El asalto al Moncada

Juan Almeida Bosque

 

En ese momento vimos también a los guardias que se acercaban y nos hacían fuego a la vez que gritaban:

-¡Ríndanse, ríndanse!

El arzobispo también gritó:

-No os matéis, no os matéis.

Nosotros, al escuchar los tiros, nos tiramos al suelo ante la cantidad de proyectiles que pasaban o caían a nuestro lado. Entonces el religioso gritó nuevamente:

-¡Los quiero vivos, por Dios; los quiero vivos, por Dios, por Dios!

Los soldados volvieron a disparar, después cesaron.

-¡De pie con los brazos en alto! -gritaron nuestros atacantes.

Estaban nerviosos. Nos levantamos con las manos en alto, uno primero, luego otro, los cinco.

-¡Las manos detrás de la cabeza! -gritó un soldado.

Pusimos las manos detrás de la cabeza y avanzamos con recelo. Continuamos en pie, separados uno de otro. Ya el arzobispo había logrado cruzar la cerca y avanzaba con otras personas, entre ellas el hijo del dueño de la finca.

Uno de los guardias se adelantó y tiró dos culatazos, uno a su izquierda y otro a su derecha, para Mestre y para mí. Otro culatazo más a Pancho, que estaba más adelante que nosotros. Entonces el arzobispo les gritó:

-¡Basta, hombre, basta! ¡Son muchachos!

-Quítese usted -le dijeron los guardias-. Estos se van con nosotros.

El arzobispo quedó allí, como un árbol enraizado, sotana negra con fajín, solideo morado, y el rostro rojo de incomodidad. Así lo vi por última vez.

De arriba trajeron a Fidel y los otros dos, para volver a ser ocho, y nos condujeron hacia la carretera y de allí al poblado de Sevilla, que está a unos pasos. En una casa de portal corrido nos sentaron provisionalmente, pidieron soga y nos amarraron por las muñecas, con las manos delante. ¡Qué triste, qué humillante vernos así amarrados, vejados y empujados! ¡Era denigrante! Para los hombres de honor y principios, que combaten frontalmente por un ideal, consagrando su vida a la lucha contra la injusticia, es preferible la muerte en esos instantes que sufrir tal humillación. Eso no se puede y no se olvidará jamás. Así nos sentíamos.

Al de la finca donde estábamos le ordenaron que trajera el camión. Llegó al rato el camión, de cabina y cama sin barandas. A Fidel lo montaron delante con el teniente, y partimos para la ciudad. Por la carretera, una caravana de vehículos con un fuerte contingente de soldados avanzó a nuestro encuentro. De un yipi bajó un comandante que detuvo el camión donde íbamos. El teniente que nos llevaba arrestados bajó del camión y discutió con el comandante.

Hablaron acaloradamente de llevarnos a un punto u otro. -¡Al Moncada! -decía el comandante.

-Al Vivac! -decía el teniente, que subió de nuevo al camión y continuamos.

Ibamos otra vez por la misma carretera por la que ya habíamos pasado tres veces. Esta era la cuarta, y siempre bajo distintas circunstancias y con diferentes estados emocionales. Primero fue con la emoción del lugar desconocido hacia donde íbamos y donde veríamos nuevos rostros de compañeros para la acción. En aquellos momentos me acudían las naturales preguntas: ¿Dónde será?, ¿cómo será?, ¿a qué distancia estará?, ¿llegaremos hoy mismo?, ¿será un lugar intrincado?, ¿con qué practicaremos?, ¿será un reconocimiento del lugar, del terreno, o alguna prueba de resistencia con caminatas por los montes?, ¿cuántos días estaremos por aquí? No habían dicho cuántos, pero aquello no podía prolongarse mucho tiempo, pues me podía quedar sin trabajo, y el ajuste que tenía entonces me iba a dejar algún dinero. Nadie hablaba en el auto hasta que llegamos a la Granjita.

Después, salimos para el Moncada. En silencio, agitados por la emoción de la acción inminente, sin punto de referencia de cómo sería aquello. Según pensaba en esas cosas se me apretaba todo el cuerpo y parecía como si la cabeza se me fuera a romper por la velocidad con que se atropellaban dentro de ella los pensamientos de la casa, la familia, el lugar hacia donde una fuga del lugar por la rapidez, pero parecía como si el carro no avanzara. De nuevo, la cinta de lo que acababa de ocurrir. Todo el trayecto que recorríamos me era extraño; el camino, el paisaje, nada me resultaba familiar y parecía que pasáramos por allí por primera vez. Era de día, y las dos veces anteriores habíamos pasado por aquel camino de noche. Hasta que llegamos otra vez a la Granjita.

En aquel cuarto viaje, habíamos recorrido casi la mitad del camino y yo seguía sin reconocer nada. Me llevaban preso, con las manos amarradas, no iba como las otras veces por mi voluntad. Sentía la cabeza apretada como en la primera ocasión. Por mi cerebro pasaba otra vez, con la misma rapidez de una cinta cinematográfica, todo lo sucedido. La salida de La Habana, el viaje hasta Santiago de Cuba, las casas que visitamos, la alegría en las calles, los toques de tambores y la gangarria del carnaval. En la Granjita, las palabras de Fidel, la emoción de la partida hacia el Moncada, después el monte y aquel pasaje que acababa de ocurrir y que terminaba con la pregunta:

¿Qué iba a pasar en aquel camión-plancha? Un rato antes habíamos estado a punto de ser asesinados por la soldadesca enfurecida, como habían hecho con otros compañeros nuestros. Hacía un momento, el oficial mayor en bronca abierta con el teniente para que nos condujera al cuartel, y éste airado diciendo que para el Vivac. No sabíamos si íbamos a ser abordados nuevamente por el camino antes de llegar a donde nos llevaban. ¿Dónde nos llevarían por fin? Decidí acostarme, por si tiraban un rafagazo de cualquier lugar por donde pasáramos, porque aquello estaba peligroso. Me acosté, mire para el cielo azul con nubes, pero la posición era tan incomoda y me cimbraba tanto la cabeza cuando la apoyaba sobre las tablas de la cama del camión, que opté por incorporarme enseguida con la ayuda de un compañero, que me dijo:

-¿Cómo te vas a poner por fin?

-Como ahora, chico, así sentado.

Y me corrí un poco hacia atrás, entre los seis.

Los soldados que iban sentados a la orilla de la plancha del camión hicieron una cerca protectora para evitar que nos fugáramos. Miraban para un lado y para el otro. Me preocupaba que otros guardias fueran a pensar que eran parte de los atacantes y como todo el mundo estaba alterado en aquellos días, se formara una balacera.

El ruido, al pasar el camión por el puente de hierro, interrumpió estas cavilaciones. Ya estábamos entrando a la parte poblada de Santiago, y el camión avanzaba por distintas calles, pues a cada rato doblaba y nos hacía perder un poco el equilibrio. Me fijé más por donde íbamos. Por fin llegamos a la Alameda. Al final vi la torre del reloj. Tomamos a la izquierda y subimos una empinada calle hasta el Vivac, al que llegamos pacientes, conscientes y realistas.

Allí había una gran multitud. Se bajaron los soldados que iban con nosotros en el camión, y entonces se oyeron unos disparos al aire, hechos para contener a toda aquella gente que estaba en la calle.

Ya dentro del Vivac nos sentaron junto a la escalera. Los que subían a vernos, el jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), el de la policía, el del ejército, oficiales y clases, nos decían improperios, y Mestre, que estaba a mi lado, les respondía sin temor. Me preocupaba lo que pudiera suceder, pero Mestre se río y me dijo:

-A estos hay que responderles, para que no abusen de su posición de fuerza, si no te humillan y te avasallan.

De allí pasamos a la oficina del jefe del Vivac, donde nos tomaron declaraciones. Fidel, ante los militares y
los periodistas, expuso las ideas y el programa que hubiéramos aplicado de haber logrado triunfar, sin que las autoridades allí presentes se atrevieran a interrumpirlo, aunque se les notaba el malestar al escuchar sus manifestaciones. Hablaba con claridad, convicción y valentía, dominando el medio aquel, como si los interpelados no fueran las autoridades que nos tenían detenidos. Después habló con el jefe del ejército y otros oficiales que se encontraban allí.

Como a las once de la noche fuimos trasladados a la cárcel de Boniato. Entramos en la celda de la galera, y así terminaron aquellos largos días desde el 24 de julio hasta el 1 de agosto. Casi muerto de cansancio, adolorido todo el cuerpo, distensionado, caí en aquella litera detrás de los barrotes de la celda. A través de la ventana veía el cielo estrellado que daba paso al nuevo día. *

(*) Juan Almeida Bosque es comandante de la Revolución Cubana. Especial de Prensa Latina, exclusivo en Uruguay para LA REPUBLICA.

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