Días de odio en Venezuela
Sostienen que cada acto de su gobierno es un paso atrás sin remedio para el país y están decididos a seguir hostigándolo. La más caudalosa de las manifestaciones de protesta, el 11 de abril, cobró 18 vidas.
Tampoco los partidarios de Chávez están quietos. Si el presidente renunciara por la fuerza, como estuvo a punto de suceder al día siguiente, el 12 de abril, es posible que se lancen otra vez a las calles a rescatarlo, y se tornen incontenibles los asaltos a comercios, las invasiones de casas o los combates abiertos.
Los opositores acusan al presidente de incompetencia, demagogia y de un discurso soez que ha encendido el odio entre las clases sociales. También sostienen que ha desarticulado la economía, acentuado la corrupción en vez de acabar con ella –como prometió– e improvisado políticas de ayuda social que alivian la vida de unos pocos y arruinan a las mayorías.
En todos esos puntos tienen parte de razón, porque Chávez es quizá bien intencionado pero no sabe cómo usar el inmenso poder que le ha caído en las manos. Es inapropiado acusarlo, sin embargo, de que quiera convertir a Venezuela en una segunda Cuba, no porque le falten ganas sino porque jamás se atrevería.
Quienes lo apoyan señalan que Chávez ha entronizado en ellos, los más desamparados del país, un sentido de dignidad que nunca conocieron. Ha repartido alimentos, ha construido casas y ha concedido préstamos a bajo interés, permitiendo a los pobres convertirse en súbitos empresarios. Pero esa política benefactora ha olvidado enseñar primero cómo usar la imaginación para sacar provecho de los préstamos. El dinero se ha empleado, por lo tanto, en lo que parece más fácil y seguro: comprar al por mayor y vender al por menor.
Las tres mayores ciudades del país están saturadas ahora de carpas y tiendas precarias con la desventaja de que estas nuevas tiendas se alzan a la entrada de otras que ya estaban antes, y que pagan impuestos y salarios. Lo que pasó entre el 11 y el 13 de abril es algo que todavía los venezolanos entienden a medias. Desde la mañana de ese primer día hasta la caída de la tarde hubo casi un millón de personas colmando las grandes avenidas de Caracas para exigir la inmediata destitución del presidente.
Algunos francotiradores apostados en las cercanías del palacio presidencial dispararon contra los manifestantes, y éstos replicaron, impregnando la ciudad de gases y de sangre. Desbordado por las protestas, Chávez se presentó voluntariamente a la guarnición de Fuerte Tiuna, a la espera de que los militares decidieran su destino.
Al parecer, en las primeras horas de su virtual arresto, el presidente estaba decidido a irse del país. Al menos dos tercios de las fuerzas armadas no sabía que posición asumir. Cuando algunos oficiales rebeldes trataron de forzarlo a entregar la renuncia y amenazaron con enviarlo a la isla de la Orchila, que había servido de alojamiento temporario al dictador Marcos Pérez Jiménez en 1958, el presidente se negó.
Su firmeza le aportó los votos militares que le hacían falta para resistir. El patético gobierno que lo sustituyó por algunas horas –y que actuó con un autoritarismo tan torpe como inesperado– acabó por afirmarlo en el cargo.
El sábado 15 de junio se repitieron las protestas, aunque con menos beligerancia. Alrededor de 150,000 personas juntaron a la manifestación, amparada en el artículo 350 de la Constitución, que consagra el derecho a la rebeldía. Todos exigian un referéndum que revocara el mandato del presidente al menos en agosto de 2003, cuando se cumple la mitad del período para el que fue elegido. Sabían que no será fácil lograrlo: las encuestas más serias siguen asignando a Chávez un respaldo superior al 40 por ciento.
Al mediodía de aquel sábado oí gritar a un grupo de damas: «Que se muera ese hombre de una vez. Hay que salvar a Venezuela de esta pesadilla». Leí en dos enormes pancartas: «Chávez, Satanás,/ vete al infierno a gobernar» y «El Evangelio segun Chávez es: odiaos los unos a los otros».
En la zona este de la capital, donde se concentra la burguesía alta y media, se han agotado las armas largas y en casi todos los edificios de condominio hay patrullas organizadas para defenderse de los posibles asaltos que sobrevendrán cuando Chávez se marche, como todos esperan.
En los cerros que dominan el angosto y vulnerable valle de Caracas hay patrullas armadas conocidas como «los círculos bolivarianos». Todas ellas disponen de arsenales poderosos. Los habitantes suponen que esas armas han sido distribuidas por los adictos al presidente. Una de las más recurrentes pesadillas de la burguesía caraqueña alude al «día en que bajen de los cerros» aquellos que tienen menos, apoderándose de todo lo que encuentren a su paso.
Algo así pasó en 1989 y acabó en una matanza de lo que se calcula entre 400 y 2.000 personas: nunca se sabrá la cifra verdadera. Podría suceder otra vez, pero de peor manera, porque las facciones a favor y en contra de Chávez están fuera de control.
La mecha del incendio podría ser encendida por un hecho insignificante, como en 1989, cuando todo empezó con una protesta por el aumento en el precio de los autobuses. O podría ser desatada por un asesinato político, como sucedió en la España de 1936.
Algo que atenúa el peligro es la actitud del propio presidente, que ha sabido plegar siempre las velas a tiempo. En 1992, cuando encabezó un golpe fallido contra el presidente Carlos Andrés Pérez, se rindió antes de luchar. Lo mismo hizo el 11 de abril, cuando creyó que se había quedado sin apoyo militar.
Pero ahora, quizá ni siquiera una renuncia a tiempo sea suficiente. Los adversarios de Chávez no se quedarán tranquilos mientras el presidente, que tiene menos de 50 años, siga vivo y pueda regresar, con más fuerza que antes.
Algunos venezolanos lucidos han empezado a crear una fuerza de transición –a la que llaman Comisión de Paz– que mantendría intactas las conquistas sociales de los últimos años, a la vez que limpiaría los focos de corrupción y autoritarismo que están haciendo pedazos el país.
Hace tres años parecía que Venezuela estaba a las puertas de un cambio saludable. La incapacidad o la belicosidad del presidente han destruido una oportunidad de oro. Ahora, el país está envenenado por el odio, y esa es una enfermedad para la que no hay finales felices.
(*) Tomas Eloy Martínez es el autor de «La Novela de Perón,» de «Santa Evita» y de «El Vuelo de la Reina,» que acaba de ganar en España el premio Alfaguara de Novela. Sus obras se han traducido a mas de 30 idiomas. Es director del programa de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Rutgers y realiza viajes frecuentes como escritor y periodista). *
c.2002 New York Times Special Features
Exclusivo en Uruguay para LA REPUBLICA.
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