Basta de economizar, queremos gastar

Estrenando ministro estamos

Juceca

 

Un ministro de Economía gordo es un mamarracho al que yo, al menos, desde el pique, le desconfío. Si es gordito, vaya y pase. Ojo, que yo no tengo nada contra la gordura ni contra los gorditos. Diría más: diría que algunos gorditos son simpáticos, graciosos, bonachones y de contagioso optimismo. El gordo no, el gordo me impresiona por su volumen. Con sólo verlo me da pereza imaginar el esfuerzo que debe hacer para trasladarse, él, con todo él.

Un lugar puede estar completamente repleto de flacos, pero si en lugar de flacos son gordos, el lugar estará mucho más repleto. Si el gordo es ministro de Economía, la impresión es mayor y peor. Hay gordos que hacen ostentación de derroche anatómico, y toda muestra de despilfarro, aunque sea personal y privado, atenta contra la imagen de un ministro de Economía. Claro que, a mi modesto entender, la misión de un ministro de Economía no debiera ser economizar, sino, por el contrario, buscar las fórmulas que nos permitan aumentar los gastos.

Nosotros, yo al menos, ustedes no sé, pero yo al menos, no quiero hacer economía, sino poder gastar más.

Naturalmente, pretendo que todos los que hoy no pueden gastar casi nada, puedan gastar mucho y en todo lo que se les antoje. ¿Qué otra cosa quiere la población, y pide, con total derecho y razón, sino poder gastar? ¿De qué se queja la gente? De que no puede gastar. De que cada vez puede gastar menos. De que cada día hay que economizar más en todo.

Evidentemente, la gente se queja porque está en contra de la economía.

La economía, llevada a grados superlativos, conduce, inevitablemente, a la avaricia. ¿Quiero yo ser un avaro?: Dios me libre de semejante pecado habiendo tantos otros menos egoístas, y más compartibles.

Pero la finalidad de esta nota, si es que alguna tiene, no es dar mi opinión sobre algo que, como lo es la economía de los economistas, ignoro casi por completo. Permítaseme hacer uso de ese «casi», por si en cualquier otro momento se me ocurre meter la cuchara.

El nuevo ministro, cuyas aptitudes para el cargo desconozco y de conocerlas lo mismo daría, me cae bien, cosa que he dicho al comienzo y reitero.

Y no ha de ser por casualidad que le cae bien a todo el mundo. Yo, al ver cómo fue recibido, me pregunto: ¿Qué estuvimos esperando todo este tiempo? ¿Si todos los políticos, y hasta el gobierno, sabía que el Dr. Alejandro Atchugarry era el hombre, por qué no se hizo el cambio antes?

Me hace acordar, tristes recuerdos, a algún director técnico de la selección que hacía el mejor cambio cuando íbamos perdiendo como perros.

Yo no sé, y quizá nunca llegue a saberse, si éste es el mejor entre los mejores posibles para el cargo.

Pero hoy, cuando escribo esta nota, a pocas horas de verlo asumir, como quien dice sin estrenar, digo que me cae bien. Y me cae así, fundamentalmente, porque es flaco.

También porque se deja esa barba descuidada, y porque se sonríe sin aspavientos. Sí, es verdad: allá, en el fondo de sus ojos, hay algo de tristeza. Debe ser, también por eso, que me cae bien. *

(*) Humorista.

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