Hoy Juceca

Un extraño en la plaza

Escribe: Julio Cesar Castro

 

El tipo me miró y me dijo:

–Yo soy culpable.

–Yo también  le dije presto. No sé por qué me apuré tanto. Me pareció que me quería ganar de mano. Hoy en día hay que andar muy despierto. Todo el mundo lo quiere ventajear. El tipo que me había dicho «Yo soy culpable», me retrucó rápidamente, y con esa seguridad que da la certeza, o esa certeza que da la seguridad, digamos con esa convicción cuya solidez se adivina asentada en la certeza y la seguridad, dijo:

 

–Yo lo dije primero.

Era innegable. El había dicho ser culpable primero que yo. No que su culpa fuera anterior a la mía, sino la declaración de culpabilidad suya, se había anticipado a la mía. No obstante, yo no había dicho: «Yo soy culpable», sino: «Yo también». Por lo tanto, si estaba fuera de discusión que él había sido el primero en decir: «Yo soy culpable», era evidente que yo había sido el primero en decir: «Yo también». A tal punto, que él, todavía, no lo había dicho ni una sola vez. El próximo paso, inevitable, cantado, se veía venir. Entonces, ni lerdo ni perezoso, como un rayo lo fulminé con la pregunta que él, vaya a saber por qué fatal distracción, había demorado en lanzarme:

 

–¿De qué?

Yo no sé si se hizo el tonto, si lo tomé desprevenido o quiso ganar tiempo. Todo era posible. El factor sorpresa es uno de los factores esenciales en este tipo de situaciones y creo que lo sorprendí. Estoy demorando más yo, ahora, en describir su titubeo, que lo que él, en su momento, demoró en su titubear. Dentro de todo fue rápido, casi al pie, que me respondió preguntando con un tono de aparente fastidio:

 

–¿De qué lo qué?

La construcción de la frase denotaba su nerviosismo. Estuve a punto de preguntar respondiendo a su respuesta preguntona, con un: «¿Cómo que de qué lo que?». En el aire, en forma de relámpago mental percibí que no era la mejor manera de manejar aquello, y en su lugar dije:

 

–Usted sabe muy bien.

Noté que había dado en el clavo. No sabía en qué clavo, pero el gesto que hizo, aunque trocado por el que hubiese correspondido, me permitió abrigar la sospecha de que había logrado confundirlo.

A esta altura, puede ser de alguna utilidad, a los efectos de visualizar la escena, decir que nos encontrábamos en un banco de una plaza en cuyo centro, no del banco sino de la plaza, un señor blandía una espada sobre un caballo, ambos de bronce y quietos. Quieta también la espada. El hombre se paró. No el de la espada, que bien firme seguía en su montura ajeno a lo que pasaba a su alrededor, sino el que dialogaba conmigo en el banco, si diálogo se le puede llamar a un tanteo de palabras libradas con temor de dar el paso en falso y provocar el derrumbe de algo que, sin duda, se quería mantener tanto en pie, como oculto. Cabe preguntarse, ¿si se quería mantener aquello oculto, por qué me había dicho de entrada, y sin conocerme: «Yo soy culpable»?. ¿Y por qué yo, apresurado y temeroso de perder terreno, había respondido: «Yo también?». El hecho de que se levantara del banco, era señal de su incomodidad. Cuando uno está cómodo en un lugar, no lo abandona, a no ser que algo lo urja. No era ese el caso, pues es más, me lo dijo: «Nada me urge». Sólo eso había roto el silencio que se prolongaba desde que yo le había dicho. «Usted sabe muy bien». ¿Qué era lo que él sabía muy bien? Era lo que yo quería saber. ¿Cuántas y qué cosas puede saber muy bien un hombre? ¡Son tan pocas! Mi curiosidad no pudo ser satisfecha. El hombre me miró en silencio. Apenas dibujó una sonrisa, como de lástima, y balbuceó, medio sin ganas:

 

–¡Qué vas a ser culpable vos, si sos un desgraciado!

Después se dio vuelta y se fue. Al pasar junto al señor de bronce y a caballo, se tocó apenas el ala del sombrero, como si fuera un acostumbrado saludo de todas las noches. *

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