una realidad de horrores, de desempleo, ruina y hambre. Un gesto final que tiene una fuerte carga simbólica: Gilene quiso, más allá de la desesperación, que su muerte reventara los tímpanos de la conciencia social, tal vez distraída, y, sobre todo, de la ciertamente adormecida conciencia política.

¿Qué valor dar a una muerte?

Está el valor íntimo de la pérdida irreparable; la muerte de todo hombre es una tragedia y lo es más en el ámbito donde se ha creado su identidad decisiva, el de su familia. Y puede estar el otro valor, el que impongan las consecuencias, si la sociedad es capaz de entender que este suicidio es de todos y que todos, de algún modo, impulsamos el dedo que apretó el gatillo fatal.

Confieso tener escasas esperanzas acerca de qué hará la clase política, supuesta representante de la sociedad.

Que sienta así no deja de ser otra tragedia, pero no prefiero no mentir. ¿Acaso no ha habido otras muertes, igualmente irreparables, estremecedoras, sin que nos hayamos puesto de acuerdo en cambiar esta realidad que las provoca? ¿Qué decir del final de un hombre que muere de frío y desamparo en un portal cualquiera de la ciudad, en la calle? ¿O qué decir de esos bebitos que mueren de hambre o de enfermedades evitables en miserables cuartos desparramados por ahí, al lado nuestro? ¿A nadie se le ocurre ver cual una revelación que haya sido necesario un acto como el de Gilene, a su pesar expuesto al modo de una representación, para que ciertos políticos salieran de su sopor a decir que «esto es un golpe, un llamado a la responsabilidad, un llamado de atención acerca de lo mal que está la gente?». Qué hipocresía.

Como siempre, la solución  si es que la hay  vendrá de abajo, fermentará y subirá. O no vendrá. Hoy algo se está moviendo y es en torno a esa espontánea cadena de solidaridades que están montando los que menos tienen y más necesitan, los que han pagado todos los costos. Gilene estaba fuera de alguna de esas solidaridades que contienen, forman y fortalecen para el empinado y árido día después. No es un agravio decirlo; es una mera constatación que no resta valor a su gesto. Así fue que su desolación y su determinación lo condujeron al sacrificio último, a la ofrenda de la propia vida buscando una respuesta que no llega.

En cuanto a la conciencia política, me permito recordar una frase de Aldous Huxley referida a esos períodos particularmente desastrosos que a veces atraviesan los pueblos: «…es como una religión divisiva que atribuye un valor absoluto a partes fragmentarias de la sociedad y sin duda condena a una lucha crónica e intestina». Y vea usted, lector: es un hecho objetivo que el poder político predominante desde la dictadura no ha logrado ver al país como un todo; quiero decir, a la diversidad de gentes, situaciones y necesidades que va expresando una nación a través del tiempo y las circunstancias históricas. A cambio, ese poder político ha privilegiado a algunos en detrimento de los más. Y regresando a Huxley, al recordar cuánto ponen hoy la ciencia y la técnica al servicio del hombre, debo decir que «estamos ante ese extraordinario y paradójico espectáculo de destreza y conocimientos precedentes, de dedicación, trabajo y dinero pródigamente gastados en proyectos que no pueden conducir a la vida, la libertad y la felicidad, sino únicamente al dolor, a la miseria, la servidumbre y la muerte».

¡Señores, lo dijo el 13 de abril de 1959!

Pero, claro, no olvidemos: fuera del ámbito político y de sus culpas, está la conciencia social. O sea, aquella que debe responder por la responsabilidad de cada uno y de todos de haber permitido  por error, omisión, dogmatismo o prejuicio  que las cosas sean como son hoy.

También por eso el suicidio de Gilene es de todos.

Asumamos con dignidad lo que hay que asumir, nosotros y los políticos, aunque la respuesta estará siempre en la gente, si es que ha de haber una respuesta a esta triste realidad.

Tal vez no sea ocioso apelar a una frase de un librepensador de la escuela de Russell, contenida en «La situación humana»: «… señalé que era absolutamente necesario desviar la atención que la política concede al insoluble problema del poder para fijarla en los solubles y aún más urgentes problemas de las necesidades humanas».

Ojalá.

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