Padres que perdieron a sus hijos educan y alimentan a los niños pobres

El amor desde el dolor

A partir de 1999, la idea de instaurar una organización de carácter asistencialista y pedagógico en unos de los puntos donde la pobreza golpea con mayor crudeza, rondó por la mente de varias personas. Todas ellas tenían en común la fatalidad de haber experimentado la muerte de sus hijos. Esta pérdida más que marginarlos, les otorgó fuerzas para emprender una lucha por los hijos de otros.

Así plantearon una propuesta para mejorar las condiciones de vida de niños y adolescentes residentes en zonas con problemas económicos y sociales.

A través de una investigación, se concluyó en la necesidad de instaurar un club de niños. Así fue que nació ECAM (Espacio Creativo y Alternativo para la Minoridad).

En un principio, el centro funcionó en el barrio municipal de la avenida Instrucciones y desde el 2000 se mudó a la calle Natal, a pocos metros de la avenida San Martín.

Esta obra social asiste a 56 niños y tiene una larga lista de espera.

Esta zona, en los últimos dos años, triplicó virtualmente su población. En un radio de un kilómetro a la redonda, de 8 asentamientos existentes en el año 2000, el número se incrementó a 22.

La población está inmersa en un marco social de escuelas superpobladas, hacinamiento residencial, indocumentación elevada, violencia doméstica y carencia alimenticia.

De aquellas madres que perdieron a sus hijos y que inicialmente formaron el ECAM, quedan tan sólo dos: Cristina y Raquel.

A ellas se les sumaron otras 12 personas, entre las que se encuentran tres psicólogos, un asistente social, personal de cocina y limpieza y un grupo de talleristas que imparten cursos de inglés, computación, dactilografía, ajedrez, cocina, música, danza y ecología.

Otro de los aportes de la obra social es el apoyo escolar a los niños. Esta tarea es considerada fundamental, teniendo en cuenta que en la escuela del barrio el porcentaje de repetición supera el 50%. Con los menores que asisten al local se logró elevar el índice de aprobación de los alumnos en un 87%.

Carlos Ramos, psicólogo y supervisor del programa, y Raquel Chappe, una de las madres que perdió a su hijo, explicaron a LA REPUBLICA que la escuela del barrio tiene una matrícula de 1.400 alumnos, muchos de los cuales asisten al comedor escolar.

Una vez que ECAM comenzó a servir un almuerzo, los niños que comían en la escuela dejaron de concurrir al centro educativo y optaron por los servicios de la organización no gubernamental. «Somos un desahogo de la escuela», acotó Chappe.

Enfatizó que algunos de estos menores ingieren su última comida en la semana el sábado al mediodía y no vuelven a hacerlo hasta el lunes por la mañana. Muestra de ello, es que muchos de los «pequeños» toman cuatro o cinco tasas de leche y comen una flauta de pan entera.

Los funcionarios procuran, a través de los talleres, impartir una serie de opciones formativas. No obstante, reconocieron que «si los niños no tienen la panza llena no es posible educar.»

El psicólogo Ramos indicó que se detectó entre los niños falta de hábitos de higiene, por lo cual fue necesario centralizar el trabajo en este aspecto. «Algunos menores desconocían lo que era un water o abrir una canilla para lavarse las manos», dijo el supervisor.

El proyecto ECAM fue aprobado por el Instituto Nacional del Menor (Iname), pero no hay convenio firmado con el organismo estatal por falta de recursos económicos, según indicaron los interlocutores.

La atención está dirigida a menores de entre 5 a 14 años. En lo alimenticio, se otorga un desayuno consistente en leche con cocoa (suministrada por el Instituto Nacional del Menor) y pan con dulce, donado por la panadería La Gruta. Al mediodía, se sirven almuerzos generalmente de olla, como ser ensopado, salpicón o polenta y el que consiste en fruta seca y flan.

En lo psicológico, la organización debe enfrentarse diariamente a cuadros de singular crudeza.

La violencia familiar es una constante y en casas con un alto hacinamiento, «los niños suelen ver cosas que no debieran», afirmó Ramos.

ECAM trató de resolver graves dramas humanos, desde el caso de un niño que quedó solo su padre, ya que la madre abandonó el hogar, llevándose consigo todos los muebles, hasta un adolescente que vino del Interior y vivía en un rancho del que recientemente fue expulsado.

«Debemos hacer frente a grandes problemáticas», afirmó Ramos, con un gesto de resignación. Sin embargo, aclaró que «también nos recompensa el cariño de los niños».

Según la profesional, cada vez que llegan al establecimiento los menores están esperando en la puerta y «si no los saludo uno por uno tengo problemas con ellos», comentó.

El pasado sábado, en el salón principal, unos 40 niños y adolescentes estaban almorzando un ensopado con porotos. En la cocina podía verse un tercio de una amplia olla con la comida y en otra fuente, el flan que comieron de postre. «Hoy faltan algunos, porque hay un brote de varicela en el barrio», advirtió Raquel, una madre que perdió a su hijo. *

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