HOY JUCECA

Disparen sobre el disparate de la disparada

Comentaba un señor en una parada de ómnibus: «Se disparó el dólar. Eso pasa por tener el dólar cargado. Por eso no se debe dejar el dólar al alcance de los niños. Al dólar lo carga el diablo». Una señora que lo escuchó le tiró de la manga del saco y le dijo: «No señor, el dólar se disparó de la misma manera que se disparó una sobrina mía con un muchacho del barrio, que en la casa la madre, mi cuñada, no quería que tuviera esa relación porque decía que era un muchacho sin futuro, y mi sobrina decía que si iba a esperar uno con futuro se iba a quedar para vestir santos, que según parece, Dios me perdone, los santos andan desnudos esperando que vayan las solteronas a vestirlos, y con el mayor respeto le digo que no me llama la atención porque por ahí andan esos curitas degenerados que no respetan ningún altar, corrompiendo niños, pero no pasan a la Justicia porque están bajo jurisdicción divina, y el dólar, que también es divino, se disparó igual que mi sobrina, y quién sabe adónde irá a parar, porque las cosas se sabe cuando se disparan pero nunca se sabe qué dirección van a tomar, y el dólar señor, mío, es un inestable, un histérico, un neurótico, un imprevisible, que mi sobrina tiene mucho de eso, santita, que lo heredó de la madre, porque mi cuñada señor, y escúcheme y deje pasar ese ómnibus o me subo con usted y me tiene que pagar el boleto, mi cuñada es igual, es una bala perdida que por culpa de ella hace no sé cuánto que no veo a mi hermano, que es un desgraciado y por eso la nena se le disparó con el muchacho, que algún futuro debe tener, porque futuro tenemos todos, señor, algunos tienen un buen futuro y otros un futuro de porquería, que los futuros son herederos de los pasados y unos nacen con estrella y otros nacen estrellados, pero nunca se sabe, y mi cuñada, no se vaya señor, mi cuñada es de las que gustan aparentar y no tolera que la nena se le dispare con un hombre que será lo que será pero es un hombre, y hoy por hoy, con la cantidad de hombres que se van del país, la nena no se puede quedar esperando que venga el príncipe azul en su caballo con herraduras de oro, a llevársela en el anca con su pollera acampanada al viento por entre las florecillas de la campiña, no señor, la vida no es así, y por favor no le haga señas a ese ómnibus para que le pare porque me subo con usted y me le siento al lado, porque ahora a los ómnibus le sobran los asientos, no como en mis tiempos que una viajaba apretujada a toda hora y tanto le metían la mano en la cartera como en el escote, y tanto le robaban el monedero como la serenidad de espíritu porque nunca faltaba alguno que la toqueteara, porque así como me ve, señor, supe despertar los instintos de muchos toqueteadores de ómnibus, que yo solía quedarme sin protestar por no armar un escándalo entre los pasajeros, que lo más bravo era pasar desde la plataforma al interior porque era zona de nadie, zona minada donde no regía ninguna ley, y ni hablar de derechos humanos, pero no se vaya, señor, venga que le cuento lo de mi cuñada».

Logró el tipo zafar la manga de la mano-tenaza de la viejita, y salió disparado por esas calles, disparado y verde como el dólar, sin rumbo fijo, sin saber cuándo ni dónde parar, que así están las cosas, señor, y permítame que le cuente lo loco que está un tío mío que se puso como un blandengue haciendo guardia en la puerta de un cajero automático.

No se vaya, escuche y dígame si es justo que…No dispare señor, no dispare. Es como un contagio que hay.

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