A poner el hombro: de la crisis salimos entre todos
No sé usted, caro lector, pero lo que es yo, nunca oí a ningún político decir «estamos atravesando un período de bonanza», o «el país marcha viento en popa», o «nadamos en la abundancia y por tanto vamos a repartir mejor la torta», o «en vista de los excelentes resultados de los indicadores macroeconómicos estamos en condiciones de eliminar algunos impuestos, reducir otros y aumentar los salarios», o «dado el superávit vamos a inyectar más dinero para la salud pública y para la Universidad»… Y otras expresiones por el estilo que nos llenarían de orgullo y satisfacción.
No. Siempre estamos en crisis, siempre tenemos que ajustarnos el cinturón; y en todo caso, es cuando nos va realmente mal (o más bien peor que antes) que nos enteramos de que antes estábamos bien: antes del crac bursátil de Indonesia o de México o de Brasil o de Albania o de Islandia, estábamos bárbaro aunque usted no se hubiera dado cuenta.
Parece que tenemos mala memoria, los uruguayos, porque los herreristas tienen que recordarnos a cada rato que «con los blancos se vivía mejor», lo cual demuestra, además, que los orientales somos malagradecidos o medio masoquistas, porque después de cinco años de vida mejor, el Partido Nacional perdió las elecciones, y otros cinco años más tarde, quedó tercero allá lejos.
Lo que pasa es que para ellos (para los gobernantes y en general para los que tienen la sartén por el mango y sobre todo los mangos) estar mejor es no morirse de hambre, y las épocas de plata dulce lo fueron sólo para unos pocos, los mismos que ahora se quejan y nos reclaman austeridad. La costumbre es pedir comprensión, esfuerzo, sacrificio, no a quienes la estuvieron haciendo grossa, sino a los que a gatas fueron tirando siempre con la esperanza de andar un poco mejor y ahora están en la llaga.
Siempre recuerdo a un patrón que tuve hace años y que solía decir «Estamos todos en el mismo barco, así que tenemos que cinchar juntos porque de lo contrario, salta todo y nos vamos todos a la mierda». La diferencia entre él y nosotros es que era cierto que si se fundía la fábrica, todos saltábamos, pero él abriría su paracaídas que lo depositaría en el noveno piso del edificio El Malecón, donde tenía flor de apartamento, en cambio nosotros nos íbamos literalmente a la mierda.
Todos estamos en el mismo barco cuando la cosa se pone jodida, pero se ve que cuando la situación era buena, andábamos en naves diferentes, ¿no? Ellos en cruceros de lujo y nosotros en una heterogénea flotilla de barcazas, chalanas y otros; y nos invitan a subir a bordo cuando el Titanic chocó con el iceberg. Nos hacen tener participación en las pérdidas pero jamás en las ganancias…
Es realmente muy curioso el concepto de propiedad. Cuando las papas queman todos somos dueños y responsables de la empresa; pero cuando no quemaban y estaban a punto para acompañar una buena milanesa, no teníamos arte ni parte. Me recuerda esos padres que dicen «Mirá tu hijo, la cagada que hizo» pero cambian cuando en vez de cagadas son éxitos: «¿Viste las notas que trajo mi hijo?» En fin.
A la Búsqueda del bienestar perdido
«Hay que decirles a los uruguayos que para salir de la crisis habrá que admitir que ya no hay milagros, que somos pobres y que se habrán de vivir tiempos duros, pero que será la única forma de evitar algo peor», sostiene Búsqueda en su último editorial. ¿Por qué esa primera persona del plural? ¿No habría sido más honesto decir: «Ustedes son pobres»? Yo cambiaría un poquito la cosa para que el mensaje fuera sincero: «Hay que decirles a los uruguayos que no esperen milagros de nosotros porque no estamos dispuestos a que levanten cabeza, así que prepárense para vivir tiempos duros y –si sobreviven– seguir siendo pobres hasta la muerte».
Hay que desregularlo todo, hay que flexibilizar las relaciones laborales, hay que disminuir el número de funcionarios, hay que rebajar sus sueldos y las jubilaciones. En esta línea, un columnista habitual del semanario supera todas las marcas. Se lamenta el analista de la falta de coraje de Batlle y su gobierno para lanzarse a fondo a modernizar el Estado, lo que en el lenguaje neoliberal significa lisa y llanamente privatizarlo.
En su frenesí desestatizador, Tomás Linn propone la desaparición de organismos: prescindir del Banco Central ya que sus autoridades no fueron capaces de «advertir lo que ocurría» con algunos banqueros chorros; «borrar la Aduana de la faz de la Tierra y abrir las fronteras para todos» puesto que es un centro de corrupción; «suprimir la enorme mole de ladrillos en 18 y Ejido» en vista de que gasta el 48 por ciento de su presupuesto en sueldos; hacer «implosionar el edificio» del Hospital de Clínicas puesto que «todo el mundo sabe que allí existe desde siempre una dilapidación incontrolada». (Todo sic). Olvidó el periodista que desde hace un tiempo el Clínicas exhibe un prolijo manejo de los gastos, pero usted sabe cómo son esas cosas.
Para resumir: la culpa de todo es del Estado (aunque se soslaye deliberadamente la responsabilidad de quienes lo manejan desde siempre y ahora se rasgan las vestiduras denunciando su ineficiencia); y es la población pauperizada la que debe pagar los platos rotos y sacrificarse para superar la crisis. ¡Ta fenómeno! ¿verdad? *
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